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sobre Casabermeja
Conocido por su singular cementerio declarado monumento nacional y por ser puerta de entrada a los Montes de Málaga
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Las campanas de la iglesia del Socorro dan las ocho cuando el sol empieza a tocar las primeras tumbas del cementerio. Desde la colina, el valle despierta con una bruma ligera que huele a tomillo y a pan recién hecho de alguna casa cercana. En Casabermeja, los muertos tienen mejores vistas que los vivos: sus casitas blancas con portones azules se alinean como un pequeño pueblo dentro del pueblo, mirando hacia el sur, hacia los montes que anuncian Málaga.
El pueblo que se fundó dos veces
La tradición local cuenta que la reina Juana firmó dos veces la carta que convertía este lugar en villa, a comienzos del siglo XVI y de nuevo unos años después. La historia aparece en muchos relatos sobre el pueblo y, más allá del detalle exacto, explica bien algo: aquí las cosas suelen hacerse despacio.
Caminas por calles empinadas y lo entiendes enseguida. El suelo es de piedra en muchos tramos y las casas se agarran a la ladera como pueden, blancas, con rejas algo oxidadas y macetas de geranios que rompen el brillo de la cal. A media mañana la luz rebota en las fachadas y obliga a entornar los ojos.
En la plaza, un hombre mayor vacía un cubo de agua sobre la acera y empuja el agua cuesta abajo con la escoba. Nadie parece tener prisa. Solo se oye alguna moto subiendo hacia el barrio alto o las palomas que pasan de cable en cable.
En agosto el ambiente cambia. Hay feria y más gente en la calle, pero incluso esos días el pueblo mantiene algo de su ritmo cotidiano: por la mañana olor a café y a leña; por la tarde persianas medio bajadas y el silencio espeso de la siesta.
El cementerio que parece una pequeña ciudad
El cementerio de San Sebastián es lo primero que llama la atención cuando llegas a Casabermeja. No es un camposanto al uso: se organiza como un barrio de casitas blancas, algunas de dos y tres alturas, separadas por callejuelas estrechas y escalonadas.
De ahí viene uno de los mitos más repetidos del pueblo: que aquí se enterraba a los muertos de pie. No es así, pero las tumbas verticales ayudan a que la historia siga circulando.
Fue declarado Monumento Nacional en 1980 y más tarde Bien de Interés Cultural. Aun así, el ambiente es sencillo y muy cotidiano: flores de plástico que han perdido el color, retratos ovalados tras el cristal y pequeñas llaves colgando de algunas rejas.
Desde la parte más alta se ve todo Casabermeja y, más allá, la sierra. Cuando sopla el viento, pasa entre las paredes blancas y produce un silbido suave que se queda flotando unos segundos.
La cocina que viene del campo y de la cabra
A mediodía, el olor a pimentón y a ajo aparece en varias calles a la vez. Aquí la cocina sigue muy pegada al campo. El llamado plato de los montes —con patatas, embutido, panceta y huevo— es contundente y suele aparecer cuando refresca.
La porra, espesa y amarillenta, llega con pimiento y atún por encima. El salmorejo, algo más ligero que en otras zonas de Andalucía, se prepara con tomates de la huerta cercana y aceite de oliva de las cooperativas de la comarca.
El chivo al ajillo también es habitual en muchas mesas. El aroma del ajo dorándose en la sartén se queda pegado en la ropa cuando sales a la calle después de comer.
Los jueves suele montarse mercadillo en el pueblo. Entre ropa y verduras aparece a veces algún puesto de queso de cabra de la zona, envuelto en papel, con ese olor fuerte que se nota incluso antes de probarlo.
Huellas antiguas entre encinas
A unos cuatro kilómetros del casco están las Peñas de Cabrera, una zona rocosa con abrigos donde se conservan pinturas rupestres. No siempre es fácil visitarlas por libre; en muchos casos las cuevas están protegidas con rejas. Aun así, el sendero que atraviesa la zona merece la pena.
El camino pasa entre encinas y madroños. En otoño el suelo se llena de hojas rojas y el silencio es casi total, roto solo por el viento que se cuela entre las grietas de la roca.
Más cerca del pueblo se levanta la Torre Zambra, una antigua atalaya de época andalusí que vigilaba el paso natural hacia Antequera. Es un cilindro de piedra sobre un cerro despejado.
Para acercarte conviene dejar el coche en las inmediaciones de la ermita del Chorro y continuar a pie por un camino de tierra. Son un par de kilómetros sin demasiada sombra, así que en verano es mejor hacerlo temprano o al final de la tarde.
Arriba el paisaje se abre: olivares en terrazas, cortijos dispersos y el perfil del pueblo al fondo.
Cuándo ir y qué tener en cuenta
Los días cercanos al Corpus Christi, entre finales de primavera y comienzos del verano, el pueblo suele adornar balcones y preparar pequeños altares en algunas calles. Las tardes son largas y todavía no aprieta el calor fuerte.
El otoño tiene otro carácter. A veces la niebla se queda atrapada entre los montes por la mañana y el olor a leña húmeda se mete en las calles.
Si vienes desde Málaga en fin de semana, conviene evitar la tarde del domingo. La carretera hacia la costa suele cargarse de coches y de ciclistas que bajan de la sierra. Mucha gente prefiere quedarse a cenar tranquilo y salir temprano al día siguiente, cuando la luz todavía está cambiando y el pueblo vuelve a sonar despacio.