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sobre Galdakao (Galdácano)
Valles y caseríos a un paso de Bilbao, con mucha vida local.
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A las ocho de la mañana, el olor a pan recién hecho se mezcla con el humo de los primeros cigarrillos en la plaza de Galdakao. Los ciclistas locales ya han empezado su ronda: pedalean rápido, abrigados con maillots y manguitos incluso cuando no hace tanto frío, hablando en euskera mientras toman la carretera que sube hacia Usansolo. Nadie parece turista aquí. Y eso, en un municipio tan cerca de Bilbao, cambia bastante la forma de mirarlo.
La iglesia que no esperas
La primera vez que ves la iglesia de Santa María de Elexalde cuesta situarla mentalmente en un entorno tan urbano. La portada gótica, con sus arquivoltas profundas y las figuras desgastadas por la lluvia, parece más propia de un núcleo antiguo que de un municipio que ha crecido tanto en el último siglo.
Dentro, el retablo dorado capta la poca luz que entra por las vidrieras. No siempre está abierto, así que si quieres verlo por dentro conviene pasar por la mañana, cuando suele haber más movimiento alrededor de la parroquia.
El templo figura protegido como monumento histórico desde el siglo XX, aunque aquí la vida sigue alrededor sin demasiada ceremonia. Entras un momento y casi siempre hay alguien sentado en silencio en los bancos de madera, como si fuese simplemente una parada más del día.
La iglesia se levanta en Elexalde, el núcleo antiguo. Desde allí se entiende mejor el origen del municipio, antes de que el valle se llenara de carreteras, bloques de viviendas y tráfico constante hacia Bilbao.
Ciclistas y talos
Los domingos por la mañana Galdakao tiene olor a parrilla. En los alrededores del frontón o de la plaza, cuando hay ambiente, aparecen las planchas donde se hacen talos de maíz con txistorra. El humo se queda bajo entre los edificios y el olor se nota desde lejos.
La escena es bastante sencilla: gente comiendo de pie, cuadrillas hablando alto, niños corriendo de un lado a otro con el pan todavía caliente en la mano. Nada preparado para quien llega de fuera; simplemente pasa.
El txakoli que se bebe por aquí suele ser de Bizkaia, más seco que el de la costa guipuzcoana. Se sirve en vasos pequeños y desaparece rápido, sobre todo cuando coincide con alguna prueba ciclista o con partidos de pelota en el frontón.
Búnkeres en la sierra de Ganguren
Si sales del centro y miras hacia el norte, la sierra de Ganguren cierra el horizonte con una línea continua de monte bajo y pinos. Allí arriba pasan varios senderos que siguen los restos del llamado Cinturón de Hierro, la línea defensiva que se construyó durante la Guerra Civil alrededor de Bilbao.
Aún quedan tramos de trincheras y estructuras de hormigón medio cubiertas por la vegetación. No siempre están señalizadas con claridad, así que conviene llevar el recorrido mirado de antemano o seguir alguna de las rutas locales que salen desde el valle.
Caminar por esos montes tiene algo extraño: desde algunos puntos se oyen perfectamente los coches de la autopista, pero alrededor solo hay viento moviendo las copas de los pinos y senderos estrechos entre helechos.
Si el suelo está mojado —algo bastante habitual aquí— algunas bajadas se vuelven resbaladizas, así que mejor llevar calzado con suela que agarre bien.
Cuándo venir para ver el pueblo tal cual
En septiembre suelen celebrarse las fiestas del municipio y el ambiente cambia bastante: conciertos, cuadrillas en la calle y mucho movimiento hasta tarde.
Si prefieres ver Galdakao en su ritmo habitual, lo más tranquilo es acercarse entre semana por la mañana. A esa hora se ve a los ciclistas subiendo hacia los montes cercanos, a los mayores hablando en euskera en las terrazas y a la gente yendo y viniendo hacia Bilbao.
Los fines de semana de verano el pueblo se llena más, sobre todo con visitas familiares. No es un lugar pensado para el turismo y se nota cuando llega más gente de lo normal.
En diciembre, alrededor de Santo Tomás, suele montarse un pequeño mercado con productos de temporada. Si coincide con un día frío o lluvioso —que es bastante probable— el olor a txistorra, carbón y pan caliente se queda flotando bajo las carpas. Durante un rato, el municipio parece volver a un ritmo más antiguo, el de los caseríos del valle y los montes de alrededor.