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sobre Valle de Abdalajís
Situado a los pies de una sierra caliza es un destino de referencia para la práctica del vuelo libre y la escalada
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El desfiladero aparece de golpe. Conduces por la A-343, entre olivares que aquí ya empiezan a mezclarse con monte bajo, y de repente el valle se abre como un embudo de roca caliza. Abajo, sobre la ladera, las casas blancas de Valle de Abdalajís. Arriba, muchos días se ven parapentes y alas delta girando sobre la sierra. No es algo puntual: desde hace décadas el vuelo libre forma parte de la vida del pueblo.
El valle que ya aprovecharon los antiguos caminos
La geografía ayuda a entenderlo. A unos 300 metros de altitud, el valle funciona como un paso natural entre la costa y la depresión de Antequera. No es raro que hubiera asentamientos desde muy temprano. En el entorno del Cerro Pelao se han documentado restos antiguos asociados al control de una vía que comunicaba Málaga con el interior.
En algunos senderos de la sierra —como el de Las Pedreras— se ven tumbas excavadas en la roca. Suelen atribuirse a época romana o tardoantigua, aunque no siempre están bien estudiadas. Permanecen allí, a la vista, integradas en el paisaje.
El nombre del lugar procede del árabe y parece derivar de Abd al‑Aziz, probablemente un personaje vinculado a la organización del territorio tras la conquista del siglo VIII. El núcleo actual se consolida después de la conquista castellana. La iglesia de San Lorenzo, en la plaza, es del siglo XVI, con reformas posteriores. Es un templo sencillo, de una sola nave, como tantos en los pueblos de esta parte de Málaga.
Las casas se fueron adaptando a la pendiente, escalonadas contra la ladera. El terreno llano es escaso, así que el pueblo creció hacia arriba.
Un pueblo acostumbrado a mirar el cielo
A finales del siglo XX empezaron a llegar pilotos de parapente y ala delta atraídos por las condiciones de la sierra: despegues altos y un valle amplio que permite planear con margen. Con el tiempo Valle de Abdalajís se convirtió en uno de los puntos de vuelo más conocidos del sur de Europa.
Entre otoño y primavera es habitual ver decenas de velas en el aire cuando el tiempo acompaña. Se escucha hablar alemán, francés o inglés en las calles, porque muchos pilotos pasan aquí temporadas largas. El pueblo se ha ido acostumbrando a ese ritmo: talleres, instructores, gente pendiente de las previsiones meteorológicas como si fueran parte del parte diario.
Incluso para quien no vuela, subir a alguno de los despegues al amanecer ayuda a entenderlo. Desde arriba se ve cómo el sol va tocando primero las crestas y después el fondo del valle, y cómo empiezan a formarse las primeras corrientes térmicas.
La romería del Cristo de la Sierra
La devoción local gira en torno al Cristo de la Sierra. Según la tradición, a mediados del siglo XX un pastor encontró una cruz en la sierra y ese hallazgo dio origen a la romería.
Cada primer fin de semana de mayo la imagen se lleva hasta el santuario situado en la montaña. Mucha gente sube andando desde el pueblo y pasa allí la noche. Es una celebración muy ligada a los vecinos: familias enteras acampan, se cocina en el campo y el regreso se hace al día siguiente.
La ermita es modesta, de una sola nave, levantada en un claro de la sierra. Lo que realmente importa es la posición. Desde allí el valle se abre completo: los olivares ocupando el fondo, el caserío encajado en la ladera y, cerrando el horizonte, las cumbres calizas donde vuelan los parapentes.
Subir a La Huma
La Huma es la cumbre más reconocible del entorno y una referencia constante desde el pueblo. Varias rutas permiten alcanzarla; algunas salen desde las pistas forestales cercanas al cementerio y se internan en pinares donde no es raro ver cabra montés.
El recorrido es largo y con bastante desnivel, así que conviene tomárselo con calma. Al ganar altura el valle queda completamente a la vista y, hacia el otro lado, aparecen las sierras que rodean el desfiladero de los Gaitanes y el sistema de embalses del Guadalhorce.
En algunos puntos de la sierra se han señalado restos antiguos —plataformas o muros muy erosionados— que a veces se relacionan con ocupaciones prerromanas, aunque no todos están estudiados de forma sistemática.
Cómo llegar y qué encontrarás
Desde Málaga el acceso habitual es por la A‑45 hasta la zona de Casabermeja y después por la A‑343, una carretera con bastantes curvas antes de entrar en el valle. El pueblo aparece justo después del túnel.
A la entrada suele haber espacio para aparcar, aunque los fines de semana con buena meteorología llegan bastantes furgonetas de pilotos.
El alojamiento se reparte en casas rurales y pequeños hostales. En las cartas aparecen platos muy comunes en la comarca de Antequera: porra en verano, chivo cuando aprieta el frío, embutidos y dulces de almendra.
Valle de Abdalajís se recorre despacio. La plaza, la iglesia, las calles que suben hacia la sierra y, sobre todo, el cielo lleno de velas cuando el viento acompaña. Aquí la referencia diaria sigue siendo el tiempo que hace en la montaña. Y eso, en un pueblo, termina marcando casi todo.