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sobre Iruña de Oca
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Las campanas de Trespuentes suelen sonar temprano. A esa hora, cuando la bruma todavía se queda baja sobre el río Zadorra, el puente de piedra aparece casi vacío y el agua pasa despacio entre los pilares. El sol tarda un poco en entrar en el valle y, mientras tanto, los campos alrededor de los pueblos de Iruña de Oca mantienen ese verde húmedo que deja la noche. A primera hora el aire huele a pan recién hecho y a tierra removida de las huertas cercanas.
Quien llega buscando turismo en Iruña de Oca suele descubrir un municipio disperso: varios pueblos separados por campos abiertos, caminos agrícolas y pequeñas carreteras donde todavía es normal cruzarse con un tractor antes que con otro visitante.
La ciudad romana bajo los campos
A poca distancia de Trespuentes se abre el yacimiento de Iruña‑Veleia. El paisaje es tranquilo: parcelas de cultivo, alguna línea de chopos junto al río y, en medio, las ruinas de lo que fue una ciudad romana importante en el interior del País Vasco.
Caminar por el recinto es hacerlo entre muros bajos de piedra, calles marcadas y restos de viviendas que todavía dibujan el plano de la antigua ciudad. En días soleados las piedras guardan el calor y desprenden un olor seco, casi mineral. El lugar es grande y bastante abierto; conviene llevar agua y algo de protección para el sol si vas en verano, porque apenas hay sombra.
En la zona cubierta se conservan piezas encontradas en las excavaciones —estelas funerarias, cerámica, restos domésticos— que ayudan a entender cómo era la vida aquí hace casi dos mil años. Más que un conjunto monumental espectacular, lo que impresiona es la extensión del asentamiento y su posición dominando el valle.
Comer en el valle
Al mediodía el olor a brasa suele escaparse de algunos asadores de la zona. La carne de vacuno tiene mucho peso en la mesa alavesa y aquí no es raro verla prepararse sobre parrilla de carbón. También aparece con frecuencia el bacalao ajoarriero, espeso y rojizo por los pimientos choriceros.
En los pueblos todavía funcionan panaderías pequeñas y obradores donde se hacen dulces tradicionales en determinadas épocas del año. Cuando coinciden fiestas o fines de semana con movimiento, muchos vecinos pasan temprano a comprar antes de que se acaben.
La sensación general es más de comida de cuadrilla o de familia que de lugar pensado para el visitante ocasional.
Caminos entre campos y barrancos
El término municipal tiene bastantes caminos sencillos para caminar o ir en bici. Muchos discurren entre cereal, con los Montes de Vitoria al fondo y el Gorbea más lejos, hacia el norte.
Una de las rutas que suele mencionarse en la zona conecta Trespuentes con varios pueblos cercanos atravesando pequeños barrancos de caliza donde a veces se ven buitres planeando. No es terreno complicado, pero conviene llevar calzado con suela firme: después de varios días de lluvia el barro se pega bien a las botas.
Desde el entorno de Iruña‑Veleia también salen senderos que suben suavemente hacia zonas más altas del valle. Desde arriba se entiende mejor el paisaje: parcelas grandes, pueblos compactos y carreteras rectas que cruzan la llanada.
Fiestas de pueblo
Cada localidad del municipio mantiene sus propias fiestas, repartidas a lo largo del año. En verano las plazas se llenan de mesas largas, música de charanga y cuadrillas que se conocen de toda la vida. Los niños corren entre los bancos mientras los mayores alargan la sobremesa.
En algunos pueblos también se conservan romerías a ermitas cercanas, con comida al aire libre y paseos colectivos por los caminos. Son celebraciones muy locales; si coincides con alguna, lo normal es encontrarte con más vecinos que visitantes.
Cuándo ir y qué tener en cuenta
La primavera y el inicio del verano son buenos momentos para recorrer Iruña de Oca caminando. Los campos están verdes y el valle todavía no tiene el calor seco de julio o agosto.
Incluso en días soleados conviene llevar una chaqueta ligera. El viento del norte aparece sin avisar y refresca rápido, sobre todo al caer la tarde.
Si vienes en fin de semana puede haber más movimiento en el entorno del yacimiento romano y en los pueblos cercanos a Vitoria‑Gasteiz, que está a pocos minutos en coche. Entre semana el ambiente vuelve a ser tranquilo, con ese ritmo pausado de los lugares donde la vida diaria sigue girando alrededor del campo y de los horarios del pueblo.
Cuando el sol baja detrás de las sierras cercanas, la llanada se queda en silencio. Desde algunos caminos todavía se oyen las campanas de los pueblos, el paso del agua por el Zadorra y poco más. Es un paisaje discreto, de los que se entienden mejor caminando despacio.