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sobre Usurbil
Entre montes y mar, tradición vasca y buen comer en cada plaza.
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El olor a sidra derramada se queda impregnado en la manga del abrigo toda la tarde. No es un perfume desagradable: huele a manzana verde, a madera húmeda, a esas sobremesas largas en las que el tiempo se estira entre conversación y vaso. En Usurbil la sidra aparece una y otra vez: en las sidrerías de las afueras, en los caseríos del valle, en las historias que te cuentan al apoyar el codo en la barra.
El pueblo que se bebe despacio
Llegué un sábado de noviembre, cuando la luz del norte tiene ese tono plateado que hace parecer que todo está mojado aunque no haya llovido. La plaza junto a la iglesia estaba cubierta de hojas amarillas de los plátanos. La torre de San Salvador asoma sobre los tejados con esa piedra clara que aquí siempre parece un poco húmeda, como si el aire del valle se quedara pegado a los muros.
En las calles del centro todavía se ven casas grandes con escudos en la fachada. Algunas tienen el portón de madera oscurecido por los años y balcones estrechos donde cuelga la ropa incluso en invierno. Frente a uno de esos palacios, un vecino que salía con la bolsa de basura me dijo medio en broma que en Usurbil todo acaba resolviéndose con sidra. Luego cerró la puerta y la calle volvió a quedarse en silencio.
Aginaga y el río Oria
El barrio de Aginaga queda un poco separado del núcleo principal, hacia el río. A primera hora de la mañana el Oria baja ancho y bastante tranquilo por aquí, con una superficie gris que apenas se mueve salvo cuando pasa alguna corriente más rápida.
Esta zona ha estado muy ligada a las angulas. En invierno todavía hay conversaciones sobre mareas, noches frías y redes tendidas en la oscuridad. Hoy la pesca es mucho más limitada que antes, pero el recuerdo sigue muy presente en el barrio. Cuando llega el frío, algunas cocinas huelen a ajo dorándose en aceite y a guindilla.
También es territorio de sidrerías. Durante la temporada —normalmente entre enero y primavera— mucha gente de Donostia y de los pueblos cercanos sube a comer. Los fines de semana el tráfico aumenta bastante en las carreteras pequeñas del valle, así que conviene venir pronto o entre semana si buscas algo más tranquilo.
Subir a Andatza
El monte Andatza se levanta al sur del municipio. No es especialmente alto, pero la subida se deja notar si vienes después de una comida contundente. Uno de los caminos arranca cerca de las instalaciones deportivas y enseguida se mete entre eucaliptos y tramos de bosque más cerrado.
Cuando sopla viento, las hojas largas de los eucaliptos hacen un ruido seco, casi como papel agitándose. Más arriba aparecen claros con prados y algún caserío aislado. En otoño todavía se ven maíces secándose bajo los aleros o en pequeñas eras.
Desde la parte alta se abre el valle del Oria. Los tejados rojos de Usurbil quedan agrupados en el fondo y, hacia el norte, se intuye la cercanía de la costa aunque no siempre se vea el mar.
Días en que el pueblo cambia de ritmo
A lo largo del año hay varias fiestas ligadas a tradiciones locales. Una de las más conocidas gira en torno a la sidra y suele celebrarse en primavera, cuando el tiempo empieza a suavizarse. Es de esos días en que el pueblo se llena de cuadrillas, música y conversaciones en euskera que llegan de todas partes de Gipuzkoa.
También se mantiene la costumbre de celebrar San Blas a comienzos de febrero. Por la mañana suele haber movimiento alrededor de la iglesia y puestos donde se venden rosquillas y panes bendecidos. El aire es frío a esas horas y el olor a cera y a pan caliente se mezcla en la plaza.
Algunas cosas útiles antes de venir
Usurbil está muy cerca de Donostia, así que mucha gente llega en coche para comer y vuelve el mismo día. Eso se nota sobre todo los fines de semana de invierno durante la temporada de sidrerías: las carreteras de acceso se cargan bastante y aparcar en el centro puede llevar un rato.
Si prefieres caminar el pueblo con calma, los días entre semana o los meses de otoño suelen ser más tranquilos. En septiembre y octubre los alrededores del valle están llenos de manzanos y la luz de la tarde cae muy baja sobre los prados.
Cuando llueve —algo bastante frecuente aquí— los parques y paseos del pueblo cambian de sonido. Las hojas de los plátanos acumulan agua y las gotas tardan en caer al suelo. En otoño el suelo se cubre de hojas húmedas que crujen despacio bajo las botas.
Usurbil no es grande, pero tiene esa mezcla de caseríos, río y tradición sidrera que sigue marcando el ritmo del lugar. Hay días en que el olor a manzana fermentada llega incluso a las calles del centro cuando el viento baja desde los caseríos del valle. Aquí la sidra no es solo una bebida: forma parte del paisaje.