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sobre Arrieta
Valles y caseríos a un paso de Bilbao, con mucha vida local.
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Las vacas suenan antes que los coches. Son las seis y media de la mañana, la luz todavía azulada, y el campanario de Arrieta repica tres veces contra el viento que baja de Sollube. Desde la ventana del caserío donde he dormido, veo cómo una mujer con delantal rojo saca la basura y un gato blanco la observa desde el muro sin perder la dignidad. El pueblo entero huele a leche recién ordeñada y a pan que aún no se ha hecho.
El monte que mira antes que tú
Sollube se alza detrás de Arrieta como quien vigila. No es una montaña alta —algo más de doscientos metros— pero basta para que el mar se abra paso entre las colinas y el aire traiga sal mezclada con el olor del campo. Desde arriba, cuando el cielo está limpio, se distinguen varios montes conocidos de Bizkaia alineados en la distancia. Abajo, el valle de Uribe se abre en parcelas verdes donde los caseríos aparecen dispersos, separados por prados y setos.
Las sendas que suben están marcadas, aunque sin demasiadas señales. La que arranca detrás del cementerio se mete en un pequeño bosque y va ganando altura poco a poco. Hay bancos de piedra colocados sin mucha ceremonia donde sentarse un rato. En otoño la tierra tiene olor a hongo y a hoja mojada; en primavera aparecen flores silvestres en los bordes del camino.
La plaza que no es plaza
El centro de Arrieta no responde a la imagen típica de plaza abierta. Aquí el espacio principal está cubierto por una estructura de hierro y cristal que protege el suelo de piedra. Cuando llueve —y en esta parte de Bizkaia ocurre a menudo— se oye el golpeteo de las gotas sobre el tejado metálico mientras la gente cruza despacio de un lado a otro.
Por la tarde se juntan varios vecinos con mesas plegables para jugar a las cartas. Los perros se tumban cerca, con la cabeza apoyada en los zapatos de sus dueños. En un lateral, una fuente de piedra deja caer un hilo constante de agua. Ya no se usa como antes, pero todavía hay quien se detiene a llenar una botella o a mojarse las manos en verano.
Los lobos en la pared
En la calle principal aparece el palacio Abaria. La fachada combina piedra bien cortada con zonas de ladrillo más oscuro. En el escudo destacan dos lobos rampantes y un conjunto de alas que llaman la atención incluso a quien pasa deprisa.
La puerta de madera es pesada y el picaporte de hierro deja en la mano ese olor metálico que tarda un rato en irse. A veces se alcanza a ver el interior: un pequeño patio con macetas y una parra que en verano da sombra. No siempre está abierto, así que muchas veces la visita se queda en la puerta, mirando el escudo y escuchando cómo cruje la madera cuando alguien entra o sale.
La antigua casa de los viajeros
En una de las calles cercanas aparece Sujetenea, una casa grande que durante mucho tiempo funcionó como posada en el camino entre Bilbao y la costa. La fachada conserva pinturas antiguas bastante desgastadas por la lluvia y el viento. Los marcos de piedra muestran marcas que, según cuentan en el pueblo, dejaron las correas de los caballos cuando las diligencias paraban aquí.
Hoy es una vivienda particular. A última hora de la tarde, si pasas despacio, suele verse la luz azul de una televisión colándose por las rendijas de los postigos. La sensación es curiosa: un edificio que nació para viajeros y que ahora guarda una rutina doméstica muy tranquila.
Cuándo ir y qué dejar para después
Abril suele ser un buen momento para caminar por los alrededores de Arrieta. La hierba está muy verde y los caminos todavía se pueden recorrer sin demasiado barro. Los días ya alargan lo suficiente como para subir a Sollube y volver antes de que anochezca.
Agosto cambia bastante el ambiente. Llegan más coches y el silencio se rompe antes de lo habitual por la mañana. Aparcar en algunas cuestas se vuelve complicado. Octubre, en cambio, trae una luz más baja y dorada. Cuando entra la niebla desde el valle, el pueblo queda medio envuelto y durante un rato solo se distinguen los tejados rojos y la torre de la iglesia.
El arte que nació aquí
Javier Arrieta, escultor vinculado al pueblo, dejó dos piezas en la zona del frontón. Una figura femenina tallada en madera de castaño y otra en piedra que representa a un pastor. No hay carteles largos explicando nada. Las esculturas están ahí, mezcladas con la vida diaria.
Los niños se suben encima cuando juegan. Los mayores pasan por delante sin detenerse demasiado, como si ya formaran parte del paisaje.
Cerca del frontón a veces se organiza alguna comida sencilla al aire libre. Una mesa larga, una parrilla y gente que se acerca a charlar mientras se asan chorizos. No suele haber anuncios ni horarios claros. Se nota primero por el olor a carne en el aire.
En el pueblo también queda una pequeña panadería que abre temprano. El pan suele acabarse antes del mediodía. Si llegas tarde, la estantería aparece casi vacía y la conversación ya ha cambiado del desayuno a lo que queda por hacer ese día.
Cuando bajas de Sollube con las piernas algo cansadas, Arrieta aparece poco a poco entre los árboles. Primero la torre de la iglesia. Después los tejados. Luego el humo de alguna chimenea si el día es frío. El orden casi siempre es ese. Y durante unos segundos el pueblo queda en silencio, como si todavía no hubiera decidido si te deja entrar o no.