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sobre Arjona
Cuna del rey Alhamar fundador de la dinastía nazarí; localidad con gran legado arqueológico y olivarero
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A las cinco de la tarde, el viento de la Campiña levanta el polvo de las eras y lo mezcla con el olor del aceite nuevo. Desde la plaza de Santa Catalina, la vega de Jaén se extiende como un manto de verde plateado donde los olivos parecen alinearse hasta perderse en el horizonte. El turismo en Arjona empieza muchas veces así: mirando lejos, desde este cerro tranquilo que domina la campiña.
Aquí nació Alhamar, el fundador de la dinastía nazarí que levantó la Alhambra en Granada. También nació el escritor Juan Eslava Galán, que en más de una ocasión ha situado en estas calles algunas de sus historias. Arjona tiene algo de eso: un pueblo pequeño que, de vez en cuando, aparece en los márgenes de la historia.
El sabor de la tierra seca
En Arjona se come temprano. A eso de las doce y media ya empieza a salir el olor a sartén caliente por algunas cocinas. Las migas suelen aparecer en los días fríos o cuando el campo aprieta. Se hacen con pan asentado, aceite de oliva fuerte y tropezones de chorizo o panceta que chisporrotean mientras se remueve la masa con paciencia.
La pipirrana arjonera llega después en muchas mesas. Tomate picado, pimiento verde, cebolla y atún, todo bien aliñado con aceite de la zona. Las aceitunas —casi siempre de la propia cosecha— aportan ese punto salado que recuerda que aquí el olivar lo ocupa todo.
En invierno, cuando la niebla baja sobre los olivares y tarda en levantarse, en algunas casas todavía se preparan gachas dulces. Harina tostada lentamente, anís y canela. Un postre de los de antes, de cuchara y de cocina caliente.
La piedra que queda del alcázar
En la parte alta del pueblo quedan restos del antiguo recinto defensivo. Arjona fue durante siglos una plaza fuerte en la frontera medieval, y aún se distinguen tramos de muralla y estructuras vinculadas al antiguo alcázar islámico. Caminar por el sendero que bordea el cerro —algo más de un kilómetro— permite entender bien la posición del lugar: desde aquí se domina toda la campiña.
En el centro del pueblo, la iglesia de Santa Catalina marca el perfil del caserío. El campanario cuadrado sobresale entre tejados de teja curva que crujen algunas noches de viento.
Cerca de allí se conserva un aljibe de época islámica. Es una construcción sencilla pero ingeniosa: recogía el agua de lluvia para almacenarla bajo tierra. Cuando se entra, el sonido cambia. Las voces rebotan en las paredes húmedas y durante un momento el pueblo queda arriba, lejos.
Agosto en las calles
Las fiestas patronales dedicadas a San Bonoso y San Maximiano suelen celebrarse en agosto y duran varios días. Por la tarde, cuando el calor empieza a aflojar, las calles se llenan de gente que vuelve al pueblo esos días.
Las sillas aparecen en las puertas de las casas, los niños corretean por la plaza y los grupos de amigos —las peñas de toda la vida— montan sus espacios de reunión. Hay música, puestos de comida y conversaciones largas que se alargan hasta la madrugada.
El día de la procesión es cuando más gente se concentra. Muchos arjoneros que viven fuera intentan estar ese día.
La lápida que intriga a medio pueblo
En la fachada del Ayuntamiento hay una piedra con una inscripción que suele llamar la atención. Las letras recuerdan a caracteres antiguos y durante años han circulado teorías de todo tipo. Algunos la relacionan con tradiciones templarias, aunque no hay acuerdo claro entre los historiadores.
La curiosidad creció cuando Juan Eslava Galán la utilizó como punto de partida para una de sus novelas. Desde entonces, más de uno llega preguntando por “la lápida”.
También se puede visitar la llamada Cripta del Barón de Velasco, donde existe un sistema de rieles que permitía mover los nichos. Cuando se acciona, el mecanismo desliza las estructuras con un ruido seco que rompe el silencio del lugar.
Cuándo ir y qué evitar
Octubre suele ser un buen momento para acercarse. El calor fuerte ya ha pasado, la luz cae más baja sobre los olivares y el pueblo recupera un ritmo más tranquilo después del verano.
En agosto, sobre todo durante las fiestas, hay bastante más movimiento y cuesta aparcar cerca del centro. Si vienes esos días, conviene llegar temprano o dejar el coche en las calles más exteriores.
En invierno el frío se nota. El viento que baja de Sierra Morena atraviesa las calles estrechas y las casas de piedra guardan la humedad. A cambio, el pueblo se queda casi en silencio. Y caminar entonces por la parte alta, con los olivares extendiéndose hasta donde alcanza la vista, tiene algo muy limpio y muy real.