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sobre Zizurkil (Cizúrquil)
Verde intenso, caseríos y montañas cercanas con rutas y miradores.
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Hay pueblos que funcionan como esas piezas de Lego que siempre acababan encajando en el sitio justo. Zizurkil es un poco así. Cuando hablas de turismo en Zizurkil, en realidad estás hablando de un municipio pequeño de Tolosaldea —no llega a los tres mil vecinos— repartido en dos barrios que parecen tener personalidades distintas. Arriba, Herrigunea, con los caseríos mirando al valle. Abajo, Elbarrena, más pegado a la carretera y a la actividad industrial.
La primera vez que pasé por aquí me dio la sensación de estar viendo dos versiones del mismo pueblo: una más rural y otra más práctica. Como esos hermanos que se parecen pero han salido con caracteres distintos.
El pueblo que se partió en dos
Llegué un sábado cerca del mediodía pensando que encontraría algo de movimiento. Error de cálculo. A esa hora, Elbarrena estaba tranquilo, de ese silencio que tienen muchos pueblos cuando la gente está en casa o ha salido a hacer recados.
Caminé un rato por la zona baja y lo que más llama la atención es la presencia de la fábrica textil, bastante grande para el tamaño del municipio. Alrededor han ido creciendo viviendas y calles que le dan un aire más de barrio trabajador que de postal rural.
La clave está en subir la cuesta.
Cuando llegas a Herrigunea entiendes mejor Zizurkil. Allí están el ayuntamiento, la iglesia y el pequeño núcleo que conserva más aspecto de pueblo tradicional. También es donde históricamente se reunía la gente y donde se celebraban actividades populares, incluido el arrastre de piedra, un deporte muy ligado a los caseríos de la zona.
La iglesia de San Millán y su atrio de madera
La iglesia de San Millán es uno de esos edificios que no necesitan llamar la atención para hacerse notar. Está en el centro del barrio alto y su torre se ve desde varios puntos del valle.
Lo más interesante es el atrio de madera que rodea parte del edificio. Data de finales del siglo XVII y está trabajado en roble, con esa madera oscura que ya ha visto pasar muchas generaciones. Cuando te acercas se nota el desgaste de los años y ese olor a madera vieja que tienen los edificios que siguen usándose.
Un vecino que pasaba me comentó que es uno de los atrios más conocidos de Gipuzkoa. Puede que tenga razón: no es algo que encuentres en cada pueblo.
Las ruinas de Atxolondo, un paseo corto desde el pueblo
Aquí viene la parte que más me gusta de Zizurkil.
A unos veinte minutos caminando desde el núcleo, siguiendo un sendero que baja hacia el barranco de Abalotz, aparecen las ruinas de la ferrería de Atxolondo. Funcionó ya en el siglo XV, cuando el hierro movía buena parte de la economía de estos valles.
El camino es sencillo y bastante bonito, con el río cerca casi todo el rato. Y de repente, entre árboles y piedra húmeda, aparecen los restos de la ferrería.
No es un sitio monumental ni espectacular. Son muros, piedras ennegrecidas y el sonido constante del agua. Pero tiene esa atmósfera de lugar antiguo que se entiende rápido: aquí hubo trabajo, ruido de martillos y gente viviendo de lo que sacaban del hierro.
Hoy queda más bien como un rincón tranquilo donde parar un rato.
Un monumento que cuenta otra parte del pueblo
En el municipio también está el monumento Baserriko Argia, dedicado a las mujeres del caserío. Es una escultura de acero de unos dos metros que recuerda algo bastante evidente para cualquiera que conozca el mundo rural: durante generaciones, muchas casas y explotaciones salieron adelante gracias a su trabajo.
No es un monumento monumental ni muy conocido, pero tiene sentido que esté aquí. Zizurkil sigue teniendo bastante relación con el caserío y con esa forma de vida más ligada al campo que a la postal turística.
La verdad sobre Zizurkil
Zizurkil no es un pueblo que aparezca en muchas listas de escapadas. Y quizá eso juega a su favor.
Si alguien viene buscando calles llenas de tiendas o un casco histórico grande, seguramente se quedará un poco frío. Aquí la vida va por otro lado: caseríos dispersos, gente que se conoce y un ritmo bastante tranquilo.
Yo lo vería más como una parada corta si estás por Tolosaldea. Subir a Herrigunea, acercarte a la iglesia, dar el paseo hasta Atxolondo y mirar el valle del Oria desde arriba.
En un par de horas te haces una buena idea del lugar. Y sales con esa sensación de haber pasado por un pueblo que sigue funcionando como pueblo, no como decorado. A veces eso vale más que cualquier lista de monumentos.