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sobre Zaldibar (Zaldívar)
Valles y caseríos a un paso de Bilbao, con mucha vida local.
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Zaldibar tiene esa cosa de pueblo que no necesita presentación porque casi nadie te ha hablado antes de él. Está ahí, entre Durango y Elorrio, como ese colega tranquilo que en una cena dice poco… y cuando habla resulta que tiene historias mejores que el resto. Con el turismo en Zaldibar pasa algo parecido: no es un sitio que suela aparecer en listas, pero cuando te acercas entiendes por qué la gente de la zona le tiene cariño.
El pueblo que fue la “playa” de los bilbaínos (sin playa)
En el siglo XIX, cuando parte de la burguesía de Bilbao buscaba lugares tranquilos donde pasar temporadas, Zaldibar tuvo su momento. Había un balneario y la gente venía a tomar aguas, algo bastante común en aquella época en media Europa. Hoy cuesta imaginarlo viendo el tamaño del pueblo, pero durante un tiempo esto era un pequeño punto de reunión veraniego.
El balneario desapareció hace tiempo, como tantas cosas de aquel tipo, pero quedaron huellas: algunas casas señoriales, viejas torres y esa sensación de que el lugar tuvo más movimiento del que aparenta ahora. Si paseas por barrios como Saturdi o Urreta te encuentras con edificios que no parecen puestos ahí por casualidad.
Las torres de Eitzaga y Garitaonandia todavía siguen en pie, recordando esa época en la que el territorio se organizaba alrededor de casas fuertes y linajes locales. De la torre de Zaldua se suele decir que se vino abajo a mediados del siglo XX; otro ejemplo de cómo muchas de estas construcciones fueron desapareciendo cuando dejaron de tener uso.
Subir al Calvario sin haber pecado
La iglesia de San Andrés tiene origen medieval, con partes que se remontan al siglo XIII, aunque como suele pasar con estos templos ha pasado por varias reformas a lo largo de los siglos. Es de esos edificios que ves y entiendes rápido que el pueblo lleva mucho tiempo aquí.
Justo al lado está el Calvario, un pequeño recorrido con esculturas de la Pasión. No es una subida larga, pero tiene su pendiente. Algo así como hacer una versión exprés de esas subidas que siempre aparecen en las excursiones de domingo: un poco de cuesta, unas piedras y al final una vista que compensa el esfuerzo.
Desde arriba se abre bastante el valle. Si el día acompaña se distinguen bien montes conocidos de Bizkaia, como Anboto u Oiz. Lo de ver el mar ya depende del día y de la imaginación, porque en esta zona la niebla aparece con bastante facilidad. Hay jornadas en las que parece que alguien ha dejado el valle dentro de una taza de leche.
Las fiestas en las que cantan en tu ventana a las 7 de la mañana
La víspera de Santa Águeda se vive bastante en el pueblo. Los vecinos salen a cantar coplas casa por casa mientras golpean el suelo con las makilas. Es una tradición muy extendida en Euskadi, pero en pueblos pequeños se nota más: al final todo el mundo acaba oyéndolo, quiera o no.
Para el que llega de fuera puede resultar curioso ver cómo grupos de distintas edades recorren las calles organizados, parando en portales y ventanas. Los niños lo viven como una aventura; los mayores lo mezclan con ese punto de tradición que se mantiene porque siempre se ha hecho así.
Durante el año también hay carnavales y otras celebraciones locales. Y mucha gente de la zona suele acercarse el 1 de mayo a la apertura de pastos en Aralar, una cita bastante popular en Gipuzkoa y Navarra que aquí también se sigue con interés.
Caminos entre barrios, la mejor forma de entender el pueblo
Zaldibar no es un destino de grandes rutas de montaña. Los montes de alrededor tienen desnivel, sí, pero lo más interesante muchas veces son los caminos que conectan los barrios.
Son trayectos cortos, de los que haces casi sin darte cuenta. Caminos que pasan entre caseríos, huertas y pequeños tramos de bosque. En veinte o treinta minutos puedes ir de un barrio a otro y, mientras tanto, ver cómo está organizado el pueblo realmente.
Es el tipo de paseo en el que aparecen detalles pequeños: una casa muy antigua, un frontón escondido, gallinas sueltas en un caserío o alguien trabajando la huerta. Nada espectacular, pero bastante revelador si te interesa entender cómo funciona un pueblo de esta zona.
¿Tiene sentido venir hasta aquí?
Depende bastante de lo que busques. Si tu idea de escapada es una calle llena de tiendas y terrazas, Zaldibar probablemente se te quede corto. Aquí el ritmo es otro.
Ahora bien, si te gusta curiosear pueblos reales —de los que siguen funcionando como pueblo y no como decorado—, tiene su gracia acercarse. No hace falta dedicarle un día entero. En un par de horas puedes pasear por el centro, subir al Calvario y moverte entre alguno de los barrios cercanos.
Yo lo haría así: llegar por la mañana, aparcar cerca de la plaza y caminar sin demasiada prisa. Si coincide con día de mercado o hay algo de movimiento en la calle, mejor todavía. Luego subir al Calvario para ver el valle desde arriba y bajar de nuevo al pueblo.
Sentado un rato en un banco, con las campanas de San Andrés sonando y la niebla entrando por el valle, entiendes rápido qué tiene Zaldibar. No es un sitio que intente impresionar. Simplemente está ahí, viviendo su vida. Y a veces eso es justo lo que apetece ver.