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sobre Gueñes
Valles y caseríos a un paso de Bilbao, con mucha vida local.
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A las nueve de la mañana, en el valle del Cadagua, el turismo en Gueñes todavía no ha empezado. Huele a pan recién hecho y a humo de leña que sale despacio de alguna chimenea. Las gallinas se acercan al arcén de la carretera comarcal y un señor con boina azul sube la cuesta de Zaramillo con un periódico doblado bajo el brazo. Nadie parece tener prisa. Es viernes, pero aquí los días se distinguen más por la luz que cae sobre las casas que por el nombre que tengan en el calendario.
El tiempo que se queda en las paredes
El casco de Zaramillo tiene algo de escenario antiguo, aunque todo siga en uso. Desde la plaza de San Pedro, las casas se arriman unas a otras: fachadas con escudos de piedra, balconadas de hierro oscuro, contraventanas verdes que han visto pasar carros y ahora ven pasar coches que suben despacio por la cuesta.
La iglesia de San Pedro levanta su torre cuadrada sobre el barrio. La piedra está gastada en las esquinas, suavizada por años de lluvia fina. En la calle principal, alguna vecina riega las macetas y el agua corre por el empedrado formando un reflejo breve donde se dibuja el frontón del barrio, ese rectángulo de pared desnuda que sigue teniendo movimiento los domingos por la mañana cuando alguien saca la pelota a mano. El golpe seco contra la pared todavía se oye desde varias calles más abajo.
La estación que recuerda otro ritmo
Antes del mediodía, la antigua estación de La Quadra recibe la luz de lado, una luz fría que se queda pegada a la madera de la caseta. El tren dejó de circular hace décadas, pero el edificio sigue en pie y aún hay quien se acerca a mirar los paneles con fotografías antiguas de cuando por aquí se movían vagones cargados de mineral.
Desde este punto suele arrancar una ruta a pie que aprovecha el antiguo trazado ferroviario. El camino es bastante llano y se mete durante un tramo en un túnel excavado en la roca. Conviene llevar linterna o al menos la del móvil: dentro la humedad se pega a las paredes y las gotas caen con un sonido regular, como un reloj muy lento.
Al salir, el valle vuelve a abrirse. Campos de maíz, alguna borda aislada y el murmullo constante del Cadagua al fondo.
El bosque a la altura de las manos
Por la tarde, el parque que rodea el núcleo de Gueñes suele oler a hojas húmedas y a tierra removida. Hay un pequeño recorrido sensorial señalizado con cuerdas guía y paneles pensados para tocar y oler. No es largo, pero obliga a bajar el ritmo.
A veces se ve a gente recorrerlo con bastón o con los ojos cerrados, siguiendo la cuerda con la mano. La corteza de los árboles cambia de textura cada pocos pasos: lisa, rugosa, agrietada.
Un poco más arriba salen senderos que suben hacia zonas de bosque más espeso, donde aparecen castaños viejos mezclados con robles y hayas. En otoño el suelo queda cubierto de hojas y cada paso suena seco, como papel arrugado. Conviene llevar agua si se piensa alargar el paseo, porque no siempre hay fuentes en el camino, y el viento que baja del páramo puede ser frío incluso cuando el valle parece templado.
Días de feria y humo de parrilla
Hacia finales de diciembre, cuando llega la feria de Santo Tomás, Zaramillo se llena de puestos desde primera hora. El aire cambia: huele a talo caliente, a chistorra en la parrilla y a sidra recién escanciada. Los txistus suenan entre la gente y los niños van con las manos manchadas de azúcar de los churros.
En junio también hay movimiento con las fiestas de San Pedro. Al anochecer suelen escucharse las dianas de txistu por las calles y la plaza se llena poco a poco mientras cae la noche. Las balconadas se cubren con telas claras y el olor que queda en el aire es el de la hierba recién cortada de los prados cercanos.
Si lo que apetece es ver el pueblo tranquilo, enero tiene algo especial. Hay niebla algunos días, el ruido baja mucho y el valle parece quedarse suspendido durante horas.
Cómo llegar y cuándo ir
Desde Bilbao se llega siguiendo el corredor del Cadagua por la BI‑636. En coche son unos veinte minutos largos si el tráfico acompaña. Gueñes queda en el fondo del valle, entre montes suaves que retienen la humedad y hacen que las noches refresquen incluso en verano.
Los fines de semana de agosto hay más movimiento, sobre todo gente de la zona que viene a pasar el día o a caminar por los senderos cercanos. Entre semana el ambiente cambia bastante: se puede aparcar cerca del centro y las calles vuelven a su ritmo habitual.
Por la noche conviene llevar una chaqueta ligera incluso en julio. El río baja frío y la humedad se cuela entre las piedras de las casas.
Y si en alguna panadería ves bizcocho de Gueñes, merece la pena probarlo. Es esponjoso, con bastante mantequilla, y suele oler desde la puerta cuando todavía está templado. Aquí el tiempo se mide más por esas pequeñas cosas que por el reloj. Siempre queda otra mañana tranquila para volver.