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sobre Sestao
Valles y caseríos a un paso de Bilbao, con mucha vida local.
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Hay un momento, justo cuando el metro surca la ría y las casas de Sestao se pegan a la ventanilla como si fueran a contarte algo, en el que te preguntas si habrás bajado demasiado pronto. No es el Bilbao de los Guggenheim ni el Getxo de los palacetes. Es turismo en Sestao, y lo primero que notas no es una postal: es el olor a mar mezclado con ese algo metálico que todavía parece quedarse en la garganta.
Cuando el acero dejó de cantar
La primera vez que vi el Alto Horno nº1 me recordó a esos exboxeadores que se encuentran en los bares del barrio: grandotes, oxidados, con una dignidad que no les quita nadie. La estructura —de unos 80 metros— domina el paisaje como lo hizo durante décadas. Donde antes salía fuego ahora hay una visita que sube hasta un mirador desde el que se entiende bien todo lo que pasó aquí.
La historia de Sestao se suele contar con números industriales. A finales del siglo XIX era un pueblo pequeño y en pocas décadas se llenó de trabajadores llegados de media España. Para finales de los setenta la población rondaba cifras que hoy parecen difíciles de imaginar viendo el tamaño del municipio.
Era el lugar al que venías si buscabas trabajo en los astilleros o en la siderurgia. Familias enteras viviendo cerca de la fábrica, muchas veces en casas levantadas deprisa porque lo importante era estar cerca del turno de mañana. Mi abuelo solía decir que en los años cincuenta se olía el dinero en la calle de La Pela: una mezcla de sudor, carbón y sueldos recién cobrados que acababan, casi siempre, en los bares del barrio.
Hoy el dinero huele distinto. Parte del suelo industrial se ha reciclado y algunos pabellones se usan para actividades que hace medio siglo nadie habría imaginado. Pero sigue habiendo algo en el ambiente, como si las chimeneas aún guardaran memoria de cuando esta orilla de la ría trabajaba a pleno rendimiento.
El Kasko y la vida en la ladera
Sales del metro y enseguida entiendes cómo está construido el pueblo: cuesta arriba. El Kasko —el casco viejo— se agarra a la ladera con calles estrechas donde las casas parecen mirarse de acera a acera. Hay balcones casi enfrentados y tendederos que cuentan más de la vida diaria que cualquier guía.
En la plaza principal del Kasko hay un monolito dedicado a los trabajadores. No suele llamar mucho la atención de quien pasa con prisa, pero encaja con la historia del sitio. Los mayores del barrio cuentan anécdotas que no salen en los libros: protestas, huelgas, discusiones por el precio del vino en las tabernas de entonces. Cosas pequeñas que, vistas hoy, explican bastante bien el carácter de la zona.
Arriba del todo aparece la iglesia de Santa María, reconstruida tras el incendio de principios del siglo XX con ese aire robusto del llamado estilo neovasco. Desde allí se entiende la forma del barrio: calles que suben y bajan, nombres que recuerdan la vida obrera del lugar —La Pela, San Francisco, La Esperanza— y una sensación bastante clara de comunidad.
Caminar entre hierros y mareas
Si te gusta caminar, una de las maneras más claras de entender Sestao es seguir la ría. Hay recorridos que enlazan antiguos espacios industriales con barrios residenciales y que terminan acercándote al entorno del puente de Vizcaya. Dependiendo del trazado, salen unos cuantos kilómetros de paseo.
En algunos puntos hay paneles con fotografías antiguas. Ves la misma esquina hace décadas: filas de trabajadores entrando a la fábrica al amanecer, grúas gigantes donde hoy pasan bicicletas o gente paseando al perro.
El paseo de La Benedicta es uno de los tramos más agradables para caminar junto al agua. El bidegorri va paralelo a la ría y conecta con municipios vecinos como Portugalete. A un lado quedan restos y estructuras del pasado industrial; al otro, el Nervión mucho más limpio que en los años duros de la siderurgia.
El Parque de Las Camporras funciona como el gran respiro verde del municipio. Hace años era un espacio bastante más áspero; hoy hay árboles, zonas para sentarse y caminos que enlazan con Barakaldo. Desde algunos puntos se abre la vista hacia la ría con Portugalete a un lado y Santurtzi al otro.
Cuando baja el ritmo del día
¿Compensa acercarse a Sestao? Depende mucho de lo que esperes encontrar. Si vienes pensando en un pueblo de casas con geranios y calles empedradas, seguramente te quedes un poco descolocado. Aquí la gracia está en otra cosa: en ver cómo un lugar muy ligado a la industria se va adaptando sin borrar del todo lo que fue.
Un buen momento para pasear es la mañana del fin de semana. El Kasko tiene movimiento, la gente sale a hacer recados y los bares del barrio empiezan a llenarse. Te sientas un rato, miras hacia la ría y ves pasar la vida normal: periódicos bajo el brazo, bolsas del mercado, cuadrillas comentando el partido del domingo.
Después merece la pena subir al Alto Horno. Desde arriba se entiende mejor el mapa del municipio: las casas apretadas en la ladera, los antiguos terrenos industriales, la ría marcando el ritmo entre las dos orillas.
Y antes de irte, date una vuelta por la calle de La Pela. Ha cambiado mucho con los años, claro, pero sigue siendo una de esas calles donde aún se intuye lo que fue Sestao cuando aquí se trabajaba a turnos y el sueldo del viernes se gastaba casi entero esa misma noche.
Sestao no juega a ser bonito. Es más bien de esos sitios que te enseñan cómo cambia un lugar sin dejar de ser reconocible. Como ese amigo del instituto al que hace años que no ves: ha cambiado, claro, pero cuando te sientas con él cinco minutos sabes exactamente quién es.