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sobre Villardompardo
Pequeño pueblo de la campiña con un castillo rehabilitado y tradiciones arraigadas
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Aparcas en la plaza y el silencio te golpea. Son las dos de la tarde de un sábado y no hay un alma. Solo un perro dormido bajo el olivo del jardín y el murmullo de alguna tele encendida detrás de una ventana. Villardompardo no es de esos pueblos que te reciben con música folklórica. Te recibe con la siesta.
El castillo que no es castillo
Subes por una calle empinada y ahí está: un muro de piedra con un arco. El cartel dice "Castillo de Villardompardo" pero lo que ves es una casa grande con torre. Entras porque la puerta está abierta y nadie te cobra. El patio es un parking improvisado de tierra. La torre del homenaje tiene 20 metros, dicen. La subes por unas escaleras de caracol estrechas que huelen a humedad. Arriba las vistas son lo que esperas: olivos hasta el infinito y el pueblo blanco debajo. Haces la foto y bajas. Todo dura diez minutos.
El castillo fue declarado Bien de Interés Cultural en 1985 pero parece que alguien lo olvidó. Las ventanas están cerradas con tablas, el suelo del patio tiene baches. En el ayuntamiento te dirán que están tramitando subvudas. Llevan tramitándolas desde que llegó la democracia.
La iglesia que sí merece la pena
La de San Pedro es la sorpresa. No por fuera: es una iglesia blanca con torre cuadrada como hay mil en Andalucía. Entras porque la puerta está entreabierta y flipas. El techo es de madera mudéjar, de esos que parecen un barco invertido. Las columnas góticas se agarran al techo como si fueran a escapar. El retablo es renacentista, recargado pero bien conservado. Y todo huele a cera vieja y incienso.
Un señor mayor que está limpiando te dice que la iglesia es del siglo XV pero que la reformaron tanto que ya no saben ni ellos qué es original. Te enseña una pila bautismal del XVI con la piedra desgastada por siglos de críos llorones. Te habla en voz baja, como si los muertos se pudieran despertar. Es el único alma que verás en toda la tarde.
Donde comer cuando no hay donde
No vas a encontrar bares con cartas en inglés. Hay dos bares en el pueblo y los dos ponen lo mismo: cerveza fría, tapas de lo que haya y algún bocadillo de lomo si han ido a Jaén ese día. En uno te ponen chipirones congelados que saben a cartón. En el otro, un señor te sirve una cerveza y te regala una tapa de queso de la zona. El queso está bueno. Te comes tres cervezas por dos euros cada una.
La señora de la tienda de ultramarinos te dice que la gente come en casa. Que si quieres probar algo típico, pregunta por las berenjenas con miel de caña. Pero no las vas a encontrar en ningún sitio. Las hacen en casa, para la familia, cuando hay berenjenas en la huerta.
El pueblo que se quedó en 1950
Villardompardo tenía 3.084 habitantes en 1950. Ahora tiene 1.257 y muchos solo vienen los fines de semana. Las casas de la parte alta están vacías. Miras por las ventanas y ves muebles cubiertos de sábanas, fotos amarillentas en las paredes, algún Cristo con el brazo caído. En las calles empedradas crecen hierbas entre las piedras.
Los jóvenes se fueron a Jaén, a Madrid, a donde pudieron. Los que se quedaron cultivan olivos. Tienen diez mil olivos por cada vecino. Te cruzas con un tractor cada media hora. El conductor te mira pero no te saluda. Aquí no se saluda a desconocidos.
Consejo de amigo
Villardompardo se ve en una tarde. Llega sobre las cuatro, cuando la luz es buena para fotos. Ve al castillo, entra en la iglesia, da una vuelta por las calles de arriba. A las seis ya has visto todo. Si quieres comer algo decente, vete a Úbeda que está a media hora. Si te quedas a dormir, hay un hotelito en el pueblo de al lado que no está mal.
No vengas en agosto: es un horno y los pueblos de alrededor están muertos. Marzo o abril es lo mejor. Los olivos están verdes, hace sol pero no calor y puedes andar sin morirte de sed. Y llévate agua. Aquí no hay fuentes ni quioscos ni nada. Solo silencio y olivos hasta donde alcanza la vista.