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sobre Lanestosa
Valles y caseríos a un paso de Bilbao, con mucha vida local.
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A las nueve de la mañana, el turismo en Lanestosa todavía no existe como tal. Lo que se oye es el agua del río Calera corriendo detrás de las casas y algún coche que cruza despacio la calle principal. La luz entra lateral, suave, y deja las fachadas de piedra en un gris frío que contrasta con el verde muy oscuro de los prados que rodean el pueblo.
Lanestosa es pequeño incluso para los estándares de las Encartaciones: algo más de doscientas personas viven aquí todo el año. El casco es compacto y se recorre andando en poco rato, con calles estrechas que desembocan en pequeños espacios abiertos y portales de piedra donde todavía se ven rejas antiguas y escudos tallados. Muchas casas conservan muros irregulares de mampostería y vigas de madera oscurecida por el tiempo. Si caminas despacio, aparecen detalles: fechas grabadas en un dintel, un balcón con barrotes gruesos, una puerta que ha sido reparada muchas veces.
La iglesia de San Pedro y las casas alrededor
La iglesia de San Pedro aparece entre las casas casi sin anuncio previo. No es un edificio exagerado; más bien sólido, de piedra clara, con una torre que sobresale lo suficiente para orientarse cuando caminas por las calles. La portada es sencilla y la madera de la puerta muestra herrajes antiguos ya algo oxidados.
Alrededor quedan pequeños huertos pegados a algunas viviendas. En días tranquilos todavía se ven vecinos trabajando la tierra o sentados en bancos de piedra cerca de las paredes que guardan mejor el calor. El suelo del casco alterna tramos de losa y pavimento más reciente, y en algunos puntos las piedras están pulidas por décadas de paso.
Cuando llueve —algo bastante habitual en esta zona— las calles pueden volverse resbaladizas y los senderos cercanos al río acumulan barro con rapidez.
Caminos que salen del pueblo
Lanestosa está rodeado de laderas suaves cubiertas de prados, avellanos y manchas de bosque más cerrado. Desde el propio casco salen varios caminos rurales que utilizan vecinos y ganaderos; algunos continúan hacia colinas cercanas y otros siguen el curso del Calera.
No todos están señalizados, así que conviene llevar mapa o mirar la ruta antes de salir. La cobertura móvil falla en algunos tramos del valle. Tras varios días de lluvia el terreno se vuelve pesado y los senderos junto al río pueden anegarse.
En verano el paisaje es muy verde y húmedo, con helechos creciendo a los lados del camino. En invierno todo cambia de tono: ramas desnudas, cielo bajo y ese silencio que aparece en los valles cuando apenas pasa nadie.
Lo que se come en las casas del valle
La cocina de esta parte de Bizkaia es directa y ligada al campo. En meses fríos suelen aparecer sopas contundentes, guisos de verduras de huerta y carnes cocinadas a fuego lento. La leche y sus derivados han tenido siempre peso en la zona, así que no es raro encontrar cuajadas o quesos sencillos hechos con leche cercana.
En otoño, cuando el monte lo permite, algunas casas incorporan setas recogidas en los alrededores a platos muy básicos: revueltos, guisos o simplemente a la plancha. No es una cocina pensada para exhibirse, sino para comer caliente después de una mañana fuera.
Un paseo corto, si se mira bien
El casco de Lanestosa se puede recorrer en menos de una hora si uno va directo. Pero la gracia está en bajar el ritmo: mirar las fachadas con calma, escuchar el río desde distintos puntos del pueblo, fijarse en los portales que conservan escudos o fechas talladas.
Si vienes en fin de semana o en verano, lo mejor es llegar temprano. El pueblo sigue siendo pequeño y cuando coinciden varios coches cuesta encontrar dónde aparcar sin molestar a los vecinos.
Con una o dos horas se entiende bien el lugar. Si además te apetece caminar por los caminos del valle, reserva algo más de tiempo y trae calzado que aguante barro: aquí la humedad forma parte del paisaje casi todo el año.