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sobre Laguardia
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Hay pueblos que parecen pensados para pasearlos despacio, como cuando entras en la casa de alguien mayor y te paras a mirar las fotos colgadas en la pared. Laguardia tiene un poco de eso. Cruzas la Puerta de Santa María y enseguida notas que el ritmo cambia: calles cortas, piedra por todas partes y la sensación de que aquí casi todo ha pasado ya hace siglos.
Un casco histórico que se mide en siglos, no en kilómetros
El casco antiguo no es grande. Si caminas sin entretenerte lo atraviesas en pocos minutos. Pero es de esos sitios donde merece la pena ir levantando la vista cada poco.
La iglesia de Santa María de los Reyes es la parada inevitable. El pórtico policromado es lo que más llama: colores que han aguantado siglos protegidos bajo la portada. No es de esas cosas que se entienden con una foto rápida; si te interesa un poco la historia, conviene mirarlo con calma o apuntarte a alguna visita guiada para saber lo que estás viendo realmente.
Cerca aparecen casas señoriales del siglo XVI, con escudos y portones enormes. Son detalles que te recuerdan que este lugar fue un punto importante dentro de la Rioja Alavesa, muy ligado al comercio del vino desde siempre.
La calle Mayor sigue siendo el eje del pueblo. Hoy mezcla viviendas antiguas, pequeñas tiendas relacionadas con el vino y edificios históricos como la Casa de la Primicia, uno de los edificios civiles más antiguos del lugar.
Murallas y vistas: cuando las calles terminan en viñedos
Laguardia sigue rodeada por murallas medievales, y eso se nota al caminar por el borde del casco antiguo. En algunos tramos puedes acercarte al adarve o a miradores junto a la muralla y ver cómo el paisaje cambia de golpe: pasas de calles estrechas a un mar de viñedos cubriendo las laderas.
La Torre Abacial, vinculada a la iglesia, recuerda ese pasado defensivo. No todo el sistema se conserva completo, pero lo suficiente como para imaginar cómo funcionaba esto cuando era una plaza fortificada.
Si vienes en otoño, las viñas cambian de color y el paisaje se vuelve bastante llamativo. Es normal ver a gente parada simplemente mirando el valle, como cuando uno se queda mirando una hoguera sin pensar demasiado.
La otra mitad del pueblo está bajo tierra
Algo curioso aquí es lo que no se ve. Bajo muchas casas hay calados, bodegas subterráneas excavadas en la roca donde tradicionalmente se hacía y almacenaba el vino. No todas se pueden visitar (muchas funcionan hoy con reserva previa), pero ayudan a entender hasta qué punto esto forma parte del ADN del lugar.
También se habla de pasadizos y galerías antiguas bajo algunas zonas del casco histórico. Parte existe, aunque el acceso suele ser limitado o depende de visitas organizadas; sabes cómo son estas cosas históricas.
Paseos cortos para estirar las piernas
A las afueras hay varios caminos que atraviesan viñedos y pequeños bosques. Algunos senderos señalizados llevan hacia zonas como La Hechicera, donde está un dolmen prehistórico bastante conocido por aquí.
También pasa relativamente cerca la Vía Verde Vasco‑Navarro, un antiguo trazado ferroviario adaptado para caminar o ir en bici. Son recorridos tranquilos, sin grandes desniveles, ideales si quieres ver el paisaje sin complicarte mucho.
Cuándo venir (y dónde dejar ese coche)
Laguardia recibe bastante gente los fines de semana. El pueblo es pequeño y se nota rápido cuando llegan varios coches a la vez. Aparcar dentro del recinto amurallado no suele ser posible; lo normal es dejarlo en aparcamientos a las afueras y entrar andando.
Si puedes elegir, entre semana se pasea con mucha más calma. En verano el sol aprieta —la piedra guarda el calor— así que conviene venir temprano o a última hora. Cuando llueve hay que andar con cuidado: las calles empedradas resbalan más de lo que parece. A cambio, el pueblo se queda bastante tranquilo; menos cámaras de fotos y más silencio real.
¿Cuánto tiempo le dedicas?
Laguardia se recorre rápido en términos físicos: una hora larga basta para caminarlo todo. Pero lo curioso es que si vas sin prisa acabas quedándote más tiempo. Te paras en un mirador porque sí, vuelves por otra calle, bajas una cuesta antes ignorada… Ese tipo sitio donde tu plan era “verlo rápido” y al final ves cómo se te escapa media tarde sin darte cuenta