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sobre Markina-Xemein (Marquina-Jeméin)
Valles y caseríos a un paso de Bilbao, con mucha vida local.
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Las campanas de Santa María dan las ocho cuando el frontón de la plaza aún huele a roble mojado. Un chaval de unos doce años golpea la pelota contra la pared: ta, ta, ta. El ritmo no se interrumpe cuando pasas por su lado, ni cuando una vecina baja la persiana con estrépito. En el turismo en Markina‑Xemein hay algo que se entiende rápido si te quedas un rato en la plaza: la pelota aquí es casi como el pan. Se hace cada día y nadie monta un espectáculo por ello.
La plaza donde nació un pueblo
La villa se fundó a mediados del siglo XIV con un nombre que hoy apenas se usa: Villaviciosa de Marquina. Lo que realmente marca el centro es la plaza. El frontón ocupa el medio como si siempre hubiera estado ahí, y el antiguo ayuntamiento levanta su pórtico de columnas mirando al suelo de piedra gastada.
Los lunes por la mañana el ambiente cambia. Aparecen puestos, se oye el arrastre de carros y el olor mezcla verduras húmedas con pescado recién traído de la costa. Las mujeres mayores siguen llevando bolsa de tela y se paran a comentar precios o la calidad del bonito, que algunos años llega mejor y otros no tanto.
La iglesia de Santa María se levanta en un extremo. Desde fuera parece severa; dentro la luz es corta y tarda un momento en acostumbrarse. El edificio es del siglo XVI. A ras de suelo se nota el frío de la piedra y un ligero olor a cera e incienso que se queda pegado en la ropa cuando sales.
El cementerio que no parece cementerio
A unos diez minutos andando del centro, por una calle donde muchas casas aún guardan leña apilada junto a la pared, está el cementerio de Markina. Fue levantado en el siglo XIX y su entrada, con columnas y frontón clásico, recuerda más a un templo antiguo que a un camposanto.
Dentro todo es blanco y geométrico: mausoleos alineados, grava clara, cipreses altos que frenan el viento del norte. En días despejados la luz rebota en la piedra y obliga a entrecerrar los ojos.
Si pasas en otoño a media tarde —sobre las cuatro o las cinco, cuando el sol ya cae— las columnas proyectan sombras largas sobre el suelo. A esa hora suele haber silencio, solo pasos sobre la grava y alguna voz baja. Es un lugar que los vecinos siguen usando, no un monumento apartado.
Las piedras que se casan
San Miguel de Arretxinaga queda a un paseo tranquilo desde el centro. El camino se hace en unos quince minutos, entre casas dispersas y huertas.
La ermita es pequeña, casi doméstica. Lo sorprendente está dentro: tres grandes rocas sostienen el espacio central y el altar se apoya bajo ellas. Son piedras prehistóricas, oscuras, con formas redondeadas que parecen encajar unas con otras por pura casualidad.
La tradición local dice que quien pase tres veces bajo las rocas se casará antes de un año. Todavía se ve a gente hacerlo. Algunos se ríen mientras pasan; otros lo hacen con más cuidado, casi en silencio. El suelo suele oler a cera y a humedad, y cuando no hay nadie se oye el eco leve de los pasos dentro de la ermita.
Cuando el pueblo huele a cocina
Sobre la una del mediodía el aire cambia en varias calles del centro. De las ventanas abiertas sale olor a pimiento, ajo y pescado guisado. No hace falta entrar a ningún sitio para intuir lo que se está cocinando: el marmitako deja un aroma espeso que se queda flotando entre las fachadas.
En la plaza siempre hay movimiento alrededor del frontón. Alguien juega, alguien mira apoyado en la pared, otros se paran un momento antes de seguir con la compra. El golpe de la pelota vuelve cada pocos segundos y acaba marcando el ritmo de la mañana.
La hora de irse (y de volver)
Markina‑Xemein no vive de grandes reclamos. El pueblo se mueve despacio. A media tarde, cuando las nubes bajas del Cantábrico empiezan a engancharse en los tejados, el olor cambia otra vez: madera húmeda, humo de alguna chimenea, sidra recién escanciada en las casas.
Es buen momento para sentarse un rato en el muro del frontón y mirar cómo se encienden las primeras luces de las ventanas.
Un consejo práctico: si puedes, ven entre semana. Los fines de semana la plaza suele llenarse de partidos y grupos que vienen de otros pueblos de Bizkaia. Y si llegas en agosto, merece la pena madrugar un poco. A primera hora el pueblo todavía suena a persianas que se abren y a pan recién salido del horno. Más tarde el tráfico aumenta y la calma cambia de tono.