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sobre Asteasu
Verde intenso, caseríos y montañas cercanas con rutas y miradores.
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Te lo voy a contar así: Asteasu es como ese pueblo del que tus padres hablan cuando dicen “aquí se vive bien”. Vas pensando que exageran un poco y, cuando llegas, entiendes a qué se referían. No es el típico sitio de foto rápida y autobús de excursión. Es más bien un pueblo de ritmo tranquilo, unas 1.500 personas, caseríos alrededor y un monte cerca que muchos usan casi como si fuera el gimnasio del barrio.
El pueblo que se coló en una novela
Hay un detalle curioso: el escritor Bernardo Atxaga tomó esta zona como una de las inspiraciones para el universo de Obabakoak. Cuando paseas por el valle se entiende bastante bien. No hace falta mucha imaginación para pensar que de aquí pueden salir historias.
El núcleo se agrupa alrededor de la iglesia de San Pedro, en la zona de Elizmendi. Está en alto, vigilando el pueblo como llevan haciendo muchas iglesias vascas desde hace siglos. Tiene un detalle muy de aquí: uno de sus muros funciona como frontón. Es el tipo de solución práctica que aparece en los pueblos donde el espacio se aprovecha para todo. Un día hay misa, otro día hay partido de pelota.
Alrededor, los caseríos aparecen dispersos por las laderas, como si cada familia hubiera elegido su trozo de verde y ahí se hubiera quedado.
Subir al Hernio sin morir en el intento
Si preguntas por rutas, tarde o temprano saldrá el nombre del Hernio. Es una de esas montañas que los guipuzcoanos tienen muy presentes. Desde la zona de Zelatun hay una subida bastante conocida.
No es una caminata técnica, pero tampoco es el paseo que algunos imaginan. El tramo que suele arrancar cerca del caserío de Iturriotz se hace corto en el mapa y algo más largo en las piernas. El típico plan de domingo en el que empiezas charlando y acabas respirando hondo en silencio.
Arriba, eso sí, el paisaje se abre bastante: valles verdes, montes encadenados y la sensación de estar en medio de Gipuzkoa sin ver casi nada que rompa el paisaje.
Consejo de amigo: lleva agua y calzado decente. Más de una vez he visto a gente empezar la subida como si fuera un paseo corto y acordarse de ello a mitad de camino.
Lo de comer… aquí se va a lo sencillo
En Asteasu, como en muchos pueblos de Tolosaldea, la comida suele ir por lo directo: producto local y platos que no necesitan demasiadas vueltas.
Es fácil encontrarse con queso de la zona, embutidos, pimientos del país o pastel vasco en alguna sobremesa. Nada especialmente sofisticado, pero de esas cosas que recuerdan a comida de casa. Ese tipo de platos que no necesitan explicación porque todo el mundo aquí los ha comido desde pequeño.
Si vienes de fuera, probablemente notarás lo mismo que me pasa a mí cuando paro por esta zona: comes más de lo que pensabas y luego toca caminar un rato para equilibrar.
Cuando el pueblo se anima
Durante buena parte del año Asteasu es tranquilo. Pero cuando llegan las fiestas el ambiente cambia bastante.
San Blas suele ser uno de esos momentos en los que el pueblo se junta en la calle aunque haga frío. Más adelante, con las fiestas de San Pedro, el ambiente se vuelve bastante más animado durante unos días: música, cuadrillas y gente que vuelve al pueblo a pasar el fin de semana.
También hay jornadas ligadas a la zona de Andazarrate y otras actividades populares que suelen mezclar deporte, comida y música. Lo típico en muchos pueblos vascos: excusa sencilla para reunirse.
El arte de perderse por Elizmendi
Una de las mejores formas de entender Asteasu es simplemente caminar sin prisa por Elizmendi y los caminos cercanos.
Hay pequeños senderos que conectan caseríos, huertas y prados. No son rutas épicas ni largas travesías, más bien paseos tranquilos donde de repente aparece una casa antigua, un muro de piedra o un huerto bien cuidado.
En la plaza hay una escultura dedicada a Pello Errota, uno de los bertsolaris más conocidos de la zona. Si no estás muy metido en la cultura vasca, un bertsolari vendría a ser alguien capaz de improvisar versos cantados delante de la gente. Algo así como rap improvisado, pero con mucha más tradición y normalmente con bastantes abuelos atentos al público.
Cerca también aparece representada la trikitixa, ese acordeón pequeño que suena en muchas fiestas del País Vasco. Dos pistas bastante claras de que aquí la música y la palabra tienen peso.
¿Merece la pena acercarse a Asteasu? Depende de lo que busques. Si esperas calles llenas de tiendas y gente haciendo cola para hacerse fotos, este no es ese lugar.
Pero si te gusta ver pueblos que siguen funcionando como pueblos —gente que se conoce, montes cerca y bares donde las conversaciones van largas— Asteasu tiene bastante sentido.
Mi consejo: acércate sin prisa. Da un paseo por el núcleo, mira el frontón junto a la iglesia y, si tienes ganas de caminar, tira hacia el Hernio o hacia los caminos que salen del pueblo. A veces lo mejor de sitios así no es lo que ves, sino el rato tranquilo que te llevas.