Artículo completo
sobre Benamaurel
Pueblo con fuerte herencia morisca y numerosas casas cueva; celebra una de las fiestas de Moros y Cristianos más importantes de la provincia
Ocultar artículo Leer artículo completo
Benamaurel es ese tipo de sitio que te hace pensar en los pueblos donde veraneaban tus abuelos: calles tranquilas, gente que se conoce por el nombre y esa sensación de que aquí las cosas van a otro ritmo. El turismo en Benamaurel no tiene mucho que ver con listas de monumentos ni con colas para hacerse fotos. Es más bien parar el coche, bajar a estirar las piernas y darte cuenta de que el altiplano de Granada funciona con otras reglas.
Viven algo más de dos mil personas repartidas por un término municipal enorme. Eso significa mucho campo alrededor y un pueblo que, visto desde fuera, parece pequeño pero tiene más vida de la que aparenta.
Cuevas que no nacieron para el turismo
En Benamaurel hay muchas casas cueva, y no están ahí porque a alguien se le ocurriera convertirlas en atracción. La historia del pueblo está muy ligada a los terremotos que sacudieron esta zona hace siglos. Muchas viviendas quedaron arruinadas y excavar en la ladera acabó siendo una forma bastante lógica de empezar de nuevo.
El barrio de la Alhanda es donde mejor se entiende. Las cuevas se encadenan en la ladera con fachadas blancas y puertas de colores. Desde fuera parecen pequeñas, pero por dentro suelen ser más amplias de lo que imaginas. Y tienen vida normal: televisión, internet, calefacción… lo que esperarías en cualquier casa.
La gracia de estas viviendas es la temperatura. En verano dentro se está fresco sin hacer nada especial, y en invierno mantienen el calor. Es el tipo de solución que aparece cuando la gente lleva siglos viviendo en el mismo sitio y ya ha aprendido cómo funciona el terreno.
Paseos por las laderas del pueblo
Benamaurel no es un lugar de grandes rutas señalizadas, pero sí tiene varios paseos cortos que ayudan a entender el paisaje del altiplano.
La llamada Ruta de las Hafas sube por la ladera hasta una zona de cuevas antiguas y un mirador natural. No es un recorrido largo, aunque la subida se hace notar si aprieta el sol o sopla viento, que en esta zona es bastante habitual.
También hay un camino hacia los restos del castillo medieval. Lo que queda son muros y trazas del recinto, suficientes para imaginar la posición estratégica que tenía el pueblo mirando al valle.
A las afueras está el columbario romano, una estructura excavada en la roca donde se criaban palomas en época romana. No es un sitio monumental en el sentido clásico, pero tiene algo curioso: aparece casi de repente en el paisaje, como si alguien hubiera olvidado allí un trozo de historia.
Fiestas que siguen siendo del pueblo
Las celebraciones aquí siguen teniendo mucho de tradición local. Durante las fiestas de San Sebastián hay un juego conocido como el Robo del Santo. No es un robo real, claro: es una especie de competición entre grupos para hacerse con una cruz vinculada a la fiesta. Lleva haciéndose tanto tiempo que ya forma parte del ritual.
Más entrada la primavera llegan las fiestas de Moros y Cristianos. Durante unos días el pueblo cambia de aspecto: trajes, desfiles, música y vecinos que se meten en el papel como si llevaran todo el año esperando ese momento. Es una de esas celebraciones que se entienden mejor viéndolas que leyendo sobre ellas.
Comer como se ha comido siempre en el altiplano
Aquí la cocina sigue muy pegada al campo. Platos contundentes, pensados para jornadas largas.
Las gachas de matanza aparecen mucho en invierno. Son de esas recetas humildes que llenan el estómago rápido y que en cada casa se preparan con su toque. También es habitual la olla con tagarninas, una planta silvestre que en crudo parece poco prometedora pero en guiso cambia completamente.
Las migas con uvas siguen saliendo en muchas mesas cuando refresca, y no es raro encontrar tortillas con plantas del campo como las collejas. Son platos que nacen de aprovechar lo que hay alrededor, algo muy típico en los pueblos del altiplano.
Un pueblo para parar un rato
Benamaurel no es un sitio de “checklist”. No hay demasiados monumentos ni calles llenas de tiendas. Y quizá ahí está la gracia.
En una mañana puedes recorrer el casco urbano, asomarte a las cuevas, dar un paseo por las afueras y sentarte un rato en la plaza a ver pasar la vida. Tres o cuatro horas bastan para hacerse una idea del lugar.
Y si te quedas más tiempo, mejor todavía. Este tipo de pueblos se entienden así: despacio, hablando con la gente y mirando el paisaje que rodea al altiplano, que tiene algo austero pero muy propio de esta parte de Granada.