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sobre Ibarra
Verde intenso, caseríos y montañas cercanas con rutas y miradores.
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El turismo en Ibarra funciona un poco como cuando descubres ese bar de barrio al que siempre van los mismos. Desde fuera parece poca cosa, pero en cuanto te apoyas en la barra y empiezas a picar algo entiendes por qué la gente vuelve. Aquí pasa algo parecido: no hay grandes monumentos ni un casco histórico de postal, pero el pueblo tiene personalidad propia. Y, sí, mucha culpa la tienen las guindillas.
El pueblo que se separó de Tolosa
Ibarra está pegado a Tolosa, literalmente a unos minutos en coche o dando un paseo largo. Durante siglos dependió de ella, hasta que a comienzos del siglo XIX consiguió su propia jurisdicción. Para un pueblo que hoy ronda los 4.100 habitantes y ocupa apenas unos pocos kilómetros cuadrados, aquello debió de sentirse como cuando en una comunidad de vecinos alguien decide dejar de compartir gastos con el portal de al lado.
La iglesia de San Bartolomé es el edificio más visible del centro. El templo empezó a levantarse en el siglo XVI y fue creciendo con el tiempo, algo bastante habitual por aquí: primero el cuerpo principal, después añadidos y reformas. El campanario que se ve hoy llegó más tarde, y se nota un poco esa mezcla de épocas que tienen muchas iglesias de los pueblos vascos.
El casco urbano no es grande. En un rato lo recorres caminando sin esfuerzo, con casas bajas, calles tranquilas y ese ambiente de pueblo donde casi todo el mundo parece conocerse.
Las piparras y otras historias de barra
Si Ibarra aparece en muchas conversaciones gastronómicas del País Vasco es por una cosa muy concreta: las guindillas de Ibarra, las famosas piparras.
Son finas, alargadas y bastante suaves. Mucha gente espera que piquen fuerte y luego se sorprende porque no lo hacen tanto. Aquí se cultivan desde hace generaciones y en verano es fácil verlas colgadas a secar en balcones o portales, como si fueran ristras verdes.
Con ellas se prepara la gilda, ese pintxo clásico con aceituna, anchoa y guindilla atravesadas por un palillo. En muchos sitios del País Vasco se dice que este bocado nació en los bares de la zona de Tolosa. Sea o no exactamente así, en Ibarra las piparras forman parte del día a día: en la huerta, en los mercados y, claro, en las barras.
Subir al Uzturre
Si te gusta caminar un poco, el monte Uzturre aparece enseguida en el horizonte. Desde Ibarra se ve claramente y es una de esas montañas que la gente de la zona sube casi como quien da un paseo largo.
La ruta más habitual lleva hacia la ermita de Izaskun, ya en la parte alta. No es una subida técnica, pero tiene tramos que hacen sudar si vas con prisa. Lo normal es tomárselo con calma, como hacen muchos vecinos: subir hablando, parar un momento, seguir.
Arriba las vistas se abren sobre el valle donde se juntan Tolosa, Ibarra y los pueblos cercanos. Es el típico mirador natural que ayuda a entender cómo se organiza toda esta comarca.
Recuerdos industriales del pueblo
Ibarra también tuvo su etapa industrial. Durante años hubo actividad ligada al papel y a pequeños talleres, algo bastante común en el valle del Oria. Todavía quedan naves y edificios que recuerdan esa época, algunos ya sin uso.
Entre los nombres que suelen aparecer cuando se habla de la historia local están los talleres de pianos que funcionaron aquí durante décadas. Puede parecer curioso encontrar algo así en un pueblo pequeño, pero en el País Vasco no es raro: muchos municipios mezclaban huerta, industria y vida de barrio en pocas calles.
Cuándo pasar por Ibarra
Las fiestas patronales llegan a finales de agosto y el ambiente cambia bastante. Hay más movimiento en las calles, música y cuadrillas que ocupan plazas y bares hasta tarde.
Si prefieres ver el pueblo más tranquilo, cualquier domingo por la mañana funciona bien. En la plaza suele haber ambiente de mercado y gente haciendo la compra con calma. Es un buen momento para sentarte un rato, pedir algo de beber y picar una gilda.
Ibarra no es un lugar donde haya que ir corriendo de un sitio a otro. Más bien es de esos pueblos donde lo mejor es parar un momento y mirar alrededor: la huerta, la gente entrando y saliendo de las tiendas, las conversaciones que van saltando de una mesa a otra. Con eso ya te haces una idea bastante clara de cómo se vive aquí.