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sobre Gasteiz (Vitoria)
Verde intenso, caseríos y montañas cercanas con rutas y miradores.
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Hay ciudades que te reciben con un cartel grande y luces de neón, y otras que te abren la puerta y te miran de arriba abajo antes de dejarte pasar. El turismo en Gasteiz funciona un poco así. La primera vez que fui, salí de la estación y le pregunté a un chico en bici por la plaza de la Virgen Blanca. Me señaló con la cabeza y siguió pedaleando sin despedirse. Ni mala educación ni nada raro: simplemente aquí cada uno va a lo suyo. Y con ese gesto ya empecé a entender la ciudad.
La que no tenía prisa por ser capital
Gasteiz tiene ese aire de funcionario que se ha quedado con el trabajo de otro. Ser capital de Euskadi no parecía estar en sus planes. Durante siglos fue una ciudad tranquila en la meseta alavesa, controlando el paso entre Castilla y la costa. Hasta que en los años 80 se convirtió en sede de las instituciones vascas. Como cuando te toca ser presidente de la comunidad: alguien tiene que hacerlo.
La ciudad, eso sí, se tomó el papel con bastante cabeza. Hace años recibió el título de Green Capital europea y, cuando paseas por aquí, entiendes por qué. En lugar de grandes avenidas rodeándolo todo, la ciudad está abrazada por el Anillo Verde: parques, humedales, pequeños bosques y senderos que prácticamente permiten rodearla andando o en bici.
Es una de esas cosas que sorprenden: sales del centro y en poco rato estás viendo garzas en una laguna o cruzando una zona de praderas. Como si en cualquier capital te bastara pedalear un rato para acabar en mitad del campo.
Un casco histórico que engaña un poco
El centro de Gasteiz es como ese amigo que se viste de vintage pero usa el último móvil. Desde lejos parece medieval sin matices: callejones empedrados, casas en cuesta, una catedral gótica dominando el barrio alto. Cuando te acercas notas algo raro: todo está demasiado bien colocado.
La razón es sencilla. Durante años el casco histórico pasó por una restauración bastante seria. No lo han maquillado: lo han reconstruido con paciencia. Por eso algunas zonas tienen ese aspecto limpio que casi parece recién estrenado.
La Catedral de Santa María es el mejor ejemplo. Durante décadas estuvo en obras y hoy se puede recorrer viendo cómo se ha ido restaurando. Si te apuntas a la visita guiada, te enseñan desde las estructuras hasta las tripas del edificio. Yo soy más de mirar y seguir andando, pero reconozco que el recorrido tiene su punto.
Luego está la parte más simple: caminar sin rumbo. Subes por las cuestas, atraviesas plazas pequeñas y acabas siempre bajando hacia la Virgen Blanca, que es el salón de la ciudad. Y si vienes en fiestas, verás de cerca el momento en que Celedón baja a la plaza y aquello se convierte en una marea de gente.
El tapeo aquí va en serio
En Gasteiz el tapeo no funciona como en esos sitios donde te plantan una barra llena de veinte cosas distintas. Aquí suele ser más directo: menos variedad, pero muy bien hecho.
La calle Cuchillería —“la Cuchi”, como dicen muchos— es uno de los sitios donde se nota. Vas avanzando casi puerta con puerta, pides un txakoli de Álava y te apoyas en la barra a ver qué sale de la cocina. Bacalao, txistorra, pimientos, platos que parecen sencillos pero que aquí se toman bastante en serio.
Mi truco cuando no sé qué pedir es fácil: mirar al de al lado. Si media barra está comiendo lo mismo, normalmente por algo será.
La ciudad que se escapa hacia los pueblos
Una cosa curiosa de Gasteiz es que no termina donde crees. Piensas que es una capital compacta y ya está, pero el municipio incluye más de sesenta pueblos alrededor.
Muchos están a un paseo en bici o en coche corto. Pasas del centro urbano a aldeas pequeñas con iglesia, frontón y cuatro calles en cuestión de minutos. Es un contraste raro al principio: una capital de más de doscientos mil habitantes rodeada de núcleos que siguen funcionando casi como pueblos de toda la vida.
Si te quedas más de un día, merece la pena salir un poco del centro. El Anillo Verde es el primer paso, pero desde ahí salen caminos y carreteras tranquilas que te van sacando hacia esos concejos. Es el típico plan que empiezas como un paseo corto y se te alarga la mañana.
Y luego está el invierno. En diciembre, cuando llega la feria de Santo Tomás, medio territorio acaba en el centro comprando productos del campo y comiendo txistorra en la calle. No es un evento montado para turistas; más bien parece un gran día de mercado que se ha hecho enorme.
Yo llegué pensando que Gasteiz era una capital tranquila tirando a aburrida. Llevo varias visitas y todavía me quedan barrios y pueblos por curiosear. Y el chico de la bici ya me ha saludado alguna vez. Sonreír todavía no, pero todo se andará.