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sobre Villabona
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A las nueve de la mañana, cuando el sol todavía no ha terminado de levantar la niebla del río Oria, algunos trabajadores cruzan el puente de hierro rumbo a las naves del otro lado. Los pasos resuenan sobre las tablas con un ritmo seco, metálico. A esa hora Villabona huele a pan recién hecho y a humedad de río, ese olor frío que se queda pegado a las barandillas y a las piedras del paseo. El pueblo despierta despacio, con persianas que suben una a una y el primer café del día saliendo de los bares.
Villabona, en la comarca de Tolosaldea, nunca ha vivido del turismo. Durante mucho tiempo fue sobre todo un lugar de fábricas y talleres ligados al río. Ese pasado todavía se nota en la forma del pueblo: puentes, pabellones industriales mezclados con casas antiguas y calles que a ciertas horas se llenan de gente que va y viene del trabajo.
La plaza y el barrio que mira al valle
En la plaza, la casa consistorial mantiene una fachada sobria de piedra clara. El edificio actual es del siglo XIX —se levantó después de que el anterior quedara destruido durante la guerra contra los franceses— y sigue siendo el centro de la vida diaria: gente que pasa a hacer un trámite, chavales que atraviesan la plaza en bici, mayores que se paran a comentar el partido del fin de semana.
Muy cerca está el frontón municipal. Las paredes muestran marcas oscuras de miles de pelotazos y, si coincide una partida, el sonido se oye desde varias calles más abajo: golpe seco contra la pared, un silencio breve, otro golpe. En esta zona de Gipuzkoa la pelota se vive con naturalidad, como parte del día a día.
Arriba del todo queda Amasa, el núcleo más antiguo del municipio. La carretera sube entre casas dispersas y, al llegar, el paisaje se abre de golpe: tejados rojos en el fondo del valle, prados inclinados y las primeras lomas boscosas alrededor. La iglesia de San Martín de Tours ocupa el centro del pequeño barrio. El edificio se fue ampliando durante siglos y tiene esa mezcla de piedra vieja, añadidos posteriores y reparaciones que cuentan mejor la historia del lugar que cualquier placa.
Desde el atrio, al atardecer, la luz cae de lado sobre todo el valle del Oria.
El rastro de la industria del papel
Durante siglos el río movió molinos y fábricas. Una de aquellas papeleras —activa durante mucho tiempo y cerrada ya en el siglo XX— es hoy el Museo del Papel. El edificio conserva parte de la maquinaria y de la estructura industrial original: hierro, poleas, engranajes grandes que aún huelen ligeramente a grasa cuando el interior se calienta con el sol de la tarde.
Dentro explican cómo funcionaba el proceso de fabricación y por qué el Oria fue importante para esta industria. En muchas familias del pueblo hubo alguien que trabajó allí, y a veces son antiguos operarios quienes cuentan cómo era el trabajo en las salas húmedas donde se secaban las hojas.
El río sigue pasando justo al lado. Cuando baja con más caudal, el ruido del agua se cuela en el museo por las ventanas.
Si coincides con alguna partida de rebote en el frontón —suele haber campeonatos o partidos en verano— merece la pena quedarse un rato. No hay demasiada ceremonia: gente apoyada en la barandilla, conversaciones entre jugada y jugada, niños intentando imitar a los mayores en un rincón.
Fiestas que siguen siendo del pueblo
A finales de julio se celebran las fiestas en torno a Santiago. Durante esos días el centro se llena bastante más de lo habitual y aparecen las cuadrillas, la música y las comidas populares. Entre los actos que aún se mantienen está el Oilasko‑Joku, un juego tradicional que se realiza con los ojos vendados mientras alrededor suenan canciones en euskera. Los mayores del pueblo lo recuerdan desde niños y suelen ser ellos quienes explican —a medias— cómo se hacía antes.
En mayo, el barrio de Amasa celebra San Isidro. Es una fiesta más pequeña, muy ligada al entorno rural que todavía rodea el barrio. Se ven ramos de flores silvestres, mesas largas al aire libre y vecinos que pasan la tarde charlando mientras los críos corretean por el prado cercano a la ermita.
Lo que se come y lo que se oye en los bares
A primera hora de la mañana siempre hay algún bar abierto. En la barra se mezclan trabajadores, jubilados y gente que entra un momento a por café. Los vasos suelen ser de cristal grueso y el periódico pasa de mano en mano.
La cocina aquí es la que se espera en el interior de Gipuzkoa: guisos calientes cuando hace frío, tortillas recién hechas, bocadillos sencillos. La axoa —carne de ternera desmenuzada con pimientos— aparece a veces en cartas o comidas populares, aunque muchas casas tienen su propia manera de prepararla.
En otoño, cuando empieza a llover varios días seguidos, el olor que sale de las cocinas se mezcla con la tierra mojada de las huertas cercanas.
Caminos alrededor del río Oria
Villabona no es un lugar de grandes rutas señalizadas, pero sí de caminos que salen casi sin darte cuenta del casco urbano. Junto al río hay paseos tranquilos y, en cuanto te alejas un poco, aparecen pistas que suben entre castaños y robles hacia los montes cercanos.
Uno de esos caminos arranca cerca de la carretera vieja en dirección a Andoain. La subida es suave y el bosque se vuelve más denso a medida que te alejas del tráfico. No hay grandes miradores ni paneles explicativos; lo que encuentras es silencio, hojas húmedas bajo las botas y el sonido constante del viento moviendo las ramas.
Si quieres ver el pueblo con calma, septiembre suele ser un buen momento: el verano se relaja, la luz es más limpia y todavía se puede estar en la plaza sin frío. Agosto por las tardes trae bastante movimiento de coches y gente que viene de otros pueblos cercanos.
En invierno conviene venir preparado para la lluvia. Cuando deja de llover y se abre un claro, el aire queda tan limpio que las montañas alrededor del valle parecen más cercanas de lo que realmente están.
Villabona no intenta llamar la atención. Es uno de esos pueblos donde la vida sigue un ritmo bastante estable: partidas de pelota, conversaciones largas en la plaza, el río pasando siempre por el mismo sitio. A veces basta con sentarse un rato y mirar cómo se mueve el día.