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sobre Lezama
Valles y caseríos a un paso de Bilbao, con mucha vida local.
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He pasado por Lezama tres veces en mi vida. La primera, de camino a Bilbao, pensé que era un cruce más de la A‑8. La segunda, paré a comprar agua y descubrí que era un pueblo. La tercera, me quedé a comer y entendí por qué algunos vienen hasta aquí a propósito. No son multitudes, pero los hay.
El pueblo que casi no aparece en Internet
Buscas “Lezama” y lo primero que sale es el palacio de Getxo, un parque en Buenos Aires y el centro de entrenamiento del Athletic. Del pueblo vizcaíno de unos 2.400 habitantes hay poco más que cuatro fotos y la parada del autobús. Como si la red aún no hubiera reparado en él.
El casco antiguo es de los que han cambiado poco. Calles estrechas, casas con tejado inclinado, algún frontón que ha visto tiempos mejores. Tampoco hay señales pensadas para turistas. Ni paneles explicativos ni flechas marrones. Si buscas el ayuntamiento, preguntas. Y ya está.
Donde entrenan los del Athletic
Lo que todo el mundo asocia con Lezama es el centro de entrenamiento del Athletic. En realidad está en suelo de Bilbao, pero el nombre se quedó. Aquí eso no genera discusiones raras: mucha gente del pueblo trabaja allí o pasa a ver entrenar a los chavales del filial.
El campo del equipo local es otra historia. Más pequeño, más de barrio. El Lezama Club de Fútbol juega allí sus partidos y el ambiente es el típico de domingo por la mañana: padres en la banda, comentarios sobre el árbitro y algún perro suelto por la hierba.
La autopista que cambió el mapa
Antes de los noventa, Lezama quedaba al final de una carretera secundaria. Luego llegó la A‑8 y el pueblo quedó dividido. A un lado el núcleo de siempre; al otro, urbanizaciones más recientes y los servicios que fueron apareciendo.
No es un drama, pero se nota. Los vecinos de toda la vida siguen yendo a las mismas tiendas pequeñas. Los más nuevos hacen la compra en el supermercado del barrio moderno. Entre ambos lados pasa la N‑633, con tráfico constante de camiones que suben hacia la costa.
Kiwis, tractores y un sábado cualquiera
Vine un sábado de abril pensando que aquí no pasaría gran cosa. Me equivoqué.
Primero fue el olor: tierra removida, eucalipto, pan saliendo del horno. Luego el sonido de fondo: un tractor, una motosierra, alguien cantando en euskera mientras trabaja en una huerta.
En Lezama se cultivan muchos kiwis. No es algo que uno espere encontrar tan cerca de Bilbao, pero el clima húmedo y el suelo ácido ayudan. Un vecino me lo explicó apoyado en la barra del bar mientras me daba a probar uno recién cogido. Dulce de verdad, nada que ver con los que vienen de lejos.
Dormir, comer y moverse por el pueblo
Aquí no hay hoteles ni alojamientos con nombres creativos. A veces algún vecino alquila una habitación a gente que viene a ver entrenar al Athletic o a pasar un par de días por la zona. Son arreglos sencillos, de preguntar y ver si hay sitio.
Para comer, el plan gira en torno a los bares del pueblo. Bocadillos generosos, platos de cuchara cuando toca y conversaciones que empiezan hablando del tiempo y acaban en fútbol o en la cosecha de ese año.
Llegar tampoco tiene misterio. En coche se sale de la A‑8 hacia Bilbao y en pocos minutos estás dentro del pueblo. Desde el interior hay carreteras comarcales con bastantes curvas y ciclistas los fines de semana. También pasa un autobús que conecta con Bilbao y con algunos pueblos de la costa. Si pierdes uno, toca esperar al siguiente.
Cuándo acercarse a Lezama
En primavera el valle se ve muy verde y las huertas empiezan a moverse. Es cuando el pueblo se disfruta más caminando por los alrededores. En días de partido del Athletic el ambiente cambia bastante: llegan muchos coches y el bar se llena de camisetas rojiblancas comentando la alineación.
¿Compensa desviarse hasta Lezama? Depende de lo que busques. Aquí no hay monumentos famosos ni calles llenas de tiendas. Lo que sí encuentras es un pueblo que sigue funcionando a su ritmo, a pocos minutos de Bilbao.
A veces apetece ver justo eso. Un sitio normal, con huertas, fútbol de domingo y vecinos que aún se paran a hablar en la puerta del bar.