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sobre Lapuebla de Labarca
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A las siete de la mañana, Lapuebla de Labarca todavía suena hueca. Alguna persiana se levanta con un golpe seco y, desde la iglesia de la Asunción, las campanas dejan caer un sonido breve que rebota entre las casas. La piedra de los muros, algo oscura, guarda el frío de la noche incluso cuando el sol ya empieza a tocar las fachadas.
La iglesia domina una de las calles principales del pueblo. Es un edificio del siglo XVI, de líneas sobrias, con un campanario que se ve desde casi cualquier esquina. Si te acercas despacio se notan los bordes gastados de la piedra y pequeñas marcas en los sillares, como cicatrices que han ido dejando los años. A primera hora suele estar todo tranquilo alrededor; más tarde el tráfico agrícola empieza a moverse por las calles que bajan hacia el río.
Viñas alrededor del pueblo
En cuanto sales unos metros de las últimas casas, Lapuebla de Labarca queda rodeada por viñedo. Las parcelas se extienden en pequeñas ondulaciones y, al fondo, la Sierra de Cantabria levanta una línea oscura que cambia de color según avanza el día.
Después de una lluvia corta, el suelo arcilloso huele con fuerza. En verano las hojas dan sombra a los racimos y el aire caliente trae ese olor dulce de la uva madura. Cuando llega la vendimia —normalmente entre septiembre y octubre— el ritmo del pueblo cambia: tractores entrando y saliendo, remolques cargados, manchas de mosto en el asfalto.
Varias bodegas de la zona organizan visitas. Conviene informarse antes de ir porque no todas abren todos los días y, durante la vendimia, muchas están más pendientes del trabajo que de recibir gente.
Caminos entre cepas y la silueta de la sierra
Desde Lapuebla de Labarca salen varios caminos agrícolas que cruzan las viñas hacia los pueblos cercanos de Rioja Alavesa. Son pistas de tierra fáciles de seguir a pie o en bici, con subidas suaves que van ganando altura poco a poco.
Pedaleando un rato aparecen buenas vistas del valle del Ebro y de los pueblos cercanos, con los campanarios sobresaliendo entre tejados rojizos. En días despejados la sierra se ve muy nítida; en invierno, a veces, con algo de nieve en las cumbres.
Si vienes en verano, mejor salir temprano o al final de la tarde. El sol cae de lleno sobre las lomas y apenas hay sombra entre las filas de viñas. Llevar agua parece una obviedad, pero aquí se nota.
Comida ligada al campo
La cocina local sigue muy pegada a lo que se produce alrededor. La carne a la brasa hecha con sarmiento —la madera seca de la vid— deja un aroma particular, algo dulce y ahumado. También aparecen guisos sencillos y verduras asadas con aceite y sal, sin demasiadas vueltas.
El vino está presente en casi cualquier comida. Al fin y al cabo, el paisaje que rodea Lapuebla de Labarca entra en la mesa de una forma bastante directa.
Fiestas que siguen el ritmo del año
Las fiestas patronales en honor a la Asunción suelen celebrarse en agosto, cuando el calor aprieta y las noches se alargan en la plaza. Hay actos populares, música y las procesiones habituales de muchos pueblos de la zona.
A finales de junio, la noche de San Juan se celebra con hogueras. Y cuando llega la vendimia, aunque no sea una fiesta formal, el ambiente cambia: más movimiento en las calles, olor a uva recién cortada y jornadas largas en el campo.
Cuándo acercarse
Lapuebla de Labarca se disfruta más con tiempo y a horas tranquilas. Por la mañana temprano las calles están casi vacías y se oye el eco de los pasos sobre el suelo irregular.
Final de verano y otoño suelen ser buenos momentos para acercarse: las viñas están cargadas o empiezan a cambiar de color, del verde al rojo y al ocre. En pleno agosto, en cambio, el calor puede ser duro a mitad del día y el campo se queda bastante silencioso hasta que cae la tarde.
No hace falta organizar demasiado la visita. Basta con caminar sin prisa por las calles del pueblo y salir luego hacia los caminos de viña. Con eso ya se entiende bastante bien el lugar.