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sobre San Millán/Donemiliaga
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El viento de la llanada te canta en los oídos desde que aparcas. Es un viento distinto al de la costa: más seco, con olor a tierra labrada y a encina calentada por el sol. En San Millán / Donemiliaga, en plena Llanada Alavesa, apenas viven unas setecientas personas repartidas en pequeños pueblos. El municipio no es un núcleo compacto: son varios concejos separados por campos de cereal, carreteras estrechas y alguna iglesia que aparece sola en mitad del paisaje.
Aquí la sensación de espacio es inmediata. Mires donde mires hay horizontes largos, con la sierra de Entzia cerrando el sur y, hacia el norte, las montañas más suaves que rodean Agurain.
Donde nace el Zadorra
A primera hora de la mañana el camino hacia las fuentes del Zadorra todavía conserva el rocío. El sendero se mete poco a poco en un pequeño bosque donde cambian los colores: del amarillo de los campos al verde oscuro de robles y hayas.
Los robles más viejos llaman la atención enseguida. Troncos gruesos, corteza abierta en placas, ramas que se retuercen hacia arriba. Algunos carteles explican que son árboles muy antiguos dentro del bosque, aunque la edad exacta suele variar según la fuente.
El nacimiento del río Zadorra es discreto. No hay grandes cascadas ni miradores espectaculares: el agua aparece entre piedras y musgo y empieza a reunirse en pequeños hilos que más adelante ya forman un arroyo claro. Si metes la mano, incluso en pleno verano, el agua está fría.
Este lugar está a pocos minutos en coche de varios de los pueblos del municipio, y suele ser una caminata corta y tranquila entre semana.
Iglesias y pueblos dispersos
San Millán / Donemiliaga no funciona como otros municipios. En lugar de un único pueblo grande hay varios concejos pequeños: Egilaz, Luzuriaga, Narbaiza, Munain, Okariz y unos cuantos más repartidos por la llanada.
Las iglesias suelen aparecer de repente, al girar una curva o al entrar en uno de estos núcleos. Construcciones sobrias, de piedra clara, con campanarios que sobresalen por encima de los tejados. Algunas tienen partes muy antiguas y otras se reformaron con el tiempo, algo bastante habitual en esta zona.
En Egilaz, por ejemplo, se encuentra uno de los dólmenes más conocidos de la Llanada Alavesa. Está a pocos pasos del pueblo, en un terreno abierto donde el viento corre sin obstáculos. No hay grandes infraestructuras alrededor, solo el monumento megalítico y el paisaje agrícola que lo rodea.
Caminos largos en una llanura abierta
La llanada engaña: parece completamente plana desde la carretera, pero cuando empiezas a caminar aparecen pequeñas ondulaciones, caminos agrícolas y manchas de bosque.
Por el municipio pasan varios itinerarios señalizados. Uno de ellos sigue el Camino Ignaciano, la ruta que recuerda el viaje de Ignacio de Loyola hacia Cataluña. También hay tramos del antiguo Camino de Postas, que durante siglos conectó el interior de la península con el País Vasco.
En esta parte de Álava se ha señalizado además una red amplia de recorridos para nordic walking, repartidos por toda la Llanada. Los fines de semana es fácil cruzarse con grupos caminando con bastones, aunque entre semana el ambiente suele ser muy tranquilo.
Las horas duras de la llanada
A las tres de la tarde en verano la llanada se vuelve áspera. El sol cae directo sobre los campos y en muchos pueblos apenas hay árboles en las plazas. El calor se queda pegado a la grava de las calles y al yeso de las fachadas.
Es buena hora para buscar algo de sombra en los bordes del pueblo o simplemente esperar. Hacia el final de la tarde la luz cambia y los campos de cereal —cuando aún están en pie— se vuelven dorados. Desde los puntos algo más elevados se ven kilómetros de terreno abierto hasta perder la vista.
Y sobre todo aparece el silencio: un tractor lejano, algún perro que ladra, el viento pasando por las espigas secas.
Cuándo ir y qué tener en cuenta
La primavera y el inicio del verano suelen ser los momentos más agradecidos. Los campos están verdes y los caminos no levantan tanto polvo. En otoño el paisaje se vuelve más apagado, pero los robledales del entorno ganan color.
En verano conviene evitar las horas centrales del día si vas a caminar por la llanada: hay pocos árboles y el calor se nota. Llevar agua es básico, porque entre pueblos las distancias parecen cortas en el mapa pero a pie se alargan.
El alojamiento dentro del municipio es limitado y muchos viajeros se quedan en Agurain o Vitoria-Gasteiz, que están relativamente cerca en coche.
San Millán / Donemiliaga no suele aparecer en las rutas rápidas por Álava. Precisamente por eso mantiene ese ritmo tranquilo de los lugares donde el viento, los campos y los caminos siguen marcando el paso del día.