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sobre Oion (Oyón)
Viñedos, bodegas y pueblos de piedra entre colinas suaves.
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Oion es de esos sitios que te pillan un poco a traición. Vas por la A‑124 pensando más en llegar a Logroño que en parar por el camino y, de repente, el paisaje se abre en un valle de viñedos y aparece el pueblo agarrado a una ladera. Frenas, miras alrededor y te preguntas si te has desviado sin darte cuenta. Pero no: sigues en Álava.
Lo primero que sorprende es que, siendo un pueblo relativamente pequeño, funciona como centro administrativo de la Rioja Alavesa. Es una de esas contradicciones curiosas: parece un sitio tranquilo, casi de paso, y sin embargo aquí se mueve buena parte del papeleo y los servicios de la comarca. Sabes que estás en un lugar con oficio cuando ves más coches con pegatinas de bodegas que turísticos.
El pueblo que se comió a sus vecinos
Hay una broma local: que Oion terminó “engullendo” a los pueblos de alrededor. La gracia viene de que el municipio incorporó en su día a Barriobusto y Labraza —algo que ocurrió en los años setenta— y el término municipal creció bastante de golpe. Es como ese amigo que siempre acaba organizando los planes.
El asentamiento lleva aquí mucho tiempo, desde al menos el siglo XII. Pero su historia no es la típica de castillos y batallas épicas; es más bien la del trabajo con la tierra. La explicación económica es sencilla cuando miras el mapa: alrededor del casco urbano hay kilómetros y kilómetros de viñedo. El vino no es algo decorativo aquí; es lo que marca el ritmo del año, desde la poda hasta la vendimia.
Subir al cerro (y bajar con hambre)
El Cerro de la Mota es el típico alto al que subes por curiosidad y acabas quedándote un rato más del que pensabas. No esperes vistas espectaculares de montaña; esto es otra cosa. Desde arriba ves el pueblo entero, con las calles bajando hacia el valle como si alguien las hubiera tirado desde lo alto, y alrededor solo viñedos ordenados en cuadrícula. Si el día está despejado, incluso se intuye Logroño como una mancha gris a lo lejos.
La subida desde el centro son unos veinte minutos caminando con calma. Nada de excursión épica. Más bien un paseo para estirar las piernas antes de sentarte a comer, algo que en esta zona se toma bastante en serio.
Cuando el pueblo se revoluciona (enero manda)
Las fiestas de San Vicente y San Anastasio, en enero, son uno de esos momentos en que Oion cambia completamente de ritmo. Aparecen los danzadores con castañuelas —una tradición que no parece un show para turistas—, el toro de fuego corre por las calles al anochecer y el personaje del Katxi vuelve a hacer de las suyas.
El Katxi ya aparece mencionado en documentos del siglo XVII. Es una figura festiva bastante particular y una de esas cosas que solo entiendes del todo cuando lo ves en directo entre la gente del pueblo.
En verano también hay celebraciones, con ambiente más relajado y mejor tiempo. Pero enero tiene ese punto de fiesta invernal donde todo el mundo sale a la calle aunque haga un frío que pela.
Cómo recorrer Oion sin complicarte demasiado
Oion se ve fácil. De verdad. Llegas por la mañana, aparcas sin problema (normalmente encuentras sitio) y te mueves andando sin pensar mucho en el mapa.
La calle Mayor concentra buena parte del casco histórico, y la torre de la iglesia —con esa veleta puntiaguda— sirve de referencia desde varios puntos. Entre cuestas, plazas pequeñas y casas sólidas de piedra, en menos de una hora te haces una idea.
Y no pasa nada si tu paseo dura poco. Oion funciona mejor cuando no vas con prisa: das una vuelta, miras el paisaje desde arriba, comes tranquilo (la oferta suele ser sólida) y te quedas un rato viendo cómo cambia la luz sobre los viñedos. A veces eso es todo lo que hace falta. Con una caminata corta y una copa del vino que has estado viendo crecer todo el día desde las alturas, el plan ya está hecho