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sobre Mallabia (Mallavia)
Valles y caseríos a un paso de Bilbao, con mucha vida local.
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Me pasó una cosa curiosa la primera vez que paré en Mallabia. Venía de carretera, con prisa, pensando que sería uno de esos pueblos que cruzas en dos minutos y ya está. Aparqué, di una vuelta corta… y acabé quedándome bastante más de lo previsto.
El turismo en Mallabia no va de grandes fotos ni de monumentos que llenen Instagram. Va más bien de caminar un rato, mirar alrededor y entender cómo se vive aquí arriba, entre caseríos sueltos y prados que parecen no acabarse nunca.
Un paseo directo a la historia familiar
El núcleo del pueblo gira alrededor de la iglesia de San Pedro. Es un edificio sobrio, de los que no llaman la atención desde lejos. Pero cuando te acercas notas que lleva mucho tiempo ahí, viendo pasar generaciones.
Alrededor aparecen varias casas con escudos en la fachada. Son detalles pequeños, pero cuentan bastante sobre el pasado del lugar. Familias que llevan siglos asentadas en estas laderas.
El centro se recorre rápido. En media hora lo tienes visto si vas sin prisa. Lo interesante empieza cuando sales un poco de ese núcleo y te metes en los caminos que conectan los caseríos.
Ahí el paisaje cambia. Praderas abiertas, manchas de bosque y algún caserío aislado que parece puesto en el sitio justo. Según la época del año, verás más robles o hayas. En invierno todo queda más desnudo; en verano, la sombra se agradece.
Y sí, todavía se ven rebaños de oveja latxa pastando por aquí.
Cómo moverse por los caminos de alrededor
Mallabia se entiende mejor caminando. También hay quien lo recorre en bici, aunque algunas cuestas se hacen notar.
Los caminos rurales conectan con otros puntos del Duranguesado. No son rutas técnicas ni complicadas, pero conviene venir con calzado decente. Cuando llueve —que aquí pasa a menudo— el barro aparece rápido.
De vez en cuando te cruzarás con ovejas o con perros que vigilan el rebaño. Suelen estar a lo suyo, pero es buena idea pasar tranquilo y sin invadir demasiado el terreno.
Otra cosa que se nota enseguida: muchas fincas están bien delimitadas. Cercas, prados cerrados, accesos claros. Es un paisaje trabajado y sigue siendo el medio de vida de mucha gente. Mejor no salirse de los caminos.
Fiestas que siguen siendo del pueblo
Las fiestas principales giran en torno a San Pedro, hacia finales de junio. No es el tipo de celebración pensada para atraer multitudes. Es más bien lo contrario.
Son días en los que el pueblo se junta, salen las cuadrillas y se mantienen algunas costumbres de siempre. Si caes por allí en esas fechas, verás que el ambiente es más de vecinos que de visitantes.
En febrero también suele escucharse el canto de Santa Águeda. Grupos que recorren caseríos y calles cantando coplas tradicionales. Es una escena sencilla, pero dice mucho del lugar.
Cuándo venir y cómo encajarlo en una ruta
Mallabia cambia bastante según el tiempo. Después de varios días de lluvia los caminos pueden estar resbaladizos, así que conviene venir preparado.
Los días nublados, que en Bizkaia son frecuentes, le sientan bien al paisaje. Todo se vuelve más verde y más silencioso. En verano, si aprieta el calor, lo mejor es caminar a primera hora o al final de la tarde. Las cuestas cortas se notan más de lo que parece en el mapa.
Mi consejo con Mallabia es sencillo: no vengas solo por Mallabia. Métele un par de horas dentro de una ruta por el Duranguesado. Paras, caminas un poco, te asomas a los caminos entre caseríos y sigues.
Si vas justo de tiempo, basta con recorrer el entorno de la iglesia y bajar por algún camino cercano hacia el valle del Momeñe. Enseguida entiendes cómo está organizado el pueblo y por qué las casas aparecen tan dispersas.
Es ese tipo de sitio que no presume de nada. Pero cuando te vas, te das cuenta de que has estado más rato del que pensabas. Y eso ya dice bastante.