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sobre Gorafe
Mundialmente conocido por su Parque Megalítico y el desierto de Gorafe; paisajes espectaculares de badlands y dólmenes
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Hay paisajes que parecen sacados de un documental del espacio. Y luego está Gorafe, que es algo parecido pero con carreteras, almendros sueltos y un pueblo pequeño agarrado al terreno. La primera vez que lo ves desde la carretera da la sensación de que alguien hubiera arrugado la tierra como cuando aprietas una bolsa de papel y la dejas hecha un ovillo. Barrancos por todas partes, lomas secas y ese color rojizo que cambia según el sol.
Gorafe, en la comarca de Guadix, ronda los 368 habitantes. Vamos, un sitio donde enseguida te das cuenta de que el ritmo no tiene nada que ver con el de una ciudad. Aparcas el coche, das dos pasos y lo que oyes es el viento o algún cencerro lejano. Es ese tipo de silencio que al principio te parece raro, como cuando se va la luz en casa y de repente todo queda demasiado quieto.
El paisaje tampoco intenta caer bien. No hay bosques densos ni prados verdes. Es terreno áspero, seco, lleno de cárcavas y barrancos que parecen hechos con un cuchillo gigante. Aun así tiene algo hipnótico. Como esas paredes de barro cuando se secan al sol y se agrietan formando dibujos raros: no son bonitas en el sentido clásico, pero te quedas mirándolas un rato.
Mirada al pasado: los dólmenes
Si Gorafe aparece en muchos mapas es por su parque megalítico. Y cuando digo muchos dólmenes, son muchos de verdad: más de 200 repartidos por los barrancos de alrededor. Están datados entre el 3500 y el 2500 antes de Cristo. Dicho así suena lejísimo, pero cuando te plantas delante de uno la sensación es curiosa. Son estructuras de piedra bastante simples, como si alguien hubiera montado una mesa gigante con losas enormes y la hubiera dejado allí hace cinco mil años.
Lo interesante es cómo encajan en el paisaje. No parecen puestos al azar. Están en lomas, en bordes de barrancos o en pequeños altos desde los que se domina el terreno. Algo parecido a cuando eliges bien dónde poner una silla en la playa para ver todo el mar.
Antes de empezar a buscarlos sin saber muy bien qué estás viendo, suele venir bien pasar por el Centro de Interpretación del Megalitismo. Ayuda a entender por qué esta zona tiene tantos enterramientos y cómo vivía la gente que levantó esas piedras enormes con herramientas bastante básicas.
En el pueblo, la Iglesia Parroquial de la Anunciación ocupa el centro con esa mezcla mudéjar que aparece en muchos pueblos de la zona. No es grande ni recargada. Más bien tiene el tamaño que esperas en un municipio de menos de cuatrocientas personas: recogida, sencilla, parte del día a día del lugar.
Desde el mirador de Los Coloraos el paisaje se abre del todo. Los barrancos rojizos caen hacia el valle y las formas del terreno parecen olas congeladas. Al atardecer el color se vuelve más intenso, casi naranja. Es un poco como cuando miras una pared de arcilla mojada y el tono cambia según le da la luz.
Por el término municipal también aparecen fuentes antiguas y pequeños manantiales, como la Fuente del Moral. Son construcciones sencillas que recuerdan lo básico: aquí el agua siempre ha sido algo serio.
Caminando entre historia y horizontes
Moverse por el Parque Megalítico se parece más a dar un paseo largo por un terreno abierto que a hacer una ruta de montaña exigente. Hay caminos señalizados que conectan varios dólmenes y permiten recorrer la zona sin demasiada complicación.
El Sendero de los Dólmenes es uno de esos recorridos que se hacen con calma. No es el típico camino donde vas mirando el reloj. Aquí pasa más bien lo contrario: caminas un rato, ves una estructura de piedra, te acercas, miras el paisaje, sigues. Un ritmo parecido al de pasear por un museo al aire libre, pero con viento y tierra bajo las botas.
Cuando cae la noche el cielo también tiene su gracia. La zona tiene poca contaminación lumínica y las estrellas aparecen con bastante claridad. Si alguna vez has salido de una ciudad y de repente ves el cielo lleno de puntos, esa sensación aquí es bastante habitual.
Para quien lleve cámara, el terreno da juego. Las sombras de los barrancos al amanecer o al final del día marcan mucho las formas. Es como cuando la luz lateral en casa resalta todas las arrugas de una tela: el relieve se vuelve mucho más visible.
En la mesa, lo que manda es comida directa. Platos contundentes ligados al campo: cordero, migas, queso, aceite de oliva de la zona. Cocina de la que te deja lleno después de una mañana andando por los barrancos.
Tradiciones que permanecen
Las celebraciones del pueblo siguen un patrón bastante común en muchos municipios pequeños de Andalucía. En mayo suelen celebrarse las fiestas patronales dedicadas a la Virgen de la Cabeza, con romería y reuniones familiares. En agosto aparecen las verbenas de verano, de esas donde la plaza se llena y todo el mundo acaba charlando con todo el mundo.
La Semana Santa también se vive a escala de pueblo. Pasos antiguos, tambores y ese ambiente donde casi todos se conocen. Nada grandilocuente, más bien cercano.
Cómo llegar sin perderte
Desde Granada capital el trayecto ronda la hora y algo en coche, normalmente pasando cerca de Guadix antes del desvío hacia Gorafe. El último tramo ya empieza a mostrar ese paisaje de badlands que domina toda la zona.
Un consejo de amigo: ven temprano o a última hora del día si quieres caminar. El sol aquí cae con ganas y el terreno tiene poca sombra. No es dramático, pero se parece bastante a aparcar el coche en agosto sin una sola sombra alrededor.
Gorafe no juega la liga de los pueblos de postal. Va por otro lado. Es más bien como esos lugares raros que al principio te desconciertan y luego, cuando te vas, te das cuenta de que se te han quedado en la cabeza. Aquí el protagonista es el terreno, el silencio y unas piedras colocadas hace miles de años que siguen mirando el mismo paisaje.