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sobre Vitoria-Gasteiz
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El 4 de agosto por la tarde, Celedón desciende desde el campanario de San Miguel. No es un santo ni un político: es un muñeco con chistera que representa a un campesino alavés. Cuando llega a la plaza de la Virgen Blanca, la gente abre botellas, vuelan los corchos y empieza el txikiteo. La escena —lo popular y lo institucional compartiendo la misma plaza— explica bastante bien el turismo en Vitoria Gasteiz: una capital administrativa que aún conserva la escala y la lógica de una villa medieval.
La cruz de un camino
Vitoria nació en un cruce de rutas. Sancho VI de Navarra fundó la villa en 1181 con el nombre de “Nueva Victoria”, en una posición estratégica entre la meseta y los puertos del Cantábrico. Pocos años después pasó a manos de Castilla. Ese origen fronterizo explica en parte la forma del casco antiguo: un núcleo defensivo levantado sobre una colina, con sucesivas ampliaciones hacia abajo.
Aún se intuyen los trazados de las antiguas murallas en el dibujo de las calles. El casco medieval conserva la estructura en almendra típica de muchas villas fundacionales del norte peninsular. Caminar por estas calles estrechas —Cuchillería, Herrería, Zapatería— es recorrer antiguos oficios que daban nombre a cada tramo.
La Casa del Cordón, levantada a finales del siglo XV, recuerda el papel de Vitoria como lugar de paso para la política europea de su tiempo. En este edificio gótico, reconocible por el cordón franciscano que cruza la fachada, se alojó Adriano de Utrecht antes de marchar a Roma tras ser elegido papa. Fue Adriano VI, el único pontífice vinculado a la monarquía hispánica nacido fuera de Italia antes de la época contemporánea.
Piedra viva
La Catedral de Santa María se ha convertido en uno de los lugares donde mejor se entiende cómo se conserva un edificio medieval. Las obras de restauración se plantearon de forma abierta: el visitante entra mientras los trabajos continúan y ve de cerca los cimientos, las bóvedas y las distintas fases constructivas desde el siglo XIII.
No es un montaje museístico. Durante años el templo sufrió problemas estructurales serios y hubo que intervenir desde la base. Por eso las visitas obligan a llevar casco. A cambio, permiten entender cómo se levantó una catedral gótica en una ciudad de interior, con piedra local de tono cálido que cambia según la luz.
Alrededor, el casco histórico mantiene una mezcla curiosa de usos. Palacios renacentistas, casas medievales restauradas y edificios más recientes conviven con viviendas, oficinas públicas y pequeños equipamientos culturales. No es un decorado: es un barrio que sigue funcionando.
Verdes dentro y fuera de la ciudad
Vitoria creció con bastante espacio alrededor y, desde hace décadas, parte de ese entorno se ha protegido como parques periurbanos. De ahí surge el llamado anillo verde: una red de sendas y humedales que rodea la ciudad y conecta varios parques naturales cercanos al casco urbano.
Son más de treinta kilómetros de caminos donde se mezclan ciclistas, paseantes y gente que simplemente sale a estirar las piernas. En algunos tramos cuesta creer que el centro queda a pocos minutos.
Dentro de la ciudad, las plazas siguen teniendo mucho peso en la vida diaria. La Plaza de España, porticada y del siglo XIX, funciona como prolongación del casco viejo. En días tranquilos se ve a gente comiendo algo rápido en los bancos o cruzando la plaza camino del mercado.
Mesa y taberna
La cocina alavesa es directa y bastante ligada al clima de la llanada. Platos de cuchara, embutidos, bacalao preparado de distintas maneras y carnes a la brasa aparecen con frecuencia en las cartas de la ciudad.
En las barras es habitual encontrar pintxos clásicos. La costumbre de ir de taberna en taberna sigue viva, sobre todo por el centro y el casco viejo. No hay un recorrido único: la gente entra donde hay hueco y continúa caminando.
El txakolí aparece cada vez más en las copas, servido a cierta altura para airearlo. Aunque la tradición fuerte está en la costa vizcaína y guipuzcoana, aquí se bebe con naturalidad desde hace años.
Cómo moverse
La ciudad es bastante llana, salvo el casco medieval, que se levanta sobre la colina original. Desde la estación de autobuses hasta la catedral hay unos veinte minutos andando.
El tranvía cruza varios barrios y conecta zonas universitarias y sanitarias, pero el centro histórico se recorre mejor a pie. Cuando llueve —algo habitual en la llanada— los soportales de algunas calles céntricas permiten avanzar bastante protegido.
Quien llegue en coche suele encontrar aparcamiento regulado en superficie en buena parte del centro. Otra opción es dejarlo en las zonas próximas al anillo verde y entrar caminando por los senderos que conectan con la ciudad. En pocos minutos se pasa del parque a las primeras calles del casco.