Artículo completo
sobre Moreda de Álava
Ocultar artículo Leer artículo completo
Moreda de Álava es de esos pueblos que te encuentras casi por casualidad cuando cruzas la Rioja Alavesa en coche. Vas entre viñedos, giras una curva y aparece el caserío compacto, con las casas de piedra apretadas unas contra otras como si llevaran siglos protegiéndose del viento. Parar aquí no es como llegar a un gran destino turístico; es más bien como hacer una pausa en mitad del paisaje.
En un municipio de poco más de doscientas personas todo se recorre en un paseo corto. Calles estrechas, portones de madera que parecen llevar toda la vida ahí y ese silencio que solo rompen un coche pasando despacio o algún tractor que vuelve del campo.
La iglesia que marca el centro del pueblo
Lo primero que suele llamar la atención al caminar por el casco urbano es la Iglesia de la Asunción. Es un templo sobrio, de piedra, de esos que no necesitan demasiados adornos para imponerse en la plaza. La estructura actual suele situarse en el siglo XVI, aunque como pasa en muchos pueblos de la zona, seguramente se levantó sobre construcciones anteriores.
Si la encuentras abierta, entra un momento. No esperes grandes tesoros artísticos ni visitas guiadas, pero sí ese silencio típico de las iglesias de pueblo entre semana, cuando parece que el tiempo va un poco más despacio.
Pasear por las calles: fijarse en los detalles
Moreda no tiene museos ni grandes espacios expositivos, así que el truco aquí es caminar despacio y mirar las fachadas. Muchas casas conservan elementos antiguos: rejas de hierro, escudos en la piedra, portones anchos pensados para carros.
Es el tipo de pueblo donde los detalles cuentan más que los monumentos. Una esquina bien trabajada en sillería, una ventana pequeña protegida con barrotes o una bodega escondida tras una puerta discreta.
Los calados: el mundo bajo tierra
Si hay algo muy ligado a Moreda son los calados, esas galerías subterráneas excavadas bajo el pueblo que durante generaciones se usaron para elaborar y guardar vino.
No todos se pueden visitar. Muchos siguen siendo privados o solo se abren en ocasiones concretas, algo bastante habitual en la Rioja Alavesa. Aun así, saber que bajo tus pies hay túneles excavados en la roca le da otra dimensión al paseo por el casco urbano.
Dentro la temperatura suele mantenerse bastante estable, lo que permitía conservar el vino sin necesidad de tecnología moderna. Era una solución práctica que aquí se repite pueblo tras pueblo.
El paisaje alrededor: viñedo en todas direcciones
Sales del casco urbano y el paisaje cambia rápido: lomas suaves cubiertas de viñedo que se extienden hacia el valle del Ebro. Al fondo aparece la Sierra de Cantabria, que funciona casi como un muro natural protegiendo la comarca.
Si te gusta caminar, hay muchos caminos agrícolas entre parcelas. Algunos son cómodos y otros, después de lluvia, se llenan de barro. Nada dramático, pero conviene venir con calzado decente si no quieres acabar patinando como en una pista improvisada.
A primera hora de la mañana o al caer la tarde la luz aquí cambia bastante el paisaje. Las filas de viñas proyectan sombras largas y el color de las uvas empieza a destacar mucho más que a pleno sol.
Fiestas y calendario agrícola
La vida del pueblo sigue bastante marcada por el ritmo del campo. La festividad de la Asunción, a mediados de agosto, suele reunir a vecinos y gente que vuelve al pueblo esos días. Hay actos religiosos y ambiente en las calles, como ocurre en muchas localidades pequeñas.
Y luego está la vendimia, que normalmente llega en septiembre dependiendo del año. No es un espectáculo organizado para turistas; es más bien trabajo en el viñedo y movimiento en las bodegas.
También se mantiene la tradición de San Blas a comienzos de febrero, con costumbres vinculadas a la protección de las cosechas, algo muy arraigado en zonas agrícolas.
Un paseo rápido (y suficiente)
Si llegas con poco tiempo, mi consejo es sencillo: deja el coche en alguna zona donde no molestes y recorre el pueblo sin mapa. En menos de una hora habrás visto lo esencial.
Da un par de vueltas por las calles principales, fíjate en las casas antiguas y luego acércate a las afueras para ver el mar de viñas que rodea el pueblo. Es un plan corto, pero funciona.
Moreda no intenta competir con los pueblos más visitados de la Rioja Alavesa. Es más bien una parada tranquila en medio del viñedo, uno de esos sitios donde entiendes que aquí el protagonista siempre ha sido el vino y la tierra que lo hace posible.