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sobre Barrika (Barrica)
Cantábrico, acantilados y sabor marinero en el corazón vasco.
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El viento del noroeste pega con fuerza en los acantilados de Barrika, levantando un rocío salado que se siente en la cara. A esa hora, el Cantábrico tiene un color gris plomizo, pesado. Desde el borde se ven las largas plataformas de roca extendiéndose hacia el agua, capas que la marea descubre y vuelve a tapar cada doce horas.
Este municipio de Uribe Kosta queda a pocos kilómetros de Bilbao, pero el paisaje cambia rápido. El terreno cae de golpe hacia el mar y la costa se rompe en paredes donde el aire casi siempre se mueve. Cuando pasan las gaviotas se oye primero el sonido de las alas cortando el viento y luego el golpe sordo del agua contra las lajas.
La playa y las plataformas de roca
La playa de Barrika es estrecha, encajada entre dos promontorios. Con marea baja aparecen las superficies de roca que definen este tramo de costa. Son capas lisas, a veces rayadas por surcos paralelos, otras levantadas en pequeñas ondulaciones.
Caminar por ahí requiere atención. Algunas zonas quedan cubiertas de algas y la roca mojada resbala. Lleva calzado con suela que agarre y consulta siempre el estado de la marea antes de bajar.
Cuando el mar se retira lo suficiente, el lugar se transforma. Las plataformas parecen caminos naturales que avanzan hacia el agua mientras las olas rompen más lejos. En las grietas quedan charcos donde se mueven cangrejos ermitaños y restos de algas oscuras.
El flysch de Barrika
Toda esta costa forma parte del flysch, una sucesión de capas sedimentarias que aquí se ve con claridad. Las líneas aparecen como páginas abiertas, inclinadas hacia el mar, marcadas por millones de años de presión.
No hace falta saber geología para fijarse en los detalles. Basta caminar y mirar cómo cambian las formas de una capa a otra. Algunas superficies son casi lisas; otras tienen pliegues suaves o fracturas que el agua va agrandando.
Con marea alta muchas de estas estructuras desaparecen bajo el agua. Por eso conviene planificar la visita con el horario de mareas en la mano.
La vista desde la ermita de San Pelayo
Un poco más arriba, en una zona abierta del acantilado, está la ermita de San Pelayo. El lugar funciona como balcón natural sobre la costa. Cuando hay visibilidad se alcanza a ver la línea que forman Gorliz y Plentzia hacia el este.
El viento llega limpio desde el mar y mueve la hierba corta que crece alrededor del camino. No es raro encontrarse a gente sentada un rato en silencio, mirando cómo cambia la luz sobre el agua.
Caminar por la costa
Desde Barrika salen senderos que siguen el borde del acantilado hacia los municipios cercanos. No siempre son caminos amplios; algunos tramos se vuelven estrechos o embarrados tras varios días de lluvia.
El terreno mezcla tierra, arena compacta y hierba. En invierno hay que calcular bien el tiempo porque el barro aparece rápido en las zonas más pisadas.
El surf también forma parte del paisaje. Cuando entra buen mar se ven tablas esperando la serie desde el agua, aunque la rompiente aquí tiene fondo rocoso y no es para principiantes.
Cuándo acercarse
Barrika cambia según la hora del día. A primera hora de la mañana el lugar suele estar tranquilo y el viento todavía no sopla con tanta fuerza. Al atardecer la luz baja resalta los relieves de la roca y el mar se oscurece.
En verano el aparcamiento cercano a la playa se llena con facilidad, sobre todo los fines de semana. Si quieres caminar por las plataformas de roca sin aglomeraciones, viene bien llegar temprano y con la marea bajando.
Tras varios días de lluvia algunos senderos se vuelven resbaladizos. En esas jornadas es más sensato quedarse en los miradores del acantilado.
Un tramo de costa abierto al viento
Barrika no gira alrededor de monumentos ni de un casco histórico grande. El centro del lugar está en esa franja donde el mar golpea las capas de roca día tras día.
Las fotos suelen mostrar las plataformas del flysch desde arriba, con líneas que se internan en el agua. Cuando estás allí lo que se percibe es otra cosa: el viento constante, el ruido seco de las olas y ese olor salado que se queda en la ropa.
A veces basta con caminar unos minutos por el borde del acantilado y detenerse. El mar hace el resto.