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sobre Iurreta (Yurreta)
Valles y caseríos a un paso de Bilbao, con mucha vida local.
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La primera vez que fui a Iurreta me pasó algo muy típico por aquí: bajé del tren en Durango pensando que todo era lo mismo. Caminas diez minutos, cruzas el río, y de repente ya estás en otro municipio. No hay un gran cartel que diga “bienvenido”, ni un cambio dramático de paisaje. Pero si te quedas un rato, te das cuenta de que Iurreta funciona a su manera, con un ritmo bastante más tranquilo que el de su vecina.
El pueblo que no quería ser barrio
Iurreta es como ese primo que en una reunión familiar anuncia que se va a independizar del piso compartido. Lo hizo a finales del siglo XX, cuando dejó de formar parte de Durango después de muchos años siendo, básicamente, “el otro lado del puente”.
El ayuntamiento está en el palacio Goikola, un edificio del XVII con balconadas de madera y ese aire de casa seria que tienen muchos palacios rurales vascos. La primera vez que lo vi pensé algo parecido a: para ser un municipio recién recuperado, eligieron bien el despacho.
Lo curioso es que Iurreta no se vive como una capital de nada. Más bien parece un puñado de barrios rurales que decidieron organizarse juntos. Cada zona mantiene su ermita, su pequeña tradición y sus fiestas. Un poco como cuando en un pueblo cada cuadrilla tiene su bar de confianza y su forma de hacer las cosas.
Entre Oiz y Anboto, sin demasiadas distracciones
El valle donde se asienta Iurreta es bastante claro de entender: montes alrededor, el Ibaizabal cruzando en medio y caseríos repartidos sin mucho orden aparente. Oiz por un lado, Anboto por el otro. Dos montañas muy conocidas en Bizkaia que aquí hacen de paredes naturales.
No es un paisaje pensado para hacerse fotos y seguir. Es más bien de caminar sin prisa.
Cerca del río hay caminos que la gente del pueblo usa a diario para pasear o ir en bici. No están planteados como ruta turística ni hace falta señalización especial: basta con seguir el curso del agua.
Por la zona también se conserva un puente antiguo que suele fecharse en el siglo XVIII. A un lado hay un miliario que recuerda el antiguo camino hacia los puertos pesqueros de la costa. Es de esas piezas de historia que pasan desapercibidas si no te paras un momento.
Mientras caminaba por allí, un hombre regaba su huerta y levantó la mano para saludar sin dejar la manguera. Ese tipo de gesto automático que suele desaparecer en cuanto llegan los autobuses de excursiones.
La iglesia que se tomó su tiempo con la torre
La iglesia de San Miguel es el edificio más visible del casco. Según cuentan las crónicas locales, la torre tardó décadas en completarse en el siglo XVIII y además sufrió un derrumbe tiempo después, así que la historia constructiva no fue precisamente rápida.
Hoy la torre, con sus azulejos claros, se ve desde varios puntos del pueblo. Por dentro la iglesia mantiene ese barroco sobrio bastante habitual en Bizkaia: piedra, madera y una luz un poco apagada que entra desde arriba.
El día de San Miguel, a finales de septiembre, el ambiente cambia bastante. Baja gente de los barrios y de los caseríos cercanos, se organizan actividades tradicionales y el frontón suele tener movimiento. Nada de grandes escenarios ni espectáculos montados: más bien deporte rural, música local y partidas de mus que se alargan.
Diez ermitas y un hórreo que ya tiene unos cuantos siglos
Una de las cosas curiosas de Iurreta es la cantidad de ermitas repartidas por el término municipal. Se habla de una decena, cada una vinculada históricamente a su barrio y a su pequeña cofradía. Eso explica por qué las fiestas aquí no se concentran solo en un sitio.
La ermita de Andra María de Goiuria guarda un detalle bastante antiguo: una pequeña ventana saetera que suele fecharse en época medieval. Es fácil pasar por delante y no verla si no te fijas.
También se menciona a menudo el hórreo de Ertzille, documentado ya en el siglo XVII. Cuando ves la estructura entiendes rápido que no es precisamente una construcción reciente.
Otro caserío que suele salir en las conversaciones es Amatza Bekoa, donde aparecen las armas del primer arzobispo de Panamá, que nació en Iurreta antes de marcharse a América. El caserío sigue allí, discreto, sin grandes explicaciones alrededor.
Mi consejo: pásate si andas por Durango
Iurreta no es un sitio al que la gente viaje desde lejos con un plan cerrado. Funciona mejor como esos lugares donde decides parar porque te pilla de camino.
Si estás por Durango, acércate dando un paseo. Recorre el camino del río, asómate a la iglesia si está abierta y da una vuelta por los barrios cercanos donde aún quedan bastantes caseríos.
Y luego haz lo que haría cualquiera de aquí: parar en algún bar del pueblo, pedir algo de beber y mirar un rato la vida pasar. Con eso ya te haces una idea bastante fiel de cómo es Iurreta.