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sobre Villabona-Amasa (Villabona)
Verde intenso, caseríos y montañas cercanas con rutas y miradores.
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El rebote no es un juego cualquiera. En la plaza del mismo nombre, en el centro de Villabona Amasa, la pelota se lanza contra el muro lateral de la iglesia con una naturalidad que sorprende. La pared de piedra hace de frontón improvisado y las ventanas, protegidas con rejas de madera, miran a la plaza como si llevaran siglos acostumbradas a ese sonido seco de la pelota. Aquí muchas costumbres no se guardan en vitrinas: siguen ocurriendo en la calle.
Dos nombres para un mismo pueblo
Villabona y Amasa fueron durante mucho tiempo dos núcleos diferenciados. Amasa ocupaba la parte alta, donde la tierra permitía cultivar y levantar caseríos dispersos. Villabona, en cambio, creció abajo, junto al río Oria, en un punto de paso natural entre el interior de Gipuzkoa y la costa.
La documentación antigua menciona a ambas comunidades desde la Edad Media, a veces separadas y otras ya vinculadas. Con el tiempo acabaron funcionando como una sola localidad, aunque la diferencia entre la parte baja y el barrio alto sigue siendo muy clara cuando se camina por el municipio.
El puente de Zubimusu, camino de Zizurkil, recuerda la importancia de ese paso sobre el Oria. Lleva siglos permitiendo cruzar el río en este tramo del valle. No es un puente monumental, pero ayuda a entender por qué este lugar terminó concentrando actividad y población.
La piedra que mira al valle
La iglesia de San Martín de Tours preside la plaza del Rebote. Su construcción se sitúa entre los siglos XVI y XVII, con reformas posteriores que introdujeron elementos barrocos en la fachada. No es un templo especialmente singular dentro del panorama guipuzcoano, pero su posición sí dice mucho: desde aquí se domina el valle del Oria y el antiguo camino que conectaba Tolosa con los pueblos del interior.
Frente a la iglesia, el ayuntamiento del siglo XIX cierra la plaza con una arquitectura sobria, propia de muchas casas consistoriales de la época.
La arquitectura popular aparece con más claridad en los caseríos que rodean el núcleo urbano. Son construcciones de mampostería y madera, con tejados amplios y portadas de granito donde a menudo se grabó el año de construcción. En uno de esos caseríos, conocido como Etxe Ondo, vivió el pintor Vicente Ameztoy. Su obra, muy ligada al paisaje y a la cultura vasca, tiene bastante que ver con este entorno de prados cerrados, montes cercanos y luz húmeda del valle.
Del agua al arte
Una de las transformaciones curiosas del pueblo está en una antigua cisterna construida en el siglo XX para el abastecimiento de agua. A comienzos de este siglo el edificio se reutilizó como espacio cultural. La estructura de hormigón se mantiene casi intacta, pero el interior acoge exposiciones, talleres y actividades que conectan el pueblo con la vida cultural de la comarca.
El río Oria sigue marcando el ritmo del territorio. Desde Amasa parten caminos que bajan hacia el valle y otros que se internan en las laderas cercanas. Algunos llevan a zonas de merenderos utilizadas por los vecinos, especialmente cuando llega la primavera y el ganado vuelve a los pastos. Tradicionalmente el cambio de estación se ha celebrado con comidas al aire libre y reuniones familiares.
Cómo moverse por aquí
Villabona-Amasa se entiende bien caminando. Desde la plaza del Rebote hasta el barrio de Amasa hay unos veinte minutos de subida tranquila por calles estrechas que todavía conservan tramos de empedrado. El cambio de altura permite ver cómo el valle del Oria se abre hacia Tolosa.
El casco urbano se recorre rápido. Una opción es desviarse por los caminos que bajan hacia el río. Allí las casas se espacian, aparecen huertas y pequeños prados, y el ruido del tráfico desaparece.
Al fondo del valle se levanta el monte Hernio, una referencia constante en esta parte de Gipuzkoa. La ascensión es habitual entre la gente de la zona y suele hacerse desde distintos puntos de la comarca. Desde la cima, cuando el día está despejado, se alcanza a ver buena parte del interior guipuzcoano.
En el centro del pueblo hay varios bares donde se mantiene la costumbre del pintxo y del txikiteo, ir tomando algo de un local a otro sin demasiada ceremonia. En otoño, alrededor de San Martín, el pueblo celebra sus fiestas, que combinan actos populares, pelota y reuniones en la calle. Aquí esas celebraciones siguen teniendo más de encuentro vecinal que de evento pensado para atraer gente de fuera.