Artículo completo
sobre Elantxobe (Elanchove)
Cantábrico, acantilados y sabor marinero en el corazón vasco.
Ocultar artículo Leer artículo completo
A primera hora de la mañana, en la calle Muelle, el sonido del agua contra el espigón se mezcla con el golpe seco de algún cabo tensándose. El aire trae sal y un ligero olor a madera mojada que se queda en la ropa. Las casas todavía proyectan sombra sobre el puerto y apenas se oye más que el mar y algún paso en las escaleras.
El turismo en Elantxobe empieza casi siempre aquí, junto al agua. Desde este punto se entiende rápido cómo funciona el pueblo: las calles no avanzan en línea recta, sino que trepan. Son escaleras, rampas estrechas y giros bruscos que siguen la forma de la roca. Nada parece trazado sobre plano; todo se adapta a la pendiente.
Las viviendas, de piedra y fachadas claras, se apoyan unas sobre otras mirando al Cantábrico. Desde abajo parece un pequeño anfiteatro inclinado hacia el puerto. Cuando el sol entra de lado, sobre todo a última hora de la tarde, las paredes devuelven una luz suave que contrasta con el verde oscuro del monte que rodea el pueblo.
El puerto y la base del pueblo
El puerto ocupa lo justo entre la roca y las primeras casas. No es grande: un muelle corto, algunas embarcaciones pequeñas y el mar siempre muy cerca. Cuando el tiempo cambia, se nota enseguida aquí abajo; el viento entra directo y el agua golpea con más fuerza contra las piedras.
Es el mejor sitio para empezar a caminar por Elantxobe. Desde el muelle salen varias escaleras que conectan con los distintos niveles del casco urbano. En pocos minutos se gana altura y el puerto queda abajo, cada vez más pequeño.
Si llegas en coche conviene saberlo antes: el espacio es limitado y el pueblo está encajado entre la ladera y el mar. Lo normal es dejar el coche en la zona habilitada en la entrada y seguir a pie.
Subir hacia la iglesia
A medida que se asciende aparecen detalles que desde abajo pasan desapercibidos: contraventanas de madera gastada por el salitre, macetas apoyadas en alféizares estrechos, cuerdas tendidas entre fachadas.
La iglesia de San Nicolás de Bari está en la parte alta del caserío. Sus muros claros y la torre cuadrada se ven desde casi cualquier punto del puerto. Al llegar arriba el espacio se abre un poco y la vista cambia: el pueblo queda escalonado hacia abajo y delante aparece el Cantábrico, ancho y casi siempre movido.
Desde aquí se entiende bien la forma del lugar. Las calles bajan en zigzag y desaparecen entre las casas antes de volver a aparecer unos metros más abajo.
El entorno de Cabo Ogoño
A poca distancia del pueblo se levanta el macizo de Ogoño, una pared de roca que cae directa hacia el mar. Los senderos que salen desde los alrededores de Elantxobe y de los barrios cercanos suben hacia la parte alta del cabo atravesando praderas y zonas de matorral bajo.
Cuando el día está despejado, desde arriba la costa de Urdaibai se abre hacia el este y el oeste con acantilados largos y agua oscura golpeando abajo. El viento suele soplar con fuerza en esta zona expuesta, y el suelo puede estar resbaladizo después de la lluvia, así que conviene ir con calzado firme y tomárselo con calma.
Caminar sin rumbo por las escaleras
Elantxobe no se recorre siguiendo un itinerario claro. Lo más interesante es perderse un poco entre las escaleras que conectan los distintos niveles del pueblo.
Calles como Etxezarreta suben entre muros muy cercanos, y en algunos tramos apenas cabe una persona de lado. De repente aparece un pequeño descanso con un banco o un mirador improvisado desde donde se ve la línea del puerto, las barcas moviéndose despacio y el horizonte gris azulado.
En una o dos horas se puede recorrer casi todo el casco urbano, aunque la sensación es la de haber subido y bajado mucho más.
Cuándo venir y qué tener en cuenta
El pueblo cambia bastante según la hora. A primera hora de la mañana y al atardecer suele estar más tranquilo; en las horas centrales del verano llegan más coches y el espacio se nota enseguida.
También conviene recordar que casi todo se mueve a pie y con desnivel. Hay muchas escaleras y cuestas cortas pero empinadas. No es un paseo plano ni rápido, y parte de su carácter está precisamente en esa forma de caminar.
Elantxobe no tiene grandes edificios ni monumentos llamativos. Lo que queda es el paisaje muy cerca, las casas agarradas a la ladera y el sonido constante del mar subiendo por las calles. Si se recorre despacio, esos detalles acaban siendo lo que más se recuerda al marcharse.