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sobre Irura
Verde intenso, caseríos y montañas cercanas con rutas y miradores.
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A media mañana, cuando el tráfico de la carretera cercana baja un poco, en Irura se oye otra cosa: el golpe seco de una persiana que se abre, el murmullo del río Oria más abajo y algún perro que ladra desde un caserío cercano. La iglesia de San Martín se levanta junto al núcleo del pueblo, con la piedra algo oscurecida por la humedad habitual del valle. Cuando el cielo está cubierto —algo frecuente en Tolosaldea— la fachada toma un tono gris mate que cambia bastante en cuanto aparece un poco de sol.
Irura se encuentra en la comarca de Tolosaldea, a unos ocho kilómetros de Tolosa. Hoy es un municipio pequeño pero bien conectado: la carretera y el tren pasan cerca, y muchos vecinos se mueven a diario hacia Tolosa o Donostia. Aun así, basta alejarse un par de calles del eje principal para que el ritmo cambie. Aparecen caseríos antiguos, huertas detrás de las casas y caminos que salen hacia los prados del fondo del valle.
El núcleo alrededor de la iglesia
Las calles del centro no son muchas y se recorren rápido. Algunas bajan suavemente hacia el río; otras se abren entre viviendas que mezclan reformas recientes con estructuras más antiguas de piedra y madera. En varias fachadas todavía se ven balcones de hierro y aleros amplios pensados para proteger de la lluvia.
La iglesia de San Martín sigue siendo uno de los puntos más reconocibles del pueblo. El edificio ha tenido reformas a lo largo del tiempo, algo bastante habitual en iglesias rurales de Gipuzkoa. Dentro suele haber una luz tenue que entra por ventanas estrechas, y el ambiente cambia mucho según la hora del día: por la mañana es frío y silencioso; por la tarde la piedra parece coger un tono más cálido.
A su alrededor el pueblo mantiene esa escala pequeña en la que todo queda cerca: la plaza, algunos bancos donde sentarse un rato y calles cortas que enseguida terminan en campo abierto.
El río Oria y los caminos del valle
El Oria pasa junto a Irura marcando el fondo del valle. No es un río espectacular, pero tiene presencia: en invierno baja con más fuerza y el agua suele arrastrar hojas y ramas; en verano se vuelve más tranquilo y las orillas se llenan de hierba alta.
A lo largo del río existe un camino bastante utilizado por quienes caminan o van en bicicleta. Forma parte de la vía que conecta varios pueblos de la zona. Desde Irura se puede avanzar hacia Tolosa en un paseo bastante llano o, en la otra dirección, hacia Anoeta y Villabona. Son trayectos sencillos, sin grandes desniveles, que muchos vecinos usan a diario.
Si te alejas un poco de ese eje del valle aparecen pistas agrícolas entre prados y caseríos. En primavera la hierba crece rápido y el verde se vuelve muy intenso; después de varios días de lluvia el barro puede complicar bastante el paseo, algo a tener en cuenta si vas con calzado ligero.
Caseríos y paisaje cercano
En los alrededores del pueblo todavía quedan bastantes caseríos dispersos. Algunos mantienen actividad agrícola o ganadera, otros se han reconvertido en viviendas. Desde ciertos caminos se ven las laderas suaves que rodean el valle, cubiertas de prados, pequeños bosques y algún manzanal.
Es un paisaje muy típico de Gipuzkoa: parcelas pequeñas separadas por setos o muros bajos de piedra, tejados rojizos y humo saliendo de alguna chimenea en invierno. No es un entorno espectacular en el sentido clásico, pero tiene esa mezcla de actividad diaria y naturaleza cercana que define bien la comarca.
Lo que se come en la zona
En Tolosaldea la cocina sigue muy ligada al producto cercano. En muchas casas todavía se preparan platos tradicionales del entorno: alubias de Tolosa cuando llega el frío, carne de caserío, sidra elaborada en los alrededores o queso de oveja de las montañas cercanas.
No hace falta que haya ninguna celebración especial para que estos platos aparezcan en la mesa. Aun así, algunas fiestas locales —como las que se celebran alrededor de San Martín, en noviembre— suelen reunir a los vecinos en comidas colectivas donde la cocina de siempre tiene bastante protagonismo.
Cuándo acercarse y qué tener en cuenta
Irura se recorre rápido. En una hora puedes caminar por el centro, bajar hacia el río y volver. Si el plan es pasear por los caminos del valle o seguir la vía del Oria en bicicleta, entonces merece la pena dedicarle más tiempo.
Un detalle práctico: después de varios días de lluvia, bastante habituales aquí, los caminos de tierra se vuelven resbaladizos y el barro se pega a las suelas con facilidad. Si vienes a caminar, mejor traer calzado con algo de agarre.
La primavera y el principio del otoño suelen ser momentos agradables para pasear por la zona. El verano aquí no suele ser extremo, pero a mediodía el sol cae directo en el fondo del valle y el paseo pierde gracia. A primera hora o al final de la tarde, en cambio, el aire se mueve un poco y el pueblo recupera ese silencio tranquilo que todavía conserva.