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sobre Labastida
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A esa hora, cuando el sol todavía no ha trepado por encima de la Sierra de Cantabria, las calles de Labastida permanecen en silencio. La piedra del empedrado guarda el fresco de la noche y, si es finales de verano, en el aire aparece un olor tenue a mosto que llega desde las laderas cercanas. Alguna persiana se abre, se oye una puerta pesada y durante unos minutos el pueblo parece moverse despacio, como si todavía estuviera despertando.
El turismo en Labastida suele empezar ahí, caminando sin prisa por un casco urbano que sube y baja entre cuestas cortas. Estamos en Rioja Alavesa, muy cerca del Ebro, con la sierra cerrando el horizonte por el norte y las viñas ocupando casi todo lo demás.
Calles de piedra y escudos en las fachadas
Labastida se recorre mejor a pie. Las calles estrechas obligan a ir despacio y el coche aquí estorba más de lo que ayuda; lo habitual es aparcar en las zonas más abiertas del perímetro y entrar caminando.
El casco antiguo guarda muchas casas con portones de madera oscurecida por los años y escudos tallados sobre las puertas. Si te fijas, algunos conservan marcas erosionadas que apenas se distinguen ya. No es raro encontrar pequeños desniveles entre calles: el pueblo se adapta a la pendiente que baja hacia el valle del Ebro.
El recorrido suele arrancar en la Plaza Mayor. Allí se levanta la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, con su torre cuadrada dominando los tejados. La piedra muestra grietas finas y cambios de color que delatan distintas épocas de construcción. Cuando está abierta, el interior resulta más amplio de lo que sugiere la fachada.
Bodegas excavadas bajo las casas
Bajo muchas viviendas del centro hay bodegas subterráneas. Algunas siguen utilizándose y, si pasas cerca, se nota ese olor húmedo y frío que mezcla tierra, madera y vino en fermentación.
Las puertas suelen ser gruesas, a veces metálicas, a veces de madera vieja. No todas se pueden visitar por libre; lo normal es concertar la visita con antelación si se quiere entrar en alguna bodega tradicional. Durante vendimia el movimiento aumenta y es más fácil ver tractores cruzando las calles que grupos organizados.
Un mirador natural sobre los viñedos
La calle Mayor atraviesa buena parte del núcleo urbano y acaba conduciendo hacia un borde del pueblo desde donde el paisaje se abre de golpe. Allí aparecen las parcelas de viña alineadas con precisión, adaptándose a las ondulaciones del terreno.
En días despejados se distinguen bien los Montes Obarenes y las llanuras que siguen el curso del Ebro. Al atardecer la luz cae baja sobre las cepas y el color cambia rápido: del verde al dorado y luego a un marrón apagado cuando el sol se esconde detrás de la sierra.
El santuario en la falda de la sierra
A las afueras se encuentra el Santuario de Nuestra Señora de la Antigua, conocido en la zona como Toloño. El acceso discurre por caminos que atraviesan viñedos y zonas de monte bajo. Tras lluvias recientes el firme puede estar resbaladizo, algo a tener en cuenta si vas en coche o en bicicleta.
Tradicionalmente ha sido lugar de romerías y encuentros de los pueblos cercanos. Incluso en días tranquilos se nota que sigue siendo un sitio de reunión más que un simple punto de paso.
Subir hacia la Sierra de Cantabria
Por encima de Labastida se levanta la Sierra de Cantabria, una muralla de roca caliza que marca el paisaje de toda la comarca. Desde algunos caminos se puede iniciar la subida hacia cumbres como el Toloño.
No es un paseo corto: hay tramos pedregosos y la meteorología cambia rápido cuando se gana altura. Conviene mirar el tiempo antes de salir y llevar agua, sobre todo en verano, cuando el sol pega fuerte en las laderas orientadas al sur.
Desde arriba el contraste es claro: al norte, bosque y montaña; al sur, un mosaico de viñedos que se extiende hacia La Rioja siguiendo el curso del Ebro.
Cuándo se nota más el pulso del pueblo
El calendario de Labastida sigue muy ligado al campo. En torno a febrero se celebran las fiestas de San Blas y, cuando llega la vendimia —normalmente entre finales de septiembre y octubre— el ritmo cambia por completo: tractores entrando y saliendo, remolques cargados de uva y olor a mosto en varias calles del casco viejo.
Si prefieres verlo con calma, lo mejor es acercarse entre semana y a primera hora de la mañana. A esa hora las calles vuelven a estar casi vacías y el pueblo recupera ese silencio breve que dura lo que tarda el sol en subir por encima de la sierra.