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sobre Lemoa (Lemona)
Valles y caseríos a un paso de Bilbao, con mucha vida local.
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Lemoa es ese pueblo por el que pasas de camino a otros sitios más conocidos de Bizkaia. Lo ves desde la carretera, un puñado de casas al pie de una loma boscosa, y sigues tu ruta. Hasta que un día paras. Y te das cuenta de que lo más interesante aquí está arriba, en un monte con cicatrices de historia reciente.
Subir al Lemoatxa es otra cosa
El Lemoatxa no impresiona a primera vista. Parece una ladera más del valle de Arratia. Pero cuando empiezas a caminar por sus senderos entre pinos, la cosa cambia.
Es un paseo accesible, de esos que haces mientras charlas. Hasta que te topas con el primer hueco excavado en la tierra. Luego otro. Y otro más. Son trincheras. Este monte fue línea del frente en 1937, durante los combates por Bilbao.
Ahora hay paneles que explican lo que pasó. Caminar aquí no es solo dar un paseo por el bosque; es intentar imaginar el ruido donde ahora solo se oyen pájaros y el viento entre las ramas.
Un pueblo sin pretensiones
Abajo, la iglesia de San Pedro domina el perfil desde su posición elevada. No es una catedral, pero tiene esa presencia sólida de los edificios que han visto pasar siglos de vida tranquila.
El resto es Lemoa tal cual: calles residenciales, algún frontón donde se junta gente, zonas donde en invierno todavía se huele el humo de la leña. No hay un casco histórico para fotografiar ni monumentos espectaculares. Es simplemente un pueblo vizcaíno que vive a su ritmo.
Fiestas para quien esté
Si coincides a finales de junio, durante las fiestas de San Pedro, verás otra cara del pueblo. Se llenan las calles de cuadrillas, se montan txosnas cerca del frontón y la música se alarga hasta tarde.
No son fiestas pensadas para turistas; son las fiestas del pueblo. Tienen ese ambiente donde todo el mundo se conoce y los planes se improvisan según se encuentra la gente.
Cómo meterlo en tu ruta
No vengas a Lemoa pensando en pasar todo el día. Funciona mejor como parada dentro de una ruta por Arratia o Durangaldea.
Aparca en el pueblo, sube al monte sin prisa (lleva calzado cómodo) y tómate tu tiempo para leer los paneles y mirar el valle desde arriba. Luego baja, date una vuelta breve por las calles y sigue tu camino.
Es una parada corta, pero distinta. De esas que te quedan porque has tocado la historia con los dedos, literalmente, entre la tierra de las trincheras.