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sobre Ugao (Miravalles)
Valles y caseríos a un paso de Bilbao, con mucha vida local.
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Turismo en Ugao empieza temprano, cuando el pueblo todavía está medio en silencio y solo se oye el murmullo del Nervión bajando con agua oscura. Algunos días montan puestos en la plaza y entonces el aire huele a pan reciente y a verduras mojadas por la lluvia. Se oye euskera entre los cajones, conversaciones tranquilas, sin la prisa de las ciudades cercanas. Un hombre mayor cuenta las monedas despacio mientras un niño muerde algo recién frito que todavía quema.
Ugao —o Miravalles, como también aparece en muchos mapas— queda encajado en el valle, a pocos kilómetros de Bilbao, pero con otro ritmo. Aquí las montañas se cierran antes y la luz llega más tarde por la mañana.
El tiempo que se quedó en la estación
La estación sigue marcando uno de los bordes del pueblo. El edificio es sobrio, de otra época del ferrocarril, cuando el valle del Nervión era un pasillo de industria, mineral y mercancías que subían y bajaban hacia Bilbao. A ciertas horas se oye el tren antes de verlo, ese zumbido grave que rebota entre las laderas.
Desde aquí se puede caminar unos minutos hasta el puente de Usila. La estructura de piedra y hierro cruza el río con una calma que contrasta con el agua cuando baja crecida. En invierno el Nervión suele ir oscuro y rápido, y el sonido del agua golpeando los pilares se oye incluso desde el paseo.
Es un buen lugar para parar un momento y mirar el valle: casas bajas, huertas pequeñas y la línea del tren siguiendo el curso del río.
Cuando la guerra dejó sus cicatrices
En las laderas que rodean Ugao todavía quedan restos de posiciones defensivas vinculadas al Cinturón de Hierro que protegía Bilbao durante la Guerra Civil. No siempre son fáciles de reconocer: a veces parecen simples taludes de tierra o muros bajos cubiertos de musgo.
Si subes caminando hacia los barrios más altos, entre chalés y huertas, aparece uno de estos fortines. Desde sus aberturas el valle se abre entero: el río, el casco urbano apretado junto a la carretera y las montañas cerrando el horizonte.
Las mañanas con niebla son habituales. El pueblo desaparece bajo una capa blanca y solo sobresalen los tejados más altos. Cuando el sol levanta la bruma, el paisaje se ordena de golpe y se entiende bien la posición estratégica del lugar.
La iglesia que vio crecer al pueblo
La iglesia de San Bartolomé domina el casco antiguo desde una pequeña elevación. La tradición local sitúa el origen del pueblo en la carta de fundación otorgada en el siglo XIV, vinculada al infante Don Juan, y la iglesia ha ido creciendo y reformándose desde entonces.
Por dentro se nota el paso de los siglos: madera oscura, piedra fría y un retablo dorado cuyo brillo ya no es uniforme. Hay zonas donde el dorado se ha apagado y otras donde la restauración lo hace resplandecer más de la cuenta.
Desde el atrio se ve bien el centro de Ugao: calles cortas, casas pegadas unas a otras y el sonido constante de los coches que atraviesan el valle.
A finales de agosto se celebran las fiestas de San Bartolomé. El ambiente suele concentrarse alrededor de la plaza y el frontón, con comida en la calle y partidas de pelota antes o después de los actos religiosos. El olor a chorizo y a sidra acaba mezclándose con el incienso que sale por la puerta abierta de la iglesia.
Lo que se come en casa
Ugao no tiene un plato que aparezca en todas las guías. Aquí la cocina se parece más a la de muchas casas del interior de Bizkaia: guisos tranquilos, patatas, pimientos, huevos y pan para empujar.
La tortilla de patatas aparece en casi cualquier barra a media mañana. Suele salir jugosa, con cebolla bien hecha y trozos grandes que apenas se mantienen unidos cuando se cortan. A esa hora el pueblo ya está en marcha: gente que viene del tren, vecinos que paran un momento antes de seguir con el día.
Cuándo ir y qué conviene saber
Entre semana se entiende mejor el ritmo de Ugao. Por la tarde, cuando baja la luz por el valle, la plaza se llena de niños y el sonido de las conversaciones sale de los portales abiertos.
Los fines de semana de verano el ambiente cambia bastante porque llega gente de los alrededores. No es un lugar enorme y se nota rápido.
La lluvia es habitual durante buena parte del año. No suele caer con violencia, más bien se instala durante horas, fina y constante. Cuando para, el olor a tierra mojada sube desde las orillas del río y muchas chimeneas empiezan a echar humo.
En uno de los edificios municipales del centro hay un pequeño espacio dedicado a la historia local. Allí se conservan documentos curiosos sobre la vida del municipio, entre ellos el sistema tradicional con el que, según cuentan, se elegían algunos cargos: varios nombres dentro de un recipiente y la suerte decidiendo. La urna de madera todavía se guarda, con la tapa algo combada por el uso y los años.