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sobre Mollina
Pueblo agrícola en el centro de Andalucía famoso por sus vinos con denominación de origen y el Museo de Belenes
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Mollina, en la comarca de Antequera, se entiende mejor mirando alrededor del casco urbano. El pueblo está rodeado de viñedos y durante buena parte del año el trabajo del campo marca el ritmo de las calles. En septiembre, cuando llega la vendimia, todavía se organizan pisadas de uva en la plaza. No es raro ver a vecinos de toda la vida mezclados con residentes extranjeros que se han instalado en las urbanizaciones cercanas. Esa mezcla resume bastante bien el carácter actual del municipio: tradición agrícola y un interior de Málaga que, desde hace años, también atrae a quienes buscan vivir lejos de la costa.
El vino que dibuja el paisaje
A unos 480 metros de altitud, entre la campiña de Antequera y los relieves bajos de la sierra de la Camorra, el término de Mollina está ocupado en gran parte por viñedo. Predominan variedades como la moscatel y la pedro ximénez, habituales en esta parte de Málaga. El paisaje es una sucesión de parcelas alineadas sobre suelos rojizos, con caminos agrícolas que conectan cortijos y pequeñas bodegas.
La relación con el vino viene de lejos. Hay referencias a cultivo de vid en época moderna y, como en otros puntos de la provincia, el sector se reorganizó varias veces después de la crisis de la filoxera del siglo XIX. Aun así, el viñedo siguió siendo una de las bases económicas del pueblo.
El trazado urbano tiene algo que ver con esa actividad. Las calles principales son rectas y relativamente amplias para un pueblo de este tamaño. Muchas casas tradicionales conservan portones grandes en planta baja, pensados para la entrada de carros o animales de carga. En algunas todavía queda la bodega doméstica: una habitación fresca donde se guardaban tinajas o botas de vino.
Huellas antiguas en los alrededores
El entorno de Mollina ha estado habitado desde época romana. En el cerro del Santillán se documentaron restos de una villa rural vinculada a las vías que comunicaban Antikaria (la actual Antequera) con otros núcleos del interior de la Bética. En la zona aparecieron estructuras domésticas y fragmentos de mosaico, hoy estudiados en campañas arqueológicas puntuales.
Otro vestigio conocido es el llamado mausoleo de la Capuchina, una construcción funeraria romana situada a las afueras del núcleo urbano. Su forma cilíndrica hace que muchos vecinos lo identifiquen simplemente como “el torreón”.
El topónimo Mollina suele relacionarse con la presencia de molinos hidráulicos en época andalusí, aprovechando pequeños cursos de agua que bajan desde la sierra cercana. En algunos caminos rurales aún aparecen restos de muros o torres aisladas que probablemente formaban parte del sistema defensivo o de control del territorio en aquel periodo, aunque no siempre están bien estudiados.
La iglesia y el crecimiento del pueblo
La iglesia de Nuestra Señora de la Oliva refleja bien cómo fue creciendo el asentamiento. La primera ermita, levantada en el siglo XVI, estaba situada entonces en las afueras, junto a tierras de labor. Con el tiempo el pueblo se fue expandiendo hacia ese lado y el edificio terminó integrado en el casco urbano.
El templo actual es fruto de ampliaciones posteriores. En su interior se conservan piezas de distintas épocas, entre ellas una imagen mariana que la tradición local considera más antigua que el propio edificio.
También tuvo cierta presencia religiosa el convento de la Ascensión, fundado por franciscanos. Estos centros no solo cumplían funciones espirituales: en muchos casos participaron en la organización agrícola del territorio y en la difusión de técnicas relacionadas con el cultivo o la elaboración de productos locales.
Un pueblo con vecinos llegados de fuera
Desde finales del siglo XX, Mollina empezó a recibir residentes extranjeros que buscaban vivienda en el interior de Málaga. Una parte importante procede del Reino Unido y se concentra en urbanizaciones construidas a las afueras del núcleo tradicional.
La convivencia forma ya parte de la vida cotidiana. Es habitual escuchar inglés en algunos comercios o ver a vecinos extranjeros participando en actividades municipales, cursos de idioma o celebraciones locales. En fiestas relacionadas con el vino o con el calendario agrícola esa mezcla se nota especialmente: gente de aquí y recién llegados compartiendo mesa y conversación alrededor de las mismas tradiciones.
Cómo recorrer Mollina
El casco urbano se puede caminar sin prisa en poco tiempo. La plaza de la Constitución funciona como punto de referencia y desde allí salen varias de las calles principales.
Conviene fijarse en las fachadas más antiguas: casas encaladas de una o dos plantas, con rejas sencillas y portones amplios que recuerdan su relación con el trabajo agrícola. En algunos edificios municipales se conservan herramientas y objetos ligados a la elaboración tradicional del vino.
Si se dispone de coche, merece la pena salir a los caminos que rodean el pueblo. Desde ellos se entiende mejor la extensión del viñedo y la relación directa entre Mollina y el paisaje que lo rodea. En verano el calor aprieta bastante, así que lo más sensato es moverse a primera hora de la mañana o al final de la tarde.