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sobre Portugalete
Valles y caseríos a un paso de Bilbao, con mucha vida local.
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A las ocho de la mañana, la niebla de la ría suele quedarse colgada sobre Portugalete como una gasa húmeda. Desde el muelle se oye primero el traqueteo metálico del puente Bizkaia y luego aparece la silueta de hierro entre la bruma. Ese esqueleto que une las dos orillas desde finales del siglo XIX sigue moviéndose con una calma casi mecánica, subiendo y bajando la barquilla sobre el agua oscura de la ría.
Quien llega a hacer turismo en Portugalete casi siempre termina aquí, mirando cómo el transbordador cruza de una orilla a otra. El trayecto dura poco, apenas un par de minutos, pero el viento de la desembocadura del Nervión entra de lado y te pega la ropa al cuerpo. Debajo pasan barcos, remolcadores, alguna trainera entrenando río arriba. Arriba, el hierro cruje como si todavía estuviera estrenándose.
El hierro que fundó un pueblo
La villa nació mirando al puerto. Doña María Díaz de Haro otorgó la Carta Puebla en 1322, cuando este tramo de la ría era un punto estratégico para el comercio que subía desde el Cantábrico. Aquí encontraban abrigo los barcos que traían sal, hierro y otras mercancías hacia el interior.
El casco viejo conserva bastante bien esa lógica portuaria. Las calles suben desde el muelle hacia la colina en pendientes cortas y algo irregulares, con soportales de madera que todavía protegen de la lluvia cuando el viento entra desde el Abra. No son calles para caminar deprisa: hay tramos empedrados, pequeños escalones, giros inesperados entre casas que parecen apoyarse unas en otras.
En la plaza de Santa María, la basílica levanta su torre cuadrada desde el siglo XV. En el pórtico de piedra hay figuras talladas que pasan desapercibidas si no te acercas: animales, hojas, algún rostro gastado por siglos de salitre. Dentro huele a cera vieja y a humedad de piedra. A mediodía, cuando suenan las campanas, el eco rebota en las fachadas bajas de la plaza, pintadas en tonos ocres, rosados y algún azul ya muy lavado por el tiempo.
El puente que cambió la ría
El puente Bizkaia nació como una solución práctica para una ría llena de tráfico marítimo. A finales del siglo XIX se necesitaba cruzar de una orilla a otra sin levantar un puente que obligara a parar los barcos. La respuesta fue este transbordador metálico diseñado por el ingeniero Alberto de Palacio.
Desde abajo impresiona por la escala: las torres de hierro remachado se levantan como si fueran andamios gigantes, y entre ellas corre la pasarela superior. La barquilla —la plataforma que transporta coches y peatones— sigue deslizándose colgada de cables, igual que cuando empezó a funcionar.
Si subes arriba, la ría se abre entera bajo los pies. A un lado queda Portugalete con sus tejados apretados en la ladera; al otro, Getxo y sus barrios más abiertos hacia el mar. Cuando el día está claro se distingue el Abra y la línea del Cantábrico. Conviene saber que arriba el viento pega fuerte casi todo el año, incluso en días tranquilos.
Barras, conversación y el ritmo del mediodía
Hacia las doce del mediodía el ambiente cambia en las calles cercanas al casco viejo. Las barras empiezan a llenarse y se oye el tintinear de vasos y platos pequeños. No hace falta demasiada ceremonia: anchoas, tortilla de bacalao, algo de pescado o marisco cuando hay temporada. Cosas sencillas, de barra y charla.
En muchas mesas se mezclan castellano y euskera en la misma conversación. El idioma cambia sin avisar, igual que el tema: fútbol, mareas, política local. A esa hora la ría entra por las ventanas abiertas con olor salado y un poco de gasóleo de los barcos que siguen subiendo y bajando.
Pasear la ría cuando baja la marea
Por la tarde, cuando la marea se retira, quedan al descubierto las piedras oscuras de las orillas y el agua baja más lenta. Es buen momento para caminar por el muelle o seguir el paseo junto a la ría mientras cae la luz.
Si te apetece ver mar abierto, desde Portugalete se llega en pocos minutos al Abra y a las playas de la zona. En verano se llenan bastante, sobre todo los fines de semana cuando llega gente de Bilbao y de otros puntos del Gran Bilbao.
Un consejo sencillo: si quieres ver el casco viejo con algo de calma, ven temprano por la mañana o a última hora de la tarde. A mediodía y en pleno verano la zona del puente concentra bastante movimiento, sobre todo alrededor del transbordador. Aun así, basta alejarse dos calles cuesta arriba para volver a escuchar lo de siempre: pasos sobre el empedrado, alguna persiana que se abre y, de fondo, el ruido constante del hierro moviéndose sobre la ría.