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sobre Zalla
Valles y caseríos a un paso de Bilbao, con mucha vida local.
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A las diez de la mañana, el río Cadagua huele a agua fría y a musgo aplastado. Las hayas del valle proyectan sombras nítidas sobre la maleza húmeda. En Zalla, el silencio no es ausencia de ruido: es el murmullo constante del agua mezclado con algún coche que cruza el puente y, de fondo, el zumbido de un tractor trabajando en las huertas del valle.
El valle donde las torres siguen entre casas corrientes
No hace falta levantar la vista mucho. Las casas‑torre aparecen de pronto entre bloques de ladrillo del siglo XX y chalets con jardín. La de Terreros, cuadrada y maciza, aprieta los muros como quien se abriga en invierno. Un poco más allá, la de Bolunburu queda rodeada de huertos de col y algunos manzanos viejos, con la entrada en arco apuntado que recuerda a los tiempos de las guerras banderizas.
En el municipio todavía se conservan varias torres de ese periodo —no tantas como hubo— y lo curioso es que no viven aisladas ni convertidas en decorado. Forman parte del día a día: ropa tendida en un balcón, un coche aparcado al lado, macetas con geranios en alguna ventana.
En el parque del Palacio de Murga —hoy ayuntamiento— crecen árboles que no esperarías encontrar en un valle encartado. Una gran secuoya, un cedro y otros ejemplares traídos de lejos en otra época. Cuando cae la tarde el parque huele a resina y a hoja húmeda. Es un buen sitio para sentarse un rato antes de acercarse a la zona de Bolunburu.
Subir a Bolunburu cuando el sol cae sobre el valle
El camino hacia el castro de Bolunburu no es largo, pero sí tiene pendiente. La senda atraviesa prados y manchas de bosque y, si ha llovido en los días anteriores, el barro aparece rápido. Desde arriba el valle del Kadagua se abre entero: un fondo verde oscuro salpicado de caseríos y plantaciones de pino radiata que cubren buena parte de las laderas.
Las estructuras del castro apenas levantan del suelo. Hay que caminar un poco para entenderlo: terraplenes, un foso marcado en la tierra, curvas que delatan que aquí hubo un asentamiento mucho antes de que existieran los pueblos actuales. No es un yacimiento lleno de paneles ni reconstrucciones; más bien un alto desde el que imaginar.
La bajada devuelve hacia Mimetiz, el núcleo más animado de Zalla. Allí está la iglesia de San Miguel. Suele abrir algunos ratos por la mañana, aunque conviene no confiarse demasiado con los horarios. La portada gótica tiene la piedra oscurecida por la humedad del lado norte, donde el sol casi nunca pega de lleno. Dentro huele a cera y a madera vieja, ese olor espeso de las iglesias que han visto pasar siglos de invierno.
Romerías con olor a talo caliente
En la zona todavía se celebran romerías que mantienen un aire bastante local. Una de las más conocidas en Zalla es la de San Antonio de La Mella, cerca de mediados de junio. Desde primera hora empiezan a montarse mesas, parrillas y puestos improvisados. El olor del talo recién hecho —masa de maíz fina que se dobla sobre chistorra caliente— se queda flotando en el aire durante toda la mañana.
La gente va y viene con vasos de txakoli de la zona, servido frío y escanciado desde cierta altura para que el vino “rompa”. Suelen aparecer trikitixas, cuadrillas que cantan y niños corriendo entre las mesas. No es una feria grande; más bien una reunión larga que se estira hasta la tarde.
En otoño, el frontón municipal suele acoger una feria relacionada con el txakoli y las setas de temporada. Aparecen cestas con níscalos, perretxikos o boletus cuando el año viene bueno. Conviene acercarse pronto: lo que se cocina o se prueba allí no dura demasiado.
Cuándo ir y qué tener en cuenta
Mayo y octubre suelen ser buenos meses para recorrer Zalla con calma. En mayo el valle está muy verde y los castaños empiezan a florecer. En octubre llegan los primeros colores del otoño y, si el año ha sido húmedo, el monte huele a tierra removida y a hojas en descomposición.
Agosto trae más movimiento, sobre todo los fines de semana. Aparcar en el centro puede complicarse y a veces toca dejar el coche un poco más lejos y caminar.
Si piensas subir a Bolunburu después de varios días de lluvia, lleva botas o calzado que aguante barro. Los senderos de las Encartaciones se empapan rápido y el terreno arcilloso se pega a las suelas. Y agua también: en el camino apenas hay fuentes, solo prados cercados donde las ovejas levantan la cabeza cuando alguien pasa.
Zalla no gira alrededor de un gran monumento. Lo que manda aquí es el valle: el río bajando entre árboles, los caseríos dispersos y esas torres antiguas que siguen plantadas en medio de la vida cotidiana. No llaman la atención desde lejos, pero cuando te fijas en ellas entiendes que llevan siglos mirando el mismo paisaje.