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sobre Zújar
Situado a los pies del cerro Jabalcón; famoso por sus aguas termales y vistas al embalse del Negratín
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Hay pueblos que parecen inventados para que los madrileños digamos “qué bonito” mientras nos tomamos una cerveza. El turismo en Zújar, en cambio, funciona de otra manera. Aquí el camarero te mira raro si pides un café con leche desnatada, el GPS duda en más de un cruce y, para rematar, hay unas termales a bastante altura sobre el nivel del mar. Como si alguien hubiera montado un pequeño balneario en la terraza de un décimo piso.
El pueblo que eligió bien su emplazamiento
Lo primero que ves cuando llegas es el Cerro Jabalcón. No es que sea especialmente alto —ronda los 1.500 metros—, es que está ahí plantado delante, como un gato gris que se ha tumbado en mitad del camino y no piensa moverse. El caso es que Zújar se agarró a su falda y dijo “me quedo aquí”.
Durante siglos ese cerro tenía sentido estratégico. En época nazarí funcionaba como una especie de puesto avanzado hacia el norte de la actual provincia de Granada. Algo así como tener una garita de vigilancia en la puerta de casa, pero mirando hacia las sierras de Cazorla y alrededores.
El pueblo en sí es un lío de calles empinadas que parecen diseñadas para que los coches nuevos hagan ruiditos raros cuando pasan. Hay también un barrio de cuevas que no es decorativo ni montado para fotos: son viviendas excavadas en la tierra. Se suele contar que algunas surgieron cuando parte de la población morisca regresó a escondidas tras la expulsión del siglo XVI. No es raro en esta zona de la provincia: la tierra blanda y el clima hacen que vivir bajo el cerro tenga bastante sentido.
Las termales: a lo que viene mucha gente
Las aguas termales de Zújar son la razón por la que bastante gente acaba aquí. Se suele decir que ya se conocían desde época romana, aunque lo que encuentras hoy es bastante sencillo: unas pozas junto a la carretera donde el agua brota caliente, normalmente alrededor de los treinta y tantos grados.
No hay grandes instalaciones ni carteles espectaculares. Aparcas cerca, bajas, te quitas las zapatillas y te metes. El agua tiene ese olor a huevo cocido típico del azufre. Al principio choca un poco; a los cinco minutos ni te enteras.
Entre semana suele estar tranquilo. Los fines de semana se acerca bastante gente de la provincia y el ambiente cambia: más coches, más toallas, alguna nevera portátil. Si vas, lleva chanclas viejas. El fondo tiene piedras sueltas y no es el sitio más cómodo del mundo para andar descalzo.
Subir al Jabalcón sin confiarte
La subida al Cerro Jabalcón es ese tipo de ruta que parece fácil cuando la ves en el mapa y luego te hace sudar más de lo previsto. No es especialmente larga, pero gana altura rápido y el sendero va bastante directo.
Arriba te espera un vértice geodésico y una vista que explica por qué el cerro manda tanto en el paisaje. El embalse del Negratín aparece abajo como una mancha azul muy intensa rodeada de laderas secas. La primera vez que lo ves da la sensación de estar mirando un lago en medio de un terreno casi lunar.
Consejo sencillo: lleva agua y no confíes en encontrar sombra arriba. En verano el sol aquí aprieta de verdad.
La vega y el ritmo del campo
Entre el pueblo y el embalse se abre una vega regada por acequias que bajan de la sierra. El olivar domina el paisaje, y cuando recorres los caminos de tierra te das cuenta de que aquí la agricultura sigue marcando el calendario.
Son buenos caminos para ir en bici de montaña o para caminar sin demasiada planificación. A ratos solo se oye el viento entre los árboles y algún tractor pasando despacio.
En otoño el ambiente cambia bastante: olor a aceituna recién recogida, tierra removida y cocinas donde aparecen platos contundentes. Las migas, por ejemplo, aquí no llegan en raciones minimalistas. Lo normal es una sartén grande en medio de la mesa y todo el mundo sirviéndose.
¿Merece la pena acercarse?
Zújar no entra por los ojos como otros pueblos de Andalucía. No tiene ese decorado de casas blancas perfectamente alineadas ni calles preparadas para la foto rápida.
Pero tiene algo que a veces cuesta encontrar: vida cotidiana. Gente joven que sigue por aquí, vecinos que se paran a hablar en la plaza, coches que pasan cargados de aceituna cuando toca campaña.
Yo lo veo como ese tipo de sitio al que vienes por algo concreto —las termales, una ruta al Jabalcón, un paseo por el Negratín— y acabas quedándote más rato del previsto. Si vienes con bañador, chanclas y sin demasiada prisa, el plan sale solo. Y eso, al final, suele ser buena señal.