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sobre Lekeitio (Lequeitio)
Cantábrico, acantilados y sabor marinero en el corazón vasco.
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A las cinco de la tarde, cuando la marea baja deja al descubierto la lengua de arena que une Lekeitio con la isla de San Nicolás, los niños corren descalzos entre charcos brillantes. Desde el paseo marítimo, las casas parecen apretujarse para mirar hacia ese pasillo de arena que aparece y desaparece cada día. Dura poco. Un rato después el Cantábrico vuelve a cubrirlo con calma, como si alguien cerrara una puerta.
El olor del puerto y el sonido de las cuerdas
Lekeitio huele a algas secas y a madera mojada. En el puerto, las redes cuelgan de los postes como cortinas gruesas que se secan al viento. Las embarcaciones se balancean despacio y las cuerdas golpean los mástiles con ese sonido hueco que se oye incluso desde las calles cercanas.
La villa ocupa poco espacio entre el mar y las laderas, pero dentro caben muchos siglos. En el casco viejo todavía quedan casas‑torre con muros gruesos y portales de piedra que han visto pasar generaciones de pescadores. Algunas fachadas conservan escudos y detalles renacentistas algo gastados por la humedad. Entre esas piedras antiguas aparecen cosas muy actuales: toallas de playa colgadas en los balcones, bicicletas apoyadas contra las paredes, olor a pan caliente que sale de algún obrador cercano a la plaza.
La luz que entra por el altar mayor
Dentro de la Basílica de Santa María la temperatura baja un poco y el sonido de la calle desaparece. Por la tarde, cuando el sol entra por el rosetón, la luz cae directamente sobre el gran retablo flamenco. Es enorme, de madera oscura y policromía antigua, lleno de figuras pequeñas que parecen moverse cuando cambia la luz.
Las vigas del techo, muy oscuras por el paso del tiempo, recuerdan a la quilla de un barco puesto del revés. No es una comparación forzada: en muchos pueblos de la costa la carpintería naval y la de las iglesias compartían manos y herramientas.
La villa ha pasado incendios y reconstrucciones a lo largo de su historia. Aun así, la iglesia sigue marcando el centro del pueblo, con su torre visible desde casi cualquier punto del puerto.
Cuando la isla se hace camino
Llegar a la isla de San Nicolás depende completamente de la marea. Cuando el mar se retira, aparece el camino de arena que sale desde la playa. Conviene mirar antes las tablas de mareas o preguntar por allí; el agua vuelve más rápido de lo que parece y el paso puede desaparecer en menos tiempo del esperado.
Arriba sopla viento casi siempre. Desde el pequeño alto de la isla se ve la ría entera: los barcos como puntos oscuros sobre el agua verdosa, las casas de Lekeitio apiladas junto al puerto y el monte Lumentxa cerrando el paisaje por detrás. Durante siglos, desde aquí partieron barcos que buscaban pesca lejos de esta costa. Hoy el horizonte lo ocupan sobre todo surfistas y pequeñas embarcaciones, pero el carácter del mar sigue siendo el mismo: algunos días claro y brillante, otros de un gris pesado.
Comer cerca del puerto
Al caer la tarde las terrazas del puerto se llenan y el olor a marisco caliente se mezcla con el de la sal. En muchas mesas aparece el txangurro gratinado en su concha, o platos de pescado del Cantábrico preparados de forma sencilla. El txakoli suele servirse escanciado desde cierta altura, con un chorro corto que deja una espuma ligera en la copa.
El ambiente es tranquilo, más de conversación larga que de prisas. En temporada alta cuesta encontrar mesa a ciertas horas, así que conviene ir un poco antes de lo habitual o alejarse un par de calles del frente del puerto.
La hora tranquila y el camino al monte
Entre media tarde y el comienzo de la noche el ritmo del pueblo baja. Muchas persianas están medio cerradas y el paseo marítimo queda más silencioso durante un rato. Es buen momento para caminar sin demasiada gente por las calles del casco antiguo.
Después, cuando el sol empieza a caer, merece la pena subir al Calvario. El sendero arranca detrás de la iglesia y gana altura entre pinos y eucaliptos que desprenden olor a resina cuando aprieta el calor. La subida es corta pero empinada en algunos tramos.
Desde el monte Lumentxa se ve Lekeitio entero: la ría entrando como un brazo de agua, la isla de San Nicolás convertida en un pequeño bulto oscuro y el Cantábrico extendiéndose hacia el norte. Con algo de viento, que aquí es frecuente, el sonido del puerto llega amortiguado hasta arriba.
Calles donde caminar sin rumbo
Tiene sentido dejarse caer por la calle Santa María, donde los balcones casi se rozan sobre la cabeza. También por la plaza de los Fueros, donde un olivo muy viejo da sombra a los bancos, y por el paseo de Itxas Goleta, donde al anochecer todavía se ven vecinos charlando mientras los niños siguen jugando cerca del agua.
En verano el pueblo cambia bastante. Algunos fines de semana el tráfico se complica y aparcar cerca del centro puede llevar tiempo. Si buscas caminar con más calma, suele ser mejor venir entre semana o acercarse a primera hora de la mañana.
Y antes de irte, si la marea vuelve a dejar paso, merece la pena cruzar otra vez hasta la isla. Desde allí Lekeitio parece más pequeño de lo que realmente es: un puñado de casas junto al puerto, el campanario sobresaliendo y el mar respirando alrededor. El viento trae olor a sal y el sonido lejano de las campanas. Ese momento suele quedarse dando vueltas en la cabeza mucho después del viaje.