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sobre Santiago de Calatrava
Pequeño municipio en el límite con Córdoba; tierras de cereal y olivo
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A primera hora, cuando el sol todavía no cae de lleno sobre la campiña, el turismo en Santiago de Calatrava empieza con una imagen muy concreta: hileras de olivos todavía húmedas del rocío y el ruido seco de algún tractor que ya va por el camino. El pueblo queda un poco más arriba, blanco y compacto, con las persianas medio bajadas y el olor del campo entrando por cualquier calle.
A unos 45 kilómetros de Jaén, tras varios kilómetros de carreteras que cruzan olivares sin apenas interrupción, aparece el núcleo del municipio. Casas encaladas, dos plantas como mucho, puertas de madera que a veces conservan clavos antiguos y rejas oscuras en las ventanas. El centro se recorre rápido: en pocos minutos uno pasa por la plaza, gira una esquina y vuelve a ver el campo asomando al final de la calle.
La iglesia parroquial, dedicada a Santiago Apóstol, ocupa uno de los puntos más visibles. Su origen suele situarse en el siglo XVI, aunque el edificio ha tenido añadidos y arreglos con el tiempo. Por dentro es sobria: imágenes devocionales, retablos pequeños y ese olor frío de piedra que se mantiene incluso en verano.
Calles tranquilas y vida cotidiana
En Santiago de Calatrava no hay grandes monumentos ni un casco histórico monumental. Lo que hay es otra cosa: calles cortas donde el sonido más constante suele ser una conversación desde una puerta abierta o una televisión encendida detrás de una ventana.
Algunas plazas tienen bancos de obra y alguna fuente sencilla. A determinadas horas —sobre todo al caer la tarde— aparecen vecinos a charlar mientras el calor afloja. En un pueblo de unos seiscientos habitantes todo ocurre cerca y sin prisa.
Las fachadas encaladas reflejan la luz con fuerza al mediodía. Conviene llevar gorra o buscar sombra si se pasea en verano, porque las calles tienen pocos árboles y el sol cae de lleno.
Un mar de olivos alrededor
El paisaje que rodea Santiago de Calatrava es el de la Campiña de Jaén: lomas suaves cubiertas de olivar hasta donde alcanza la vista. Desde cualquier salida del pueblo salen caminos agrícolas que serpentean entre las parcelas. Algunos se pueden recorrer andando o en bici sin demasiada pendiente, aunque el terreno es muy abierto y el calor aprieta buena parte del año.
En otoño y a comienzos del invierno el ambiente cambia. Durante la recogida de la aceituna es habitual cruzarse con remolques cargados y cuadrillas trabajando entre los árboles. No es algo pensado para quien viene de fuera; es simplemente la vida del pueblo siguiendo su calendario.
Si se sale a caminar por estos caminos conviene llevar agua y calcular bien las horas. En días despejados apenas hay sombra.
Cocina de casa y aceite nuevo
Aquí el aceite de oliva virgen extra manda en la cocina, como en toda esta zona de Jaén. Muchas recetas tradicionales nacen de lo que había a mano en las casas: pan asentado, harina, pimientos secos, algo de embutido.
Las migas, los gazpachos espesos hechos con pan o las gachas calientes aparecen en muchas mesas cuando llega el frío. También son habituales los guisos sencillos de carne y las comidas ligadas a la temporada de la aceituna.
En los alrededores hay fincas de olivar y almazaras donde, en determinados momentos del año, se puede ver cómo se trabaja el fruto. Si te interesa ese mundo, lo mejor es preguntar en el ayuntamiento o a la gente del pueblo: suelen orientarte mejor que cualquier folleto.
Las fiestas de julio
El momento más animado del año suele llegar a finales de julio, cuando se celebran las fiestas dedicadas a Santiago Apóstol. Durante unos días cambian los ritmos: música en la plaza, procesión por las calles principales y reuniones que se alargan hasta bien entrada la noche, cuando el aire por fin refresca.
La Semana Santa también se vive aquí, aunque de forma sencilla. Los recorridos son cortos y las procesiones pasan muy cerca de las casas, con el sonido de cornetas rebotando en las paredes blancas.
Cómo llegar y cuándo venir
Lo más práctico es llegar en coche desde Jaén o desde alguno de los pueblos cercanos de la campiña. El transporte público existe, pero las conexiones no son frecuentes y conviene mirar horarios con antelación.
Primavera y comienzos de otoño suelen ser los momentos más agradables para caminar por los alrededores. En verano el calor aprieta con fuerza desde media mañana, y lo normal es que la actividad se concentre al amanecer o al caer la tarde, cuando el campo vuelve a oler a tierra y a hoja de olivo.