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sobre Villanueva de la Reina
Pueblo de la campiña junto al río; destaca por su iglesia y fachadas señoriales
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A las siete de la mañana, en plena campaña de aceituna, el aire dentro de la cooperativa huele a hierba recién cortada y a fruto machacado. Las primeras gotas de aceite salen densas, de un verde casi opaco, y resbalan despacio por los conductos del molino. En Villanueva de la Reina el otoño empieza así: con tractores entrando y saliendo del pueblo y con los olivos extendiéndose en todas direcciones, siguiendo el curso del Guadalquivir que cruza la campiña con calma.
El río que lo cambió todo
Desde el puente que cruza el Guadalquivir a la entrada del pueblo —levantado a comienzos del siglo XX, cuando empezaron a imponerse las estructuras de hormigón— se entiende la forma del lugar. Las casas blancas trepan por la ladera sin demasiado orden, como si hubieran ido apareciendo poco a poco alrededor del camino principal. Abajo, el río dibuja una curva amplia antes de seguir hacia el sur.
En esta zona hubo asentamientos antiguos. Algunos estudios sitúan aquí un enclave romano llamado Ipra, relacionado con la Vía Augusta que recorría el valle del Guadalquivir. No queda un yacimiento visible como tal, pero en los arroyos y caminos todavía aparecen cantos rodados muy gastados que los vecinos suelen asociar con ese pasado.
A primera hora, cuando la niebla del río sube despacio por la vega, todavía se ven pescadores colocando las cañas en los mismos claros de la orilla que se han usado durante generaciones. No suelen buscar grandes piezas: barbos, alguna carpa. Más que la pesca, pesa la costumbre. El silencio solo se rompe cuando empiezan a pasar los remolques cargados de aceituna camino de la almazara. Una de ellas, con una silueta poco habitual en la arquitectura agrícola del entorno, se reconoce desde lejos.
Donde Napoleón perdió la partida
Villanueva aparece mencionada a menudo cuando se habla de la batalla de Bailén. Tras la derrota francesa en julio de 1808, el general Dupont firmó la capitulación en una antigua casa de postas del pueblo. El edificio aún se conserva, con una portada de aire renacentista que desentona un poco con la estrechez de la calle.
La iglesia de la Inmaculada Concepción ocupa el centro del casco urbano. Su origen suele situarse a comienzos del siglo XVII y la torre de ladrillo se ve desde casi cualquier punto del pueblo. Dentro se guarda la imagen de Santa Potenciana, vinculada a Villanueva desde hace siglos y muy presente en la vida local.
El primer domingo de mayo se celebra la romería hasta su ermita, en las afueras. Esa mañana salen grupos andando desde el pueblo, algunos con carros adornados y otros simplemente con neveras y bolsas de comida. No falta el resol —licor de café que muchas familias siguen preparando en casa— ni las bandejas de tirabuzones, las rosquillas que aparecen en casi cualquier celebración.
El tiempo de las migas
Cuando llegan los meses fríos y el trabajo fuerte de la aceituna ocupa las jornadas, en el pueblo empieza a oler a migas. Aquí se hacen con pan asentado del día anterior, humedecido y trabajado en la sartén hasta que vuelve a soltarse en granos pequeños. Se acompañan con chorizo, panceta o pimientos fritos, según la casa.
También es frecuente el potaje de garbanzos con espinacas y bacalao, sobre todo los viernes. Son platos de cocina lenta, de esos que se preparan por la mañana y se dejan reposar antes de comer.
A mediodía, en los bares del centro —los de persianas verdes y televisores encendidos— es fácil ver mesas compartidas y partidas de cartas que duran horas. La conversación suele girar en torno a la cosecha, la lluvia o el precio del aceite.
Cuando el campo se viste de fiesta
Las fiestas patronales suelen celebrarse en agosto, durante la primera mitad del mes. Las calles se llenan de farolillos y música por la noche, mientras que durante el día el ritmo sigue siendo tranquilo: sombra, conversación y algún paseo corto.
La Semana Santa aquí es recogida. Las procesiones recorren distancias cortas y pasan muy cerca de las casas. Al caer la tarde del Viernes Santo, cuando el sol baja sobre los olivares, la luz rojiza se cuela entre las calles y acompaña el paso de las imágenes. Muchos vecinos salen vestidos de oscuro aunque el termómetro marque temperaturas altas.
Caminos entre olivos y río
En los alrededores hay varios caminos agrícolas que se pueden recorrer andando o en bicicleta. Uno de los más conocidos sigue el trazado que conecta Villanueva con Andújar a través del olivar. Son algo más de ocho kilómetros entre fincas y cortijos dispersos.
Más cerca del pueblo está la zona de la Vega Baja, junto al Guadalquivir. El terreno es llano y el sendero discurre paralelo al agua durante varios tramos. A primera hora se ven garzas quietas entre los juncos y, en días tranquilos, algún movimiento rápido en la orilla que delata nutrias.
En invierno conviene mirar el estado del camino antes de salir: cuando el río crece, algunas partes quedan anegadas y aparecen charcos grandes que obligan a rodear.
La luz al final del día
Villanueva de la Reina no es un lugar de grandes monumentos ni de panorámicas espectaculares. Lo que se recuerda suele ser más sencillo: la luz de última hora cayendo sobre los olivos, el olor a leña en invierno o el ruido de los remolques atravesando la plaza durante la campaña.
Desde el cerro del Calvario, al atardecer, el valle se abre entero. Se ve el río, el pueblo blanco apretado en la ladera y las carreteras finas que atraviesan el mar de olivos.
Si vienes en verano, mejor acercarse al centro a primera hora de la mañana o ya caída la tarde: el calor aprieta en la campiña. En otoño, en cambio, el pueblo está en pleno movimiento con la recogida de la aceituna y el ambiente cambia por completo. Trae una chaqueta para la noche y tiempo para sentarte un rato en cualquier banco de la plaza. Aquí las cosas suelen ir despacio, y así es como mejor se entienden.