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sobre Ferreira
Pueblo serrano en el Marquesado del Zenete; arquitectura típica de montaña y acceso al puerto de la Ragua
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A primera hora de la mañana, cuando el sol empieza a rozar las laderas de Sierra Nevada, las chimeneas de Ferreira todavía sueltan un hilo fino de humo. El frío se cuela entre las calles estrechas y el olor a leña quemada se queda suspendido en el aire. Algún perro ladra a lo lejos y, si te detienes un momento, se escucha el golpe seco de una puerta de madera cerrándose contra el viento.
Ferreira, en la comarca de Guadix, apenas supera los 290 habitantes y se agarra a la ladera norte de Sierra Nevada a más de 1.200 metros de altitud. Aquí la montaña no es un telón de fondo: condiciona el clima, los cultivos y la forma en que se mueve el día a día. Las cumbres más altas de la sierra quedan relativamente cerca y, en invierno, la nieve aparece con facilidad en los alrededores del pueblo.
Un pueblo pequeño en la ladera norte de Sierra Nevada
Las calles suben y bajan sin demasiada lógica aparente. Hay muros de piedra, fachadas claras y algunas casas que aún conservan vigas de madera oscuras por el paso de los inviernos. En las esquinas suele acumularse algo de tierra arrastrada por la lluvia o por el deshielo cuando llega el final del invierno.
La iglesia parroquial de la Anunciación ocupa el centro del pueblo. Es un edificio sobrio, levantado en el siglo XVI tras la repoblación de esta zona de la Alpujarra granadina. Desde ciertos puntos se ve su espadaña sobresaliendo por encima de los tejados. Dentro, la luz entra filtrada y el silencio es casi total salvo en celebraciones señaladas del calendario local.
La festividad de Santa Ana, a finales de julio, suele reunir a vecinos que viven fuera durante el resto del año. Son días en los que el pueblo cambia de ritmo: más gente en la calle, música, conversaciones largas al caer la noche.
Caminos que salen del pueblo
Desde Ferreira parten varios senderos que se internan en las laderas de Sierra Nevada. Algunos siguen antiguos caminos agrícolas y otros suben hacia zonas más abiertas donde el paisaje se vuelve más amplio y pedregoso.
A medida que se gana altura aparecen encinas dispersas, pino silvestre y matorral bajo donde el tomillo se nota en el olor, sobre todo si el día está templado. Entre las rocas calizas crecen pequeñas plantas que resisten bien el frío del invierno y la sequedad del verano.
Hay rutas cortas que se pueden hacer en una mañana tranquila y otras que enlazan con senderos de mayor recorrido por esta parte de la sierra. Conviene llevar agua y algo de abrigo incluso en primavera: aquí el tiempo cambia rápido cuando se levanta viento de la montaña.
Invierno, silencio y nieve
En los meses fríos el pueblo se queda muy quieto. Las heladas son habituales y no es raro ver los tejados o los márgenes de los caminos cubiertos de nieve algunos días del invierno.
Cuando ocurre, el sonido cambia por completo. Los pasos sobre el suelo se vuelven más apagados y las calles parecen más estrechas. Los vecinos salen lo justo: limpiar la entrada de casa, mirar el estado de los corrales o revisar algún olivar cercano.
Si vas a acercarte en invierno, conviene comprobar antes el estado de las carreteras de la zona. El acceso final hasta Ferreira tiene tramos de subida y, con hielo o nieve, puede exigir conducir con bastante calma.
Lo que se come en esta parte de Guadix
La cocina aquí sigue siendo de montaña y de temporada. En días fríos aparecen platos contundentes: migas hechas con pan asentado, guisos largos o embutidos curados durante el invierno, cuando el aire seco ayuda a conservarlos.
En los alrededores también hay olivares, y el aceite de la zona suele estar presente en casi cualquier comida, desde un plato sencillo hasta las sopas calientes que se preparan cuando baja la temperatura.
Llegar a Ferreira
Desde Granada capital hay que conducir alrededor de una hora larga atravesando la comarca de Guadix y después subir hacia la cara norte de Sierra Nevada. La carretera final serpentea entre lomas y barrancos suaves antes de llegar al pueblo.
No es un lugar con demasiados servicios ni con un movimiento turístico constante. Precisamente por eso conviene venir con la idea de caminar despacio, mirar el paisaje sin prisa y adaptarse al ritmo del sitio.
Si puedes elegir momento, las primeras horas de la mañana o el final de la tarde son cuando la luz cambia el color de la piedra y de la tierra rojiza de esta parte de Granada. Entonces el pueblo parece aún más pequeño frente a la montaña que lo rodea.