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sobre Valdegovía/Gaubea
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Valdegovía es de esos sitios que te encuentras cuando te sales de la ruta principal sin un plan muy claro. No hay una postal única que lo defina, ni un pueblo que acapare toda la atención. Lo que hay es un valle ancho, el Omecillo cruzándolo sin hacer ruido y una decena de pueblos pequeños desperdigados por las laderas. Verás el nombre escrito como Valdegovía y como Gaubea; da igual, aquí todo el mundo sabe a qué te refieres.
Es más territorio que pueblo. Pasas de Tobalina a Villanueva en cinco minutos de coche, y de repente estás en Bachicabo. Hay casas con piedra vista, iglesias que no anuncian su edad y carreteras donde lo más rápido que verás pasar será un rebaño de ovejas.
Un románico que no busca protagonista
Aquí el arte románico no está en un museo ni detrás de una taquilla. Está integrado en el día a día, como la iglesia de San Andrés en Ribera. Tiene un pórtico con tallas que han aguantado siglos, pero no esperes carteles luminosos. Es el tipo de lugar al que llegas, ves la puerta abierta (o no) y pasas un rato mirando los detalles si te apetece.
En Corro pasa algo parecido con la iglesia de San Esteban. La reconoces por su espadaña limpia de líneas. A veces la encuentras abierta, muchas veces no. La mayoría de estas iglesias solo se usan para misa, así que toca conformarse con verlas por fuera y adivinar cómo serán por dentro.
Si vas saltando entre pueblos como Pinedo o Quejo, irás topándote con ermitas medio escondidas y casonas con escudos borrosos en la fachada. Nada te va a dejar boquiabierto, pero sí te va recordando que esto lleva habitado desde hace mucho.
Cerca de Villanueva hay un puente de piedra al que llaman medieval. No es nada del otro mundo, pero tiene esa solidez honesta de lo hecho para durar. Si te sientas un rato junto al río, empiezas a entender cómo se movía la gente por aquí antes del asfalto.
Cómo moverse por el valle sin agobios
Valdegovía no se visita con una lista de puntos imprescindibles. Funciona mejor si lo tomas como una deriva controlada.
La forma más sencilla es ir enlazando pueblos con el coche y parar cuando algo te llame: una calleja estrecha, una vista sobre los prados o simplemente las ganas de estirar las piernas. Las distancias son cortas y apenas te cruzarás con otros coches.
Hay caminos rurales que salen de casi todos los pueblos. No son grandes rutas señalizadas; son las veredas de siempre, las que usan los vecinos para llegar a los prados o al monte. Perfectos para andar media hora sin rumbo fijo.
Si vienes en bici, las carreteras locales son tranquilas. El tráfico es anecdótico, aunque alguna cuesta corta pero intensa te hará sudar un poco, sobre todo según te acercas a las estribaciones montañosas.
El río Omecillo tiene algún tramo con sendero junto al agua. No esperes pasarelas de madera ni paneles informativos; es tierra pisada, algún sauce llorón y el sonido del agua moviéndose despacio.
Mejor época: depende de lo que busques
La primavera pone el valle verde intenso y los días se alargan con una luz clara. Es cuando todo parece más abierto.
El otoño trae los ocres a los bosques y ese frío seco de mañana que pide jersey. Huele a tierra mojada y a hojas caídas.
En invierno puede ponerse gris y a menudo se echa una niebla baja que tapa las laderas. Los caminos se encharcan fácilmente; si vas a andar, calzado que aguante el barro.
El verano aquí no achicharra como en la meseta, pero a mediodía pega fuerte. Se sale temprano o se espera a última hora, cuando la luz se vuelve dorada y todo se calma otra vez.
Lo que no suelen contarte
Esto no es un destino turístico al uso. No vengas buscando calles adoquinadas llenas de tiendas de recuerdos o un centro histórico donde perderte toda la jornada.
Valdegovía funciona si estás dispuesto a bajar varios cambios. A aceptar que muchas iglesias estarán cerradas con candado. A que no haya un bar monumental donde sentarse siempre. A cambiar monumentos por momentos: la sombra de un puente viejo, el silbido del viento entre los álamos o simplemente el silencio absoluto en una pista entre dos prados.
El error clásico
El fallo más común es llegar esperando otra cosa: un pueblo concentrado, un núcleo pintoresco donde aparcar y verlo todo caminando.
Aquí la gracia está justo en lo contrario: en moverte despacio por el territorio, en aceptar las distancias entre pueblos como parte del viaje y en encontrar interés donde aparentemente no lo hay: en una fuente antigua junto al camino, en la textura rugosa de una pared de piedra o en seguir durante quinientos metros el vuelo bajo de una cigüeña sobre los prados.