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sobre Berango
Valles y caseríos a un paso de Bilbao, con mucha vida local.
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El turismo en Berango es un poco como cuando vas a casa de un amigo que vive “a las afueras”: crees que ya lo tienes visto, pero siempre acaba saliendo algo que no esperabas. Llevo pasando por aquí desde hace unos diez años, desde que mi cuñado se mudó —“más barato que en Bilbao y tengo la playa a quince minutos”— y todavía me encuentro cosas nuevas. La última: que hay unos dólmenes a los que llegas antes que a la estación de metro.
El pueblo que no quería ser dormitorio
A ver, vamos a dejar las cosas claras: Berango funciona en gran parte como municipio dormitorio del Gran Bilbao. Pero de esos que no se resignan del todo.
Sí, hay bloques de pisos de los años 80 con nombres de ríos (el Narcea, el Sella…) y gente que coge el metro cada mañana con la cara de quien se ha tragado un limón. Pero también quedan caseríos viejos que aún conservan el aire de cuando esto era más campo que otra cosa, y bares donde te sirven el bacalao al pil‑pil como si te hicieran un favor.
El pueblo juega en dos ligas. Por la mañana es rutina diaria: mochilas del colegio, gente comprando el pan, tráfico hacia Bilbao. Por la tarde o el fin de semana aparece otro ambiente, con gente que viene a caminar por los montes de alrededor. Ambas versiones conviven bastante bien. Como cuando te pones una camisa por encima del chándal: no es elegante, pero funciona.
Cuando las piedras hablan (y tienen miles de años)
La ruta de los dólmenes suele ser el paseo clásico de domingo. Son unos cuatro kilómetros entre ida y vuelta por el cordal de Munarrikolanda, que suena a nombre de grupo de heavy local pero en realidad es una cresta suave con vistas al Cantábrico cuando el día está despejado.
Los túmulos aparecen casi sin darte cuenta. A primera vista parecen montones de piedras cubiertos de hierba, hasta que lees el panel y caes en que llevan ahí desde bastante antes de que alguien pensara en carreteras o metros.
El de Munarrikolanda es el más reconocible: un pequeño corredor de piedras que conduce a una cámara interior. Mi cuñado dice que parece un estudio de alquiler prehistórico, y la comparación tiene su gracia. No esperes centro de interpretación ni tienda de recuerdos. Aquí lo que hay es lo que ves: piedras, helechos y, si el cielo se abre un poco, el mar al fondo.
El tramo del Cinturón de Hierro
La parte más seria del paseo está relacionada con la Guerra Civil. En los montes de Berango se conserva un tramo del llamado Cinturón de Hierro, la línea defensiva que protegía Bilbao en 1937.
Hay trincheras recuperadas y un nido de ametralladoras que suele citarse como uno de los mejor conservados de Bizkaia. Es una estructura de hormigón bastante sobria: huecos para las armas, techo bajo y alrededor las zanjas donde se movían los soldados.
La ruta es corta y se recorre sin esfuerzo, pero conviene hacerlo despacio. Los paneles explicativos cuentan detalles que te dejan pensando un rato: la edad de muchos combatientes, cómo era la vida en la línea de frente, lo que pasó cuando la defensa cayó. Al final hay un pequeño mirador con bancos. La mayoría de la gente se queda allí unos minutos en silencio.
Fiestas y cosas que pasan en el pueblo
Las fiestas de Santa Ana suelen marcar el momento en que el pueblo cambia de ritmo durante unos días de verano. Hay txosnas, música, cuadrillas en la calle y ese ambiente que en Bizkaia mezcla familia, amigos y bastante vaso en la mano.
Una de las actividades más conocidas es la Pasión Viviente que organiza el propio vecindario. Se representa al aire libre y participan decenas de vecinos del pueblo. Dura bastante rato y tiene algo de teatro popular hecho entre todos. Mi cuñado salió de Judas un año y durante semanas tuvo que aguantar las bromas en casa.
También es habitual que en otoño aparezcan concursos gastronómicos alrededor del bacalao. Cada cual defiende su receta como si fuese patrimonio familiar. Lo divertido es escuchar las discusiones: que si demasiado ajo, que si así no se liga la salsa… y al final todo el mundo acaba comiendo.
Cómo llegar y cuándo venir
Llegar a Berango es sencillo desde Bilbao. El metro de la línea 1 para aquí antes de seguir hacia la costa, y el trayecto desde el centro ronda la media hora larga según desde dónde salgas.
En coche también se llega rápido por la A‑8 o por la carretera de la margen derecha, aunque a ciertas horas el tráfico se pone bastante serio.
A mí me gusta más venir en otoño. El monte de Munarrikolanda cambia de color y el paseo se hace muy agradable. En verano hay más movimiento porque mucha gente de Bilbao sube a caminar o a pasar la tarde, y el aparcamiento en algunos accesos se complica.
Mi consejo: ven una mañana tranquila, sube hasta los dólmenes y luego baja al pueblo a comer algo caliente. El casco no es grande —un par de calles principales— pero siempre hay vida en el frontón o en los parques.
Y si te quedas con ganas de mar, Plentzia está a una parada de metro. Siete minutos y ya estás viendo arena.
Berango no es un sitio que te deje con la boca abierta. Funciona más bien como ese amigo que siempre está ahí: discreto, cercano y sorprendentemente útil cuando te apetece salir un rato de la ciudad.