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sobre Yécora/Iekora
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A las diez de la mañana la calle Mayor de Yécora ya tiene sol. La luz cae recta sobre la piedra y marca las juntas del muro como si alguien hubiera pasado un lápiz por cada grieta. No hay mucho ruido. Algún coche atraviesa despacio el centro y, de vez en cuando, se oye el chirrido de una puerta de madera que se abre hacia un patio interior.
El turismo en Yécora Iekora empieza casi siempre así, caminando sin prisa por un pueblo pequeño de la Rioja Alavesa donde todo queda cerca. Alrededor se extienden viñas y parcelas de cereal que cambian de color según la estación. En días claros, el aire trae ese olor seco de la tierra removida que se nota mucho al final del verano.
Un núcleo compacto, hecho de piedra y sombra
El casco es pequeño. Calles estrechas, muros gruesos de piedra y portales que a veces dejan ver patios interiores con herramientas apoyadas en la pared. No es un sitio de grandes edificios, pero sí de detalles: aleros de madera oscurecida por el tiempo, rejas pesadas, alguna ventana con el marco gastado por décadas de sol y lluvia.
En el centro aparece la iglesia de San Millán. Su volumen domina el perfil del pueblo. La torre se ve desde casi cualquier esquina. La puerta suele estar cerrada entre semana, algo bastante común en pueblos pequeños, pero el exterior deja ver bien la sillería y algunos relieves discretos en la fachada.
La plaza es sencilla. Una fuente de piedra, bancos y el ir y venir de vecinos que se conocen entre sí. Si te sientas un rato, verás ese movimiento mínimo de los pueblos que siguen funcionando: alguien carga el coche, otro cruza con una bolsa de pan, una conversación corta junto a una puerta.
Los caminos que salen del pueblo
Basta salir unos minutos del casco urbano para encontrarse con los caminos agrícolas. Son pistas de tierra que usan tractores y, a veces, ciclistas que cruzan la comarca. Desde pequeñas lomas cercanas se entiende bien cómo se organiza el paisaje: filas rectas de viñas, parcelas doradas de cereal y algún almendro suelto.
En época de vendimia el ambiente cambia un poco. Se ven remolques cargados de uva y más movimiento en los caminos. No hace falta saber mucho de vino para reconocer que la viña marca el ritmo de esta zona.
La luz también cambia mucho según la estación. En otoño los viñedos toman tonos rojizos y ocres. En primavera el verde aparece de golpe después de las lluvias.
Cuándo venir y qué tener en cuenta
Primavera y otoño suelen ser los momentos más agradables para caminar por los alrededores. La temperatura permite recorrer los caminos sin demasiada exposición al sol.
En verano el calor aprieta al mediodía. Conviene salir temprano o esperar a última hora de la tarde, cuando la sombra vuelve a las calles y la piedra desprende el calor acumulado. En invierno el viento puede bajar desde la sierra cercana y hacer que el paseo resulte más frío de lo que parece en el mapa.
El pueblo se recorre en poco tiempo. Aun así merece la pena alargar el paseo hacia los caminos que salen entre las viñas. Llevar agua y calzado cómodo ayuda, sobre todo si el terreno está húmedo después de lluvias.
Cómo llegar
Yécora queda en la Rioja Alavesa, entre pueblos vitícolas y carreteras comarcales que serpentean entre campos. Lo habitual es llegar en coche desde Logroño o desde Vitoria‑Gasteiz. Las carreteras son tranquilas y atraviesan un paisaje muy abierto.
Conviene revisar el mapa antes de salir. La señalización existe, pero en algunos cruces es fácil pasar de largo si uno va distraído mirando las viñas.
Yécora no es un lugar de grandes planes. Más bien funciona como una pausa breve en mitad de la comarca: un paseo por calles de piedra, algo de viento que baja del campo y la sensación de que el día aquí transcurre un poco más despacio.