Artículo completo
sobre Karrantza (Valle de Carranza)
Valles y caseríos a un paso de Bilbao, con mucha vida local.
Ocultar artículo Leer artículo completo
Hay pueblos donde el GPS se rinde. En Karrantza (Valle de Carranza) casi pasa. Si miras el mapa entiendes por qué: 137 kilómetros cuadrados repartidos en 48 barrios que caen por el valle como si alguien los hubiera dejado caer desde un bolsillo. Entras por una carretera sinuosa, de esas que te obligan a bajar la velocidad aunque no quieras, y enseguida te das cuenta de que aquí todo está un poco escondido. No en plan misterio épico, más bien como cuando guardas cosas en un cajón y luego ni tú recuerdas que estaban ahí.
El día que la montaña se abrió
La historia de Pozalagua es de esas que, si te la cuentan en un bar, suena a exageración. En 1957 unos mineros estaban buscando dolomitas, pegaron un barreno en la pared y apareció una cavidad llena de estalactitas rarísimas. El guía las llamó excéntricas, porque crecen sin hacer demasiado caso a la gravedad. Yo pensé: “como los vecinos de mi edificio”.
Caminar por dentro tiene algo hipnótico. Formaciones blancas por todas partes, humedad constante y ese silencio que solo rompe el goteo de agua. Durante un rato da la sensación de estar dentro de un pulmón gigante. Sales de la cueva con esa idea un poco tonta pero agradable de que las montañas, de alguna manera, también respiran.
Cuarenta y ocho formas de perderse
Karrantza no funciona como un pueblo compacto. Es más bien un mosaico. Barrios separados, casas dispersas, carreteras que suben y bajan todo el rato.
Intenté recorrer varios de esos 48 barrios en coche y a los siete ya había perdido la cuenta. Muchos tienen su iglesia, su frontón y alguna casa indiana enorme, de esas que levantaron familias que volvieron de América con dinero y ganas de demostrarlo.
En Concha vi una que parecía sacada de una película de Berlanga: grande, con galerías de madera y palmeras en el jardín. Hablé un rato con un hombre que estaba podando cerca y me contó que el bisabuelo se había ido a Cuba. Volvió con dinero y levantó la casa. “Ahora la alquilamos para bodas”, me dijo, como quien comenta que tiene un garaje.
Queso que pica y niebla que no levanta
El queso carranzana es de oveja y tiene carácter. De ese que al primer bocado te hace arquear un poco las cejas.
Lo probé en una pequeña quesería del valle, donde el aire olía a leche caliente y a madera húmeda. La mujer que me atendió me preguntó: “¿te gusta fuerte?”. Le dije que sí con demasiada seguridad. Durante tres minutos mi boca pidió agua como si hubiera corrido una maratón.
Luego llega la segunda fase: el sabor se asienta y aparece ese punto intenso que explica por qué el queso forma parte del paisaje aquí igual que las praderas y los rebaños. Compré medio queso. Durante tres días el coche olió como si hubiera abierto una tienda láctea portátil.
La antigua fábrica que ahora cuenta la historia del valle
En el valle también queda el recuerdo de la minería. La antigua fábrica vinculada a la extracción de dolomita se ha reconvertido en un espacio dedicado a explicar esa parte industrial de Karrantza.
No esperes un museo pulido y brillante. Hay estructuras metálicas enormes, maquinaria vieja y ese olor persistente a aceite y hierro que parece pegado a las paredes. Más que un decorado, parece un lugar que simplemente dejó de trabajar hace poco.
Lo curioso es la cantera cercana, que hoy se utiliza como auditorio al aire libre. Un vigilante me comentaba que cuando hay conciertos el sonido rebota en las paredes de roca. Y que algunos días, con niebla, la música queda suspendida en el aire como si estuviera dentro de una pecera.
¿Merece la pena acercarse a Karrantza?
Depende bastante de lo que busques. Si te apetece paseo marítimo, terrazas mirando al puerto y ambiente de playa, aquí no hay nada de eso. El mar queda lejos y el plan es otro.
Karrantza es más de conducir despacio, parar en un barrio cualquiera, mirar prados con vacas y asumir que el tiempo aquí va a otra velocidad. Con una mañana para ver Pozalagua y una tarde para moverte por el valle ya te haces una buena idea.
Eso sí: la lluvia y la niebla forman parte del pack. Hay días en los que las montañas apenas se dejan ver. Pero también tiene su gracia. Es como una Asturias sin mar: verde, húmeda, con queso potente y carreteras que te obligan a bajar el ritmo. Y, de vez en cuando, con cuevas que aparecen por casualidad cuando alguien decide dinamitar una pared.