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sobre Cortes y Graena
Famoso por su balneario de aguas termales; municipio formado por varios núcleos con gran tradición de casas cueva
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A las siete, el sol ya ha calentado la piedra de los muros bajos. El aire huele a tierra seca y a tomillo. En Cortes, una persiana sube con un chirrido metálico; en Graena, un tractor arranca en la última calle. Es la hora en que la luz es más blanca y las sombras más cortas, dibujando con precisión las grietas en la cal de las fachadas.
El municipio de Cortes y Graena, en la comarca de Guadix, se desparrama por varios núcleos pequeños clavados en el altiplano. Campos de cereal se alternan con manchas de olivar, y más allá empiezan los badlands, ese paisaje erosionado y desnudo que rodea Guadix. No hay bosques espesos ni cumbres: el horizonte es la línea recta donde el cielo se apoya.
Las estaciones marcan el ritmo. En abril, el campo cambia de tono casi cada día, con florecillas diminutas asomando entre los ribazos. Para julio, la tierra se ha vuelto pálida y el aire vibra sobre los caminos. El invierno trae un frío que sorprende a quien piensa solo en la Andalucía costera; muchas mañanas empiezan con una capa de escarcha plateando los bordes de los bancales.
La huella en mampostería y cal
En Cortes, la iglesia de la Encarnación resume siglos de ajustes. No es un monumento grandilocuente. Es un edificio que muestra sus costuras: una parte sobria, otra con restos de labor mudéjar, reformas añadidas cuando hizo falta. Se lee como un libro con varias letras.
Graena conserva mejor la arquitectura doméstica del llano. Casas de mampostería, algunas encaladas, otras con la piedra vista, tejados de teja árabe con mucho vuelo para parar el sol. Las calles no siguen una cuadrícula; se tuercen y a veces dejan ver un patio interior con una parra vieja o macetas de geranios.
Si vas sin prisa, aparecen los detalles: una portada de piedra desgastada por el roce, una reja antigua, un banco de obra a la sombra donde, pasadas las cinco, suele haber alguien sentado.
Senderos del llano
Caminos de tierra polvorienta conectan los núcleos del municipio. No están señalizados como ruta; son viejos caminos agrícolas para ir de cortijo a cortijo.
Algunos tramos ganan un poco de altura y entonces se ve la inmensidad del altiplano desplegada. El contraste es claro: el verde pálido o el ocre de los cultivos frente al blanquecino y violáceo de las cárcavas arcillosas.
No son paseos exigentes, pero en julio o agosto conviene salir al amanecer y llevar una cantimplora llena. La sombra es un bien escaso aquí, y al mediodía el sol cae a plomo.
Cuando pisas las hierbas del borde del camino –tomillo, esparto– sueltan su aroma con el calor. A veces se ve el planeo lento de un cernícalo o el salto rápido de un conejo entre las matas.
El calendario festivo
Agosto altera el pulso del pueblo. Vuelven quienes se fueron a trabajar fuera y las calles tienen otro sonido. Las fiestas patronales traen procesiones, música hasta tarde y conversaciones en las puertas cuando por fin baja la temperatura.
En enero, para San Antón, se bendice a los animales. Es un acto pequeño, heredado de cuando la vida dependía de las bestias, y todavía reúne a vecinos con sus perros, gallinas o caballos.
La Semana Santa se ajusta a la escala del lugar: recorridos breves por calles estrechas, pasos llevados a hombros entre conocidos, un silencio que aquí no es ceremonial, sino cotidiano.
Llegar y quedarse
Hay unos 60 kilómetros desde Granada. Se toma la A‑92 hasta Guadix y luego carreteras comarcales que serpentean por el llano. En coche se tarda algo más de una hora. El último tramo pide velocidad baja: el paisaje se abre y aparecen las primeras formaciones de badlands.
Para caminar por los alrededores, abril-mayo y septiembre-octubre son los meses más llevaderos. El verano es luminoso y seco, pero desde las once el calor aprieta y no hay donde refugiarse. En invierno abrígate bien por las mañanas; en este altiplano el aire es claro y las temperaturas caen más de lo que anuncia el mapa.