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sobre Huélago
Pequeño pueblo situado en la cuenca del río Fardes; entorno tranquilo de agricultura cerealista y olivarera
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A última hora de la tarde, cuando el sol ya cae hacia los cerros de la Hoya de Guadix, la plaza de Huélago queda medio en sombra. El campanario de ladrillo de la iglesia de San Torcuato se recorta sobre el cielo claro y el suelo de piedra guarda todavía el calor del día. A esa hora apenas se oye nada: alguna puerta que se cierra, pasos que resuenan en la cuesta y el viento moviendo las hojas de los pocos árboles de la plaza.
Huélago es pequeño —apenas unas calles alrededor de la plaza— y el ritmo aquí sigue siendo lento. No hay escaparates ni tránsito constante. Lo que hay es un pueblo que se mantiene con lo justo: casas encaladas, tejados de teja roja, muros de tierra endurecida donde el tiempo se nota en las grietas.
La calle Mayor y la iglesia de San Torcuato
La calle Mayor baja desde la iglesia hacia la entrada del pueblo en una curva suave. A un lado y otro aparecen portones de madera oscura, algunos bastante gastados, y tramos de muros de piedra que asoman entre las fachadas más recientes. No es una calle larga, pero merece la pena recorrerla despacio, fijándose en esos detalles que suelen pasar desapercibidos cuando se cruza el pueblo en coche.
La iglesia de San Torcuato probablemente tenga origen en el siglo XVI, aunque el edificio ha tenido reformas con el tiempo. Por fuera es sencilla: ladrillo, líneas sobrias y un campanario que se ve desde casi cualquier punto del casco urbano. El interior, cuando se abre, mantiene un artesonado de madera y algunos retablos con restos de policromía ya muy apagada. No suele estar abierta de manera regular; en verano o durante celebraciones religiosas a veces se puede ver por dentro.
Caminos hacia los badlands de la Hoya de Guadix
En cuanto se sale del pueblo empiezan los caminos de tierra. Son pistas rurales que atraviesan campos de cultivo y parcelas que a veces quedan en barbecho. No hay señalización ni rutas oficiales, así que conviene caminar con sentido común y no alejarse demasiado si no conoces la zona.
El paisaje cambia rápido. La tierra se vuelve arcillosa, de tonos rojizos y ocres, y aparecen esas lomas erosionadas tan características de la comarca de Guadix. Desde algunos puntos altos se distinguen pliegues y barrancos que al amanecer o al final de la tarde se marcan con sombras largas. La vegetación es escasa: esparto, matorral bajo y algún arbusto que aguanta bien la sequedad del terreno.
Con un poco de paciencia se pueden ver aves de zonas esteparias moviéndose entre los cerros. No hace falta equipo especial; basta con caminar despacio y detenerse un rato en silencio. En verano conviene evitar las horas centrales del día. El calor aquí cae fuerte y apenas hay sombra. Primavera y otoño suelen ser momentos más agradecidos para caminar.
Lo que se come y lo que se celebra
La cocina que se mantiene en el pueblo sigue la línea de toda esta parte del altiplano granadino: guisos contundentes con cordero o conejo, verduras de temporada y aceite de oliva generoso. Platos pensados para mesa larga y conversación tranquila, más que para una comida rápida.
Las fiestas patronales dedicadas a San Torcuato suelen celebrarse en verano y reúnen a vecinos que viven fuera durante el año. La plaza vuelve a llenarse, se organizan actos sencillos y la procesión recorre las calles más cercanas a la iglesia. La Semana Santa también se vive, aunque en formato pequeño, con pasos que avanzan despacio por calles estrechas donde casi todos se conocen.
En Navidad todavía es común ver belenes montados en algunas casas y escuchar a los niños cantando villancicos por el pueblo.
Cómo llegar y cuándo acercarse
Huélago está a poca distancia de Guadix. Desde Granada lo habitual es tomar la A‑92 hasta Guadix y, desde allí, continuar por carretera comarcal hacia el norte hasta enlazar con la A‑4200. El trayecto suele rondar algo más de una hora, dependiendo del tráfico y del punto de salida.
La primavera y el otoño son los momentos más cómodos para pasear por los alrededores: el aire es más suave y la luz resalta mucho los relieves de los cerros. En verano el calor aprieta a partir del mediodía; si vas a caminar, mejor hacerlo temprano o ya al caer la tarde. En invierno el frío puede ser seco y el viento sopla con fuerza en las zonas abiertas.
Si solo tienes un rato, basta con atravesar la calle Mayor hasta la iglesia y asomarte luego a la salida del pueblo, donde el terreno empieza a abrirse hacia los badlands. En pocos minutos se entiende bien el lugar: un núcleo pequeño, quieto, rodeado de tierra áspera y horizontes amplios. Aquí el silencio no es raro; es parte del paisaje.